Posted in

La Palabra PROHIBIDA de Vivir del Cuento que ENFURECIÓ a Cuba | El SECRETO de Ruperto

Parte 1

El día en que quisieron prohibirle a Ruperto mover los pies, Omar Franco entendió que en Cuba hasta una caminata podía ser tratada como delito.

No era una pistola, no era un discurso clandestino, no era una consigna pintada de madrugada en una pared. Era apenas un viejo de 80 años, despeinado, confundido