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Pepe Aguilar critica a Harfuch por violencia… él responde y el público empieza a abuchear

Hay una imagen que nadie que estuvo presente esa noche olvidará jamás. Un hombre de pie frente a miles de personas con el micrófono en la mano y el silencio rompiéndose en pedazos a su alrededor. Lo que comenzó como una declaración pública se convertiría en el momento más incómodo de su vida. Y lo peor no sería lo que dijeran sus enemigos, sino lo que haría la gente que se suponía estaba de su lado.

Antes de continuar, suscríbete al canal ahora. Deja tu like. y comenta desde dónde nos estás viendo. Tu apoyo es muy importante. El rancho El Soyate llevaba tres generaciones dentro de la familia Aguilar. Estaba ubicado en las afueras del municipio de Villanueva en Zacatecas y era mucho más que una propiedad. Era la memoria viva de Antonio Aguilar, ¿no? El hombre que había llevado el nombre de México por los escenarios más importantes del mundo a lomos de su caballo.

Las paredes de adobe guardaban fotografías en blanco y negro, sombreros colgados en clavos de hierro, botas de cuero cuarteado por el tiempo. Era el lugar donde Pepe Aguilar volvía cuando necesitaba recordar quién era, antes de que los reflectores lo definieran. Por eso lo que ocurrió un martes por la mañana en la carretera Federal 54, a menos de 3 km del portón principal del rancho, no fue un dato frío en un parte policial.

Fue algo que le cayó encima con todo el peso de lo personal. Un convoy de la policía estatal de Zacatecas había sido emboscado por un grupo armado mientras circulaba por esa carretera. El tiroteo duró varios minutos. Cuatro presuntos responsables fueron detenidos, pero también hubo bajas del lado de los elementos de seguridad y uno de los enfrentamientos ocurrió exactamente en el tramo de camino que los trabajadores del rancho recorrían todas las mañanas para llegar a sus labores. Esa mañana ninguno llegó.

Pepe Aguilar se enteró de lo ocurrido por una llamada de su encargado general, un hombre de nombre Rosendo, que llevaba más de 20 años al cuidado de las tierras y que le habló con voz temblorosa desde el celular. le dijo que todos estaban bien, que nadie del rancho había resultado herido, pero que habían pasado la mañana encerrados por el miedo, que se escuchaban los disparos desde las caballerizas, que los niños de las familias que vivían dentro del rancho habían llorado.

Pepe no dijo mucho esa mañana. Colgó. Se quedó sentado un buen rato en su estudio de grabación en Texas, un mirando la pared, y luego llamó a su esposa Aneliz para contarle esa sensación. no se fue. Se quedó instalada en algún lugar entre el pecho y la garganta durante días. Lo que Pepe Aguilar sintió en esas horas no era exactamente miedo, aunque algo de miedo había, era algo más viejo y más profundo.

Era la rabia de quien ve que el lugar donde enterró parte de su historia está siendo alcanzado por una violencia que el gobierno lleva años prometiendo controlar. Su padre, Antonio Aguilar había amado esas tierras con una devoción que rozaba lo religioso. Y ahora los trabajadores de ese rancho no podían salir a la carretera sin arriesgarse a quedar en medio de un tiroteo.

Tres días después del incidente, Pepe Aguilar concedió una entrevista a Telemundo. Fue en su propia casa de Texas, Sam, en una sala que tenía algo de rancho y algo de estudio de artista. Paredes de madera clara, una guitarra colgada sin pretensiones, fotografías familiares. La periodista que lo entrevistó era Ruby Molina, una mujer de voz pausada y preguntas directas que llevaba años cubriendo temas de cultura y sociedad en México y Estados Unidos.

