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Lo que Bukele hizo tras conocer a una maestra olvidada cambió la educación rural para siempre.

II.

Mientras hablaba, una mujer comenzó a avanzar entre la multitud. Era una anciana, pero su postura seguía siendo recta. Llevaba el cabello plateado recogido en un moño apretado y un vestido gastado, aunque limpio. Caminaba con un libro descolorido en la mano, sin apartar la mirada de Bukele. La multitud se abrió en silencio para dejarla pasar.

—Es Carmen Aguilar —susurró el alcalde al oído del presidente—. La maestra del pueblo. Lleva 45 años enseñando aquí.

Bukele inclinó la cabeza con respeto hacia Carmen, pero lo que lo sorprendió fue la expresión de sus ojos. No había miedo ni timidez. Había determinación, terquedad y la sabiduría de más de medio siglo.

—Señor presidente —dijo Carmen, con una voz fuerte a pesar de la edad—, quisiera hacerle una pregunta.

La plaza entera quedó en silencio. Todos contenían la respiración, esperando escuchar lo que aquella anciana maestra iba a decir. Los guardaespaldas de Bukele se tensaron ligeramente, pero él levantó la mano para calmarlos.

—Por supuesto, Carmen —respondió Bukele—. Pregunte.

Carmen levantó el libro que tenía en la mano.

—Este es un libro de texto que nos dieron hace 23 años. Todavía lo usamos porque no tenemos otros. El libro anterior era de 1963.

Hizo una pausa, miró a los habitantes alrededor y luego volvió a clavar los ojos en el presidente.

—He enseñado en este pueblo durante 45 años. Han pasado 4 presidentes. Todos prometieron. Ninguno cumplió. Ahora usted viene y escuchamos las mismas promesas. Mi pregunta es esta, señor presidente: ¿cuándo se van a cumplir de verdad las promesas hechas a este pueblo olvidado durante 45 años? ¿Cuándo tendrán nuestros niños las mismas oportunidades educativas que los niños de la capital? ¿Cuánto tiempo más vamos a esperar?

Un murmullo tenso se levantó en la plaza. Los guardaespaldas de Bukele volvieron a ponerse en alerta. Incluso su propio equipo lo miraba con preocupación. Aquello no era parte del plan.

Bukele guardó silencio unos instantes. Luego se levantó de la mesa y caminó directamente hacia Carmen. Se detuvo a pocos pasos de ella.

—45 años —repitió con voz pensativa—. Ha enseñado en este pueblo durante 45 años. ¿Por qué?

El rostro de Carmen mostró sorpresa. No esperaba esa pregunta.

—Porque estos niños merecen educación —respondió—. Porque aunque nuestros libros sean viejos, aunque no haya electricidad en nuestra aula, estos niños tienen derecho a aprender. Y alguien tenía que estar aquí para ellos.

Bukele asintió.

—Por eso estoy aquí ahora, Carmen. Porque alguien debe estar aquí para ellos.

Tomó con suavidad el libro de las manos de la maestra y hojeó sus páginas. Las hojas estaban viejas, desgastadas, con las huellas de generaciones enteras de niños.

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