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La trágica y misteriosa muerte de OMAR GELES, El Rey del Vallenato: Lo que nunca nos contaron

La trágica y misteriosa muerte de Omar Gées, el rey del vallenato, lo que nunca nos contaron. Dio un grito y cayó. Así de simple, así de brutal. Un hombre de 57 años en una cancha de tenis en Valleupar, una tarde cualquiera del 21 de mayo de 2024. Y en un segundo todo terminó.

Ese hombre era Omar Antonio Géz Suárez, el acordeonero que a los 3 años ya tocaba como un adulto, que el niño que a los 6 años ya era rey, el compositor que escribió las canciones que usted ha cantado en sus parrandas, en sus amores, en sus dolores más profundos.  El hombre que le regaló al mundo los caminos de la vida. Mientras los médicos de la clínica Erasmo luchaban durante 30 minutos  para traerlo de vuelta, afuera ocurría algo que nadie había organizado.

Sin convocatoria, sin aviso. Una multitud se fue juntando frente a la clínica y comenzaron a cantar sus canciones. Porque eso es lo que pasa cuando muere alguien que le puso música al alma de un pueblo entero. Pero hay algo que usted no sabe todavía. La versión oficial de su muerte fue contradicha por su propio hermano.

La última canción que lanzó 11 días antes de morir contenía una promesa a su hija que el destino no le dejó cumplir. Y tres días antes de morir subió a un escenario delante de 30,000 personas. Y muchos creen que esa noche fue una despedida disfrazada de celebración. Hay más.  En Miami, semanas antes, el cuerpo ya había avisado y Omar lo ignoró.

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Y en el caso de Omar Gées, esa pregunta tuvo no una respuesta, tuvo tres tres versiones distintas, tres explicaciones que se contradijeron entre sí y ninguna de ellas logró cerrar el caso del todo. La primera versión llegó rápido, demasiado rápido. En las horas siguientes a su muerte, los medios de comunicación dijeron una palabra infarto.

Omar Gées había sufrido un infarto mientras jugaba tenis en el club campestre de Valle Dupar. Esa fue la información que recorrió Colombia en minutos, la que llenó los titulares, la que los fanáticos leyeron con el corazón roto en sus teléfonos. Pero esa versión no duró mucho porque entonces habló la clínica Erasmo. A través de un comunicado oficial,  el centro médico dijo algo diferente.

Usó palabras muy precisas. Omar Antonio Gées Suárez había llegado a sus instalaciones sin signos vitales después de sufrir un síncope mientras jugaba tenis. No un infarto, un síncope. Y esa diferencia, que para muchos puede parecer un simple detalle médico, lo cambia todo. Porque un síncope no es un infarto. Un síncope es una pérdida súbita y total de la conciencia.

Es el cuerpo que en una fracción de segundos simplemente se apaga. Sin dolor previo, sin aviso, sin tiempo para reaccionar. Los médicos intentaron reanimarlo. 30 minutos, 30 minutos completos trabajando para traer de vuelta a un hombre que ya no respondía. Y al final Omar no reaccionó. Pero la historia no terminó ahí,  porque meses después de la muerte apareció la tercera versión y esta no vino de un médico, no vino de un comunicado, vino de adentro de la familia.

Juan Manuel Gées, hermano de Omar, su compañero de toda la vida, manager de los diablitos durante décadas, concedió una entrevista y en esa entrevista desmintió tanto la versión del infarto como la del síncope aislado y reveló algo que nadie había dicho con esa claridad. Según Juan Manuel, Omar ese día había tenido una jornada de actividad  física absolutamente desmedida.

Amanecido, sin dormir, fue a jugar tenis en la mañana. toda la mañana. Después almorzó y según su propio hermano, comió en exceso. Y luego, en lugar de descansar  volvió a la cancha a jugar de nuevo. En la tarde, Juan Manuel fue directo. Su hermano se esforzó demasiado y el diagnóstico que los expertos manejan,  aunque sin confirmación definitiva hasta hoy, apunta a muerte súbita del deportista.

Esa condición en la que el corazón, sometido a un esfuerzo brutal y repentino, sencillamente deja de latir sin anuncio, sin segunda oportunidad. Guillermo Ortiz estaba en la cancha ese día. Era amigo personal de Omar y describió el momento exacto con unas palabras que se quedan grabadas. Estaban jugando normal, todo tranquilo.

Omar estaba activo y de repente dio un grito y cayó al piso. Ese grito, ese instante, eso fue todo. Y aquí, aquí mismo viene la pregunta que nadie ha podido responder del  todo. ¿Por qué Omar Jeles, con una salud que ya había dado señales de alarma semanas antes, estaba en esa cancha jugando con esa intensidad? ¿Por qué un hombre que había sido hospitalizado en Miami apenas un mes atrás se estaba sometiendo a ese nivel de esfuerzo físico? ¿Qué había dentro de Omar Yeles que lo hacía vivir siempre al límite, siempre sin frenos,

siempre sin pausas? Para entender eso, hay que conocer al hombre desde el principio. Hay que volver a Majates Bolívar. Hay que volver a una familia sin dinero, a una carretilla de verduras, a un niño que no tenía juguetes pero tenía acordeón. Y hay que entender que Omar Gées nunca en toda su vida supo vivir de otra manera.

1983, Omar Géo a un joven cantante llamado Miguel Morales. Los dos tenían sueños similares, hambre similar, una energía que no cabía en Valle Dupar. Se juntaron y comenzaron a presentarse bajo un nombre que Omar ya cargaba desde niño, los diablitos. Al principio fueron fiestas de barrio, presentaciones pequeñas, noches largas con poco dinero y mucha música.

Pero en 1985 grabaron su  primer álbum De verdad, verdad, y con él llegó la primera canción que los puso en el radar nacional. Tú y Colombia empezó a escucharlos. El vallenato romántico, ese subgénero que habla de amor con una ternura que duele. Encontró en los diablitos a sus nuevos embajadores. Vinieron más álbumes, más éxitos.

Venezuela los recibió con los brazos abiertos. Y Omar Gées, que componía y tocaba el acordeón con una precisión que pocos de su generación igualaban,  fue construyendo en silencio un catálogo que le pertenece a la historia. Para Diomedes Díaz escribió, “La falla fue tuya, no intentes,  con mucho gusto.

Para Patricia Teerán, escribió tarde lo conocí. Una canción que llevó a esa mujer a la cima de su carrera. Para Silvestre Dangond, me gusta, me gusta  y a Blanco y Negro. Para Jorge Celedón, Cuatro Rosas. Para Felipe Peláez, el amor más grande del planeta. Para Iván Villazón, Nunca dudes de mí. Canción tras canción, artista tras artista.

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