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¡Lilly Téllez exige la renuncia de Harfuch en vivo… y él la deja sin palabras en segundos!

Aquella mañana el Senado de la República se preparaba para una de las sesiones más tensas del año. Nadie imaginaba que en cuestión de segundos una sola frase pronunciada por Omar García Harfuch convertiría el grito más alto del recinto en un silencio sepulcral. La cámara seguía encendida, millones miraban en vivo y lo que pasó después dejaría una huella imposible de borrar.

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La luz tenue de su lámpara de escritorio iluminaba un folder rojo que llevaba semanas preparando con obsesión. En la portada, escrito a mano con letra firme, se leía Comparecencia, SSPC, datos duros. Sobre el escritorio, varios cafés a medio terminar, una libreta con tachones, dos teléfonos celulares vibrando sin parar y una pluma que ella sostenía con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos.

Lily llevaba puesto un saco gris perla, una blusa blanca sin estampados y los aretes pequeños que se ponía siempre que sabía que iba a salir en televisión nacional. A sus 58 años, su gesto era el mismo de siempre. Mirada filosa, ceja levemente arqueada, labios apretados, una expresión que no admitía dudas, una expresión que ya conocían los presidentes, los gobernadores, los empresarios y ahora los secretarios de Estado. Senadora, ya está su café.

La voz pertenecía a Mariana, su asesora de comunicación, una mujer de treint y tantos años, alta, con el cabello recogido en una coleta y la mirada nerviosa que siempre se le notaba antes de los grandes eventos. Mariana llevaba más de tres años trabajando con ella y conocía perfectamente sus rituales. Antes de cada comparecencia, Lily bebía exactamente dos cafés americanos, leía sus notas tres veces y luego se quedaba callada por al menos 10 minutos.

Ese silencio, decía, era cuando preparaba la voz. “Ya llegó el equipo de la oficialía mayor”, preguntó Lily sin voltear. “Hace un rato y la prensa ya está montada en el patio central. Hay como 50 cámaras, senadora. La gente del canal del Congreso me dijo que esto va a ser fácil. La transmisión más vista del mes.

Lily asintió despacio. Eso era exactamente lo que quería. No se había pasado dos semanas reuniendo cifras, citando reportes oficiales y revisando cada nota sobre los homicidios del último trimestre para que la sesión pasara desapercibida. Quería los reflectores, quería que cada palabra pegara, quería que el país entero la viera frente al hombre que, según ella, no había podido cumplir con la promesa de pacificar a México.

“Mariana”, dijo levantándose por fin del escritorio. “Hoy no quiero distracciones. Si llega cualquier llamada que no sea de mis hijos, dile a la gente que hablamos en la tarde. Hoy es el día.” “Sí, senadora.” Lily tomó el folder rojo, lo abrazó contra el pecho y caminó hacia la ventana. Desde ahí podía ver la avenida ya colapsada de tráfico, los tamaleros empujando sus triciclos por las banquetas, los policías de la Ciudad de México dirigiendo el paso en cada esquina.

pensó por un instante en su tierra, en Hermosillo, en su sonora natal, en aquella reportera de 26 años que había debutado conduciendo noticieros en la Ciudad de México y que jamás imaginó terminar siendo una de las voces más incómodas del Congreso de la Unión. Pensó en los muertos, pensó en las cifras, pensó en el atentado del 2000 cuando le dispararon afuera de TV Azteca y salió viva de milagro.

Y pensó sobre todo en aquel hombre que ese día tendría que sentarse frente a ella y responder. Omar García Jarfuch, Mariana, dijo de pronto sin voltear. Dime una cosa, ¿tú crees que la gente de allá afuera realmente entiende lo que está pasando en este país? Mariana tardó un momento en contestar, no porque no tuviera respuesta, sino porque sabía que cuando la senadora hacía ese tipo de preguntas, no buscaba un sí o un no, buscaba un eco.

Yo creo, senadora, que la gente está cansada. Mi familia en Tlaxcala, los vecinos de mi mamá, los compañeros de la prepa de mi hermano, todos se sienten igual, encerrados, asustados y enojados. Lily asintió despacio, volteó por fin. Tenía los ojos brillantes, no de tristeza, sino de esa rabia contenida que se le notaba pocas veces.

Pues hoy esa gente me va a ver y yo voy a decir lo que muchos de ellos no pueden decir. Mariana tragó saliva. Senadora, usted está completamente segura de lo que va a hacer. Lily soltó una sonrisa breve, casi triste, caminó hasta la silla, se sentó muy derecha y la miró fijamente. Mariana, mira, yo me he equivocado muchas veces en mi vida.

He metido la pata como periodista, he metido la pata como senadora, he metido la pata hasta como mamá. Pero hay una cosa en la que no me he equivocado nunca, en saber cuándo es el momento de hablar. Y este, créeme, es el momento. Mariana asintió en silencio. No insistió. Sabía que a Lily Télez no se le hacía cambiar de opinión cuando ya había tomado una decisión.

Esa era al mismo tiempo su mayor virtud y su peor defecto. Lily bajó la mirada hacia el folder rojo, pasó la mano por encima, casi como una caricia. Adentro estaban los datos, los nombres, las cifras, las fotografías y, sobre todo, la frase que llevaba semanas ensayando frente al espejo, la frase que pretendía pronunciar exactamente a los 7 minutos de iniciada su intervención.

Le exijo formalmente que presente su renuncia. A esa misma hora, a poco más de 12 km, en un departamento discreto del sur de la Ciudad de México, Omar Hamid García Jarfuch terminaba de abrocharse los puños de la camisa frente al espejo. 44 años, 1,80 de estatura, complexión atlética, piel apenas bronceada por las horas que pasaba al aire libre durante sus operativos.

tenía el cabello oscuro peinado con esa raya impecable que la prensa había convertido en marca registrada y dos pequeñas líneas grises en las cienes que lejos de envejecerlo, le daban un aire severo. Su rostro era el de alguien acostumbrado a hablar poco y observar mucho. Sobre la cómoda, junto a su reloj y su gafete oficial, descansaba el carpetón de cuero negro que su equipo le había entregado la noche anterior. dentro.

Cifras, estadísticas, reportes de detenciones, mapas de incidencia delictiva, fotografías de operativos, oficios firmados, nombres, fechas, todo lo que iba a necesitar. “Papá, ¿oy ya vas a salir en la tele?” La pregunta vino desde la puerta. Una niña pequeña, de cabello largo y un osito en la mano, lo miraba con los ojos todavía hinchados de sueño.

Omar se volteó con esa sonrisa que solo le aparecía en casa, esa que nadie de la prensa había logrado capturar nunca. Hoy sí, mi vida, pero papá no se va a tardar. Tú ya desayunaste. Mami hizo molletes. Qué rico. Se agachó para darle un beso en la frente. Pórtate bien con tu mamá. Sí. Y si me ves en las noticias, no le hagas caso a las cosas feas que digan.

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