Pepe llegó con camisa de manta sin planchar y botas de trabajo, como si acabara de venir del campo, aunque en realidad había pasado la mañana revisando la producción de un nuevo disco. La conversación comenzó con temas más livianos, su vida cotidiana, ahora que sus hijos habían salido del hogar, la nueva dinámica con Aneliz, sus proyectos musicales, pero Ruby era periodista y tarde o temprano iba a llegar a lo que todos en México estaban hablando.

Cuando la pregunta llegó, Pepe no la esquivó. Narruby le preguntó si los recientes hechos violentos cerca de su rancho en Zacatecas lo habían afectado personalmente. Y él respondió sin rodeos que sí. Habló primero de la geografía del asunto. Zacatecas era uno de los estados más golpeados por la violencia del crimen organizado en los últimos años.

Y el corredor donde estaba su rancho era zona de disputa entre grupos que el gobierno federal llevaba meses asegurando tener bajo control. Esa palabra control la pronunció con un tono que no era exactamente burlón, pero sí claramente escéptico. Y entonces Ruby le preguntó directamente qué pensaba de la gestión del secretario García Harfuch al frente de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana.

Pepe se tomó un segundo. No fue un silencio de duda, sino de alguien que está ordenando lo que tiene mucho tiempo pensando. Y dijo que respetaba la historia de Omar García Harfuch, que había sobrevivido a un atentado y que eso era algo que nadie podía quitarle. Pero también dijo que sobrevivir a una bala no significaba automáticamente saber cómo proteger a los ciudadanos de las balas que les siguen llegando a ellos.

dijo que los trabajadores de su rancho, gente sencilla, gente que nunca le había hecho daño a nadie, habían pasado el miedo de su vida encerrados mientras afuera sonaban ráfagas de cuerno de chivo. Y que eso en el tercer año del gobierno de la presidenta Shain Baum, con un secretario de seguridad que salía en conferencias de prensa hablando de estrategias y operativos era inaceptable.

no mencionó a Harf por nombre en ese primer momento, pero cuando Ruby le preguntó si consideraba que la Secretaría de Seguridad tenía responsabilidad directa en lo que había ocurrido cerca de su rancho, Pepe dijo que sí y ahí sí lo nombró, que García Harfuch llevaba suficiente tiempo en el cargo como para que los resultados en estados como Zacatecas, Jalisco, Chihuahua fueran distintos, que los números de homicidios en ciertas regiones no habían bajado lo suficiente.

y que cada declaración de logro que salía del gobierno federal se sentía como un insulto para la gente que vivía en esas zonas. La entrevista duró poco más de 40 minutos. El segmento sobre seguridad duró quizás 10, pero esos 10 minutos fueron los que llegaron a todas partes. El fragmento en el que Pepe nombraba a Harfuch y hablaba de los trabajadores de su rancho con la voz ligeramente alterada, con esa emoción controlada que en él siempre ha parecido más auténtica que cualquier llanto público, comenzó a circular esa misma

noche. Para el día siguiente, los portales de noticias lo tenían como encabezado. programas de opinión lo reprodujeron completo. En las redes sociales se convirtió rápidamente en el tipo de contenido que divide, los que aplaudían a Pepe por tener el valor de decir lo que muchos pensaban y los que lo criticaban por hacer política desde la comodidad de su casa en Texas, mientras el gobierno lidiaba con décadas de rezago institucional en materia de seguridad.

Dentro de las oficinas de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana en el Palacio Nacional, la reacción fue más contenida de lo que los medios hubieran querido. Omar García Harfuch no vio el video de inmediato. Estaba en una reunión de coordinación con mandos de la Guardia Nacional y representantes de las fiscalías de cuatro estados del norte del país.

Un encuentro que llevaban semanas organizando y que se extendió hasta bien entrada la tarde. Fue su jefa de comunicación. una mujer llamada Sofía Resendiz, quien le mandó el enlace con un mensaje escueto. Hay que hablar de esto esta noche. Harfuch tenía 44 años y llevaba más de la mitad de su vida trabajando en instituciones de seguridad.

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