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Las últimas y desgarradoras palabras de Soraya Una carta que aún nos hace llorar

Las últimas y desgarradoras palabras de Soraya. Una carta que aún nos hace llorar. Una mujer de 37 años estaba muriendo y en lugar de llorar, en lugar de gritar, en lugar de maldecir un destino que había sido brutalmente injusto con ella, tomó un papel y escribió las palabras más serenas que nadie haya escrito jamás frente a la muerte.

No escribió para quejarse, no escribió para pedir lástima, escribió para agradecer, para abrazar desde lejos a cada persona que alguna vez puso play a una de sus canciones para decirle al mundo que se iba en paz. Y cuando esa carta se hizo pública el 10 de mayo de 2006, millones de colombianos sintieron que algo se había roto dentro de ellos para siempre.

Porque Soraya no era solo una cantante, era la voz de algo que muchos colombianos llevan adentro y no saben cómo nombrar. Era el orgullo de un país que a veces no sabe cuidar a sus grandes. Era la niña que aprendió guitarra sola a los 5 años escuchando un tiple en Colombia que tocó violín en el Carnegy Hallum 10, que se convirtió en estrella global mientras cargaba con el dolor más pesado que una hija puede cargar.

Y era también la mujer que enfrentó una maldición de sangre que llevaba tres generaciones destruyendo a su familia, que peleó contra esa maldición con todo lo que tenía, que ganó el Latin Grami por encima de Juan Gabriel y Joan Manuel Serrat y que al final, cuando el cuerpo ya no pudo más, encontró la fuerza para despedirse con palabras que todavía hoy, casi 20 años después, hacen llorar a quien las lee.

En este video vas a conocer la historia completa de Soraya Raquel la milla Cuevas. Pero no te voy a contar su vida en orden. Te voy a contar su vida como ella la vivió, empezando por lo que más duele y terminando por lo que más importa. Y si todavía no te has suscrito al canal, hazlo ahora. Presiona el botón de suscripción y activa la campanita. Aquí hay investigación.

Cada video que lanzamos vas a ser el primero en saberlo. Quédate hasta el final porque lo que vas a descubrir en los próximos minutos nunca fue titular en ningún portal, nunca apareció en ninguna entrevista. Escucha esto, escúchalo con cuidado, porque cada palabra importa. Días antes de morir, Soraya escribió, “Mi historia física puede llegar a su fin, pero estoy segura que la que existe en el corazón de ustedes seguirá presente por la eternidad.

” Repite eso en tu cabeza. Mi historia física puede llegar a su fin. Ella sabía que estaba muriendo, lo sabía con certeza y aún así lo único que encontró dentro de sí misma fue gratitud, paz, amor. ¿Cómo llega una persona a ese lugar? ¿Qué tiene que vivir? ¿Qué tiene que perder? ¿Qué tiene que construir una mujer para poder escribir eso desde una cama de hospital a los 37 años? Para responder esa pregunta, necesitamos ir mucho más atrás.

Necesitamos ir a donde comenzó todo y todo comenzó con una maldición. En la familia de Soraya, el cáncer de mama no llegó una vez, llegó tres veces, tres generaciones, tres mujeres, como si la enfermedad conociera el apellido y supiera exactamente a qué puerta tocar cada vez. La abuela materna de Soraya murió de cáncer de seno, la tía materna también.

Y luego llegó el turno de su madre, Yamila Cuevas Garib. Una mujer de origen libanés que había cruzado el mundo desde el Líbano hasta Colombia y desde Colombia hasta los Estados Unidos, buscando una vida mejor para su familia. Piénsalo un segundo. Tres mujeres de la misma sangre, la misma enfermedad, el mismo final. Y Soraya lo sabía, lo sabía desde niña.

Creció con esa sombra encima, sin que nadie se la nombrara, pero sin que nadie pudiera ocultársela tampoco. Porque el cáncer de su madre llegó cuando Soraya tenía 12 años. 12. la edad en que tú o tus hijos o tus sobrinos todavía están aprendiendo a vivir. Y Soraya ya estaba aprendiendo a despedirse.

De la noche a la mañana, esa niña dejó de ser niña. Se convirtió en la acompañante de su madre en cada visita al médico, en la encargada de los queaceres del hogar, en la persona que tenía que sostener todo cuando su madre no podía. Y no lo hizo con resentimiento, lo hizo con amor. En una entrevista que dio años después, Soraya recordó esos momentos con una claridad que duele escuchar.

dijo que el padecimiento de su madre cultivó en ella un sentido de responsabilidad que ninguna escuela hubiera podido enseñarle, que fue con su madre al hospital cuando era necesario, que investigó junto a ella sobre la enfermedad, que llegó incluso a correr con ella en la famosa carrera por la cura, madre e hija corriendo juntas contra el tiempo.

Hubo una remisión, la enfermedad pareció ceder y por un tiempo la familia respiró. Pero cuando Soraya tenía 18 años, el cáncer regresó, esta vez sin compasión, esta vez decidido a quedarse. Y 4 años después, cuando Soraya apenas tenía 22, su madre murió. La mujer que le había insistido en que hablara español en casa para no perder sus raíces colombianas.

La mujer que había trabajado sin descanso en un país extraño. La mujer que la había visto tocar guitarra a los 5 años y había dicho, “Esta niña tiene algo especial.” Ya no estaba. Soraya quedó con un dolor que no tiene nombre en ningún idioma y quedó con una pregunta que aunque no se atrevía a hacerse en voz alta, vivía dentro de ella todos los días.

¿Cuándo llegaría su turno? Pero Soraya eligió no esperar la respuesta paralizada. Eligió vivir, eligió cantar, eligió Colombia. Y eso es lo que necesitamos entender ahora. Para entender a Soraya tienes que volver a Colombia, a ese país que ella nunca dejó de llevar en el alma, aunque gran parte de su vida la pasó lejos. Soraya nació el 11 de marzo de 1969 en Point Pleasant, Nueva Jersey.

Un año después de que su padre Gregorio Lamilla, su madre Yamila y su hermano mayor se mudaran desde Colombia a los Estados Unidos buscando una vida mejor. Pero antes de cumplir su primer año, la familia regresó a Colombia y fue allí, en esa tierra donde ocurrió el momento que cambió todo para siempre. Soraya tenía 5 años cuando escuchó a su tío tocar el tiple.

El tiple es un instrumento folclórico colombiano, una especie de guitarra de cuerdas triples que suena como si la tierra misma estuviera cantando. Su tío tocaba Pueblito Viejo, esa canción que cualquier colombiano lleva tatuada en algún lugar del pecho. Y algo dentro de esa niña se encendió de una forma que ya no se apagaría jamás.

Sus padres vieron esa chispa y le compraron una guitarra. Ese mismo año, sin que nadie se la enseñara, sin clases ni partituras, Soraya aprendió a tocar sola, porque había cosas en ella que no necesitaban que nadie las enseñara, solo necesitaban un instrumento y silencio. A los 9 años ya dominaba el violín clásico y su primera presentación musical en público no fue en un festival escolar ni en una plaza de pueblo, fue en el Carnegy Hall de Nueva York, uno de los escenarios más prestigiosos del mundo entero como violinista de la sinfónica juvenil. Una

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