Posted in

Lo que le EXIGÍAN en las fiestas privadas del régimen | El SECRETO de Farah María “La Gacela”

Parte 1

La noche en que Fará María tuvo que llamar traidor al hombre que la salvó del cabaret, las cámaras del ICRT estaban encendidas y Cuba entera miraba sin saber que estaba presenciando una condena.

Era 1969 en La Habana, y el estudio olía a maquillaje caliente, cables quemados y miedo. Fará estaba de pie frente al micrófono, con un vestido que brillaba demasiado para aquella televisión vigilada por hombres grises. A su lado, Héctor Télez y Miguel Ángel Piña sostenían la vista baja. Nadie cantaría esa noche. No había música, no había aplausos, no había público. Solo una mesa, 3 sillas, un texto escrito por otros y la orden de leerlo sin temblar.

El nombre de Meme Solís estaba en la primera línea.

Fará lo leyó una vez en silencio y sintió que algo se le rompía por dentro. Meme no era solo el director de Los Meme. Era el hombre que la había visto cuando todavía era Fara García Callaba, una muchacha de 15 años bailando en el hotel Capri, entre humo, depredadores nocturnos y promesas baratas. Meme había reconocido en ella algo que ni ella misma sabía nombrar: esa manera de moverse como si el aire la obedeciera.

Juana Baclao la había protegido en las noches difíciles, con su risa excéntrica y su presencia de madre feroz, pero Meme le dio un escenario, un micrófono y un destino. La sacó de aquel borde peligroso de La Habana y la convirtió en voz de un cuarteto que parecía demasiado moderno para una isla que empezaba a temerle a todo lo libre.

Los Meme fueron un incendio. Héctor Télez, Miguel Ángel Piña, Meme Solís y Fará María cantaban como si la ciudad pudiera salvarse por armonía. Sus trajes, sus gestos, sus canciones y su elegancia irritaban a los censores del Consejo Nacional de Cultura, pero fascinaban al pueblo. En cada presentación, Fará parecía más alta, más luminosa, más imposible de controlar.

Hasta que Meme pidió un visado de salida.

Para el régimen, irse no era marcharse: era escupir la bandera, traicionar la memoria, declarar guerra al aparato. Y como necesitaban un castigo ejemplar, no bastaba con silenciarlo. Había que obligar a sus propios compañeros a enterrarlo en televisión.

Un funcionario de camisa verde entró al estudio con una carpeta bajo el brazo. No levantó la voz. No le hacía falta.

—Van a leer esto exactamente como está.

Héctor apretó los dientes.

—Eso no lo escribimos nosotros.

El funcionario sonrió apenas.

—A partir de esta noche, sí.

Miguel Ángel miró hacia la puerta, como si todavía existiera una salida.

—Meme nos dio todo.

—El Estado puede quitárselo todo también —respondió el hombre—. Carrera, vivienda, permisos, futuro. Ustedes deciden.

Read More