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Mi hijo Carlo Acutis, antes de morir, me dijo adónde fue Jesús en los 3 días después de su muerte… y

II.

Otra vez en un momento cotidiano. Otra vez sin preámbulo. Estábamos en la cocina, creo, o en el pasillo. Los detalles exactos se me mezclan porque no estaba grabando, estaba viviendo y uno no vive prestando atención a los detalles de los momentos que cree que van a seguir ocurriendo. me dijo que había estado leyendo, que había encontrado cosas que no encajaban con la forma en que ese tema se trataba habitualmente, que había una distancia enorme entre lo que los primeros cristianos entendían sobre el descenso de Jesús y lo que la mayoría de los

católicos de hoy sabrían decir si alguien les preguntara en la calle. Le pregunté, ¿qué clase de distancia? La distancia entre saber una frase y entender lo que la frase está diciendo, respondió. Y entonces empezó a contarme despacio, con esa manera suya de explicar las cosas que nunca era condescendiente, aunque muchas veces él sabía más que yo sobre lo que estaba explicando, con paciencia, con la certeza tranquila de alguien que no está tratando de convencerte de nada, sino simplemente de mostrarte algo que

encontró y que le parece demasiado importante para guardárselo solo. Yo lo escuché de pie, apoyada en la mesada, con las manos ocupadas en algo que dejé de hacer sin darme cuenta. Y mientras lo escuchaba, fui sintiendo muy despacio que esta conversación no era como las otras, que esta iba a algún lugar, que Carlo estaba construyendo algo ladrillo por ladrillo con una dirección que yo todavía no podía ver del todo, pero que él ya tenía clara.

Años después, cuando ya no estaba, cuando yo cargaba su ausencia, como se carga algo que no tiene forma, pero tiene peso, volví muchas veces a esa tarde en el umbral de su cuarto, a su espalda inclinada hacia la pantalla, a la pregunta dicha de costado, “¿Tú sabes a dónde fue Jesús esos tres días?” Y me pregunté cuántas veces tenemos las conversaciones más importantes de nuestra vida sin saber que lo son.

Cuántas veces alguien nos dice algo que vale todo y nosotros lo recibimos como si fuera una cosa más entre las cosas del día. No me torturo con eso. Ya pasé por esa etapa y salí de ella o al menos aprendí a no quedarme ahí. Pero lo pienso, lo pienso porque creo que Carlo sabía lo que estaba haciendo. Creo que estaba sembrando algo con cuidado y con tiempo en el orden correcto, para que cuando llegara el momento en que yo lo necesitara, estuviera ahí. Y llegó el momento.

Llegó de una manera para la que no hay preparación posible, pero la semilla estaba puesta. Carlo no subrayaba los libros para acordarse de lo que había leído, los subrayaba para dialogar. Eso lo entendí después, cuando tuve que entrar a su cuarto de una manera diferente a todas las veces anteriores, no a dejarle algo, no a llamarlo a cenar, sino a recoger lo que había dejado.

Y lo que había dejado era mucho, más de lo que yo esperaba, no en cantidad, sino en profundidad. Había una vida intelectual ahí adentro. que yo conocía, pero que no había medido del todo. Porque cuando uno vive con alguien, mide las cosas por encima con la confianza equivocada de que siempre habrá tiempo para mirar más despacio.

Los libros tenían marcas de tres colores distintos. Nunca le pregunté qué significaba cada color. Ahora lo imagino. Una categoría para lo que confirmaba lo que ya pensaba. Otra para lo que lo contradecía, otra para lo que todavía no sabía dónde poner. Carlo era sistemático de esa manera, no caótico. Había un método en todo lo que hacía, incluso en las cosas que desde afuera podían parecer dispersas.

Entre los libros había textos que no esperaba encontrar en el cuarto de un chico de 15 años. No era solo el catecismo, aunque el catecismo estaba ahí, con más marcas que cualquier otra cosa y con páginas que habían sido dobladas y desdobladas tantas veces que el papel tenía la textura suave de algo muy usado.

