Parte 1
A Carlos Aldana Escalante lo mataron sin dispararle, y lo más cruel fue que lo obligaron a agradecer la sentencia con la voz serena de un hombre obediente.
Meses antes de su caída, en una sala cerrada donde el aire parecía detenido, Raúl Castro lo miró como se mira a un hijo que ya empieza a parecerse demasiado a un enemigo. Frente a él no estaba un funcionario cualquiera. Estaba el coronel mulato de bigote espeso, el hombre que Raúl había descubierto, formado y empujado hasta la parte más alta del aparato. Durante años habían compartido botellas, secretos, viajes, silencios y esa confianza peligrosa que solo existe entre quienes han visto de cerca la maquinaria del miedo.
Raúl hablaba despacio, sin levantar la voz, como si cada palabra ya hubiera sido medida antes de salir de su boca.
—Si en Cuba llegara a salir un Gorbachov, habría que colgarlo de una guásima.
Aldana no dijo nada. La sangre se le retiró del rostro. No porque no entendiera la frase, sino porque la entendió demasiado bien. Raúl no estaba hablando de Moscú. No estaba hablando de un fantasma soviético. Estaba hablándole a él.
Carlos Aldana había nacido en 1942, en Camagüey, pero su destino parecía escrito antes de que aprendiera a caminar. El apellido Escalante cargaba una sombra vieja dentro de la revolución. En 1962, Fidel Castro había borrado a Aníbal Escalante por acumular demasiado poder, demasiadas lealtades, demasiada influencia dentro del Partido. Lo condenó al exilio interior y lo convirtió en una advertencia. 30 años después, su sobrino Carlos repetiría el mismo pecado con otro rostro, otro tono y la misma ingenuidad fatal: creer que servir mucho podía protegerlo de saber demasiado.
Aldana no era un hombre de fusil en la mano. Su arma era la palabra. Leía poesía, escribía discursos, ordenaba ideas como quien acomoda cuchillos sobre una mesa. En un país gobernado por hombres duros, él parecía distinto: culto, irónico, elegante, capaz de convertir una derrota en epopeya y una purga en acto moral. Por eso Raúl se fascinó con él cuando lo vio crecer como comisario político en las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Lo acercó, lo protegió, lo convirtió en pieza íntima.
En los pasillos lo llamaban Charles. Desde Angola, en mensajes cifrados, firmaba como el jabao. Pero detrás de esa inteligencia había una debilidad que todos los que lo conocieron terminaron notando: Aldana sabía pensar, pero no sabía desobedecer. Era demasiado lúcido para creerlo todo y demasiado temeroso para enfrentarse al hombre que mandaba sobre todos.
Para 1988, su nombre ya caminaba por los despachos donde se decidía el destino de Cuba. Angola llevaba más de 13 años devorando soldados, dinero y propaganda. La guerra había dejado muertos, familias rotas y un cansancio que ningún periódico podía publicar. Las negociaciones con Sudáfrica y Estados Unidos se estancaban una y otra vez, hasta que Fidel decidió enviar a Aldana. Entonces, aquel ideólogo silencioso hizo lo que otros no pudieron: habló con frialdad, cedió sin parecer derrotado y permitió que Cuba retirara 50,000 soldados conservando la máscara de la victoria.
Los acuerdos de Nueva York lo elevaron. Afuera lo llamaban brillante, pragmático, posible heredero de una nueva etapa. Dentro de Cuba, esas palabras sonaban como una condena. En el universo de Fidel solo podía haber un sol. Cualquier estrella cercana debía apagarse antes de que alguien empezara a mirarla demasiado.
Aldana lo sabía, y por miedo a parecer reformista ante los ojos del poder, se volvió más duro contra los que pedían aire. En la Universidad de La Habana, aplastó a estudiantes de periodismo que se atrevían a criticar la prensa oficial. Canceló revistas soviéticas por exceso de apertura. Vigiló escritores, cerró puertas, castigó preguntas. En privado conocía las ideas de reforma que venían de Moscú; en público perseguía cualquier soplo de perestroika como si fuera peste.
El 13 de julio de 1989, Arnaldo Ochoa fue fusilado. Cuba vio por televisión un juicio editado, una tragedia convertida en lección. Aldana no apretó el gatillo, pero su oficina ayudó a fabricar el relato que hizo aceptable el paredón. Allí aprendió una verdad que luego intentó olvidar: el sistema no necesitaba que uno fuera inocente o culpable, solo necesitaba decidir qué historia contar sobre uno.
En 1991, desde la Asamblea Nacional, Aldana atacó a los disidentes con una violencia verbal que sonó a sentencia. Llamó escoria a quienes disentían, humilló a María Elena Cruz Varela y dejó caer sobre ella el peso del aparato. Días después, la poeta fue arrestada y obligada a tragarse sus propios poemas. Aldana creyó que estaba defendiendo la revolución. En realidad, estaba ensayando el lenguaje que pronto usarían contra él.
En octubre de ese mismo año, el Partido lo colocó más alto que nunca. Controlaba ideología, relaciones internacionales, educación y cultura. Era, sin decirlo oficialmente, el tercer hombre de Cuba.
Pero la URSS se derrumbó, el petróleo desapareció, las colas crecieron, el hambre empezó a caminar por las calles, y en La Habana alguien entendió que Carlos Aldana ya no era útil: era peligroso.
Entonces sonó la llamada que ningún hombre del poder quiere recibir.
—Raúl quiere verte.