Había comentarios patrísticos, había textos de Ireneo de León del siglo segundo escritos en una época en que la Iglesia todavía estaba construyendo su vocabulario y cada palabra importaba porque todavía no había costumbre que la sostuviera. Había fragmentos de tertuliano. Había algo de Clemente de Alejandría que Carlo había fotocopiado, no sé de dónde, no sé cuándo, y que tenía anotaciones en los márgenes con una letra tan apretada que tuve que acercarme mucho para leerla.

Una de las anotaciones decía simplemente, “¿Por qué esto no se enseña?” No con signo de exclamación, con signo de pregunta. Carlo no era de exclamaciones cuando pensaba, era de preguntas. Las exclamaciones las guardaba para otras cosas. Encontré también un cuaderno, no el cuaderno del colegio, sino uno separado, más pequeño, de tapa dura, que claramente era personal.

No me sentí bien abriéndolo al principio. Hay una frontera entre lo que un hijo deja y lo que un hijo guardaba. Y esa frontera no desaparece solo porque ya no está. Pero lo abrí y lo que encontré adentro no era un diario ni nada parecido, era un mapa, un mapa de ideas, páginas llenas de conceptos conectados con flechas, con fechas al margen que indicaban cuándo había anotado cada cosa, con preguntas que a veces tenían respuesta escrita debajo y a veces no.

El tema de los tres días ocupaba varias páginas seguidas, no de manera lineal. Carlo no pensaba de manera lineal cuando estaba en el centro de algo que le importaba, sino en espiral. Volvía al mismo punto desde ángulos distintos, lo rodeaba, lo presionaba desde todos los lados para ver dónde cedía. En el centro de una de esas páginas, rodeado de flechas que llegaban desde todas direcciones, había escrito tres palabras: sheol, hades, infernum, y debajo con otra letra más lenta, como si la hubiera escrito en un momento distinto. No son lo mismo, pero casi

nadie lo sabe. Eso fue lo que Carlo me empezó a explicar en aquella conversación de la cocina y en las conversaciones que siguieron durante esas semanas. No de golpe en partes como quien te va dando las piezas de algo en el orden en que tienen que recibirlas para que tengan sentido. me explicó que el error más básico, el que estaba en el fondo de toda la confusión, era de traducción, no de mala fe ni de negligencia, de compresión, que cuando el credo en latín decía, “Descendid inferos”, la palabra inferno no

significaba lo que la mayoría de la gente escucha cuando oye infiernos. No era el lugar del castigo eterno, era literalmente el lugar de los que están abajo, los muertos, todos los muertos, el mundo subterráneo de las almas que habían partido. En hebreo era el sheol, me dijo. En griego era el Hades. En latín quedó como infernum o inferos.

Y en castellano quedó como infiernos, que hoy significa otra cosa completamente. Y con ese deslizamiento de significado se perdió algo enorme. Le pregunté qué se perdió. La especificidad, lo concreto. Cuando dices infiernos hoy, la gente piensa en fuego, en castigo, en el Y entonces cuando escuchan que Jesús bajó ahí o no lo entienden o lo interpretan como una victoria sobre Satanás, que también es verdad, pero no es todo, no es lo más importante.

¿Y qué es lo más importante? me miró un momento antes de responder, como si estuviera evaluando si yo estaba lista para la respuesta o si necesitaba más contexto primero. Decidió que estaba lista, que fue a buscar a alguien. El sheol me explicó, no era un lugar de castigo en la teología hebrea original, era el lugar de los muertos.

No había distinción moral en el destino. Todos los que morían iban ahí, justos e injustos, buenos y malos. patriarcas y pecadores. Era una especie de existencia disminuida, una sombra de vida, un lugar de espera sin horizonte claro. Los salmos hablan de él con una melancolía particular. El sheol es el lugar donde ya no se alaba a Dios, donde la memoria se apaga, donde la presencia divina no llega.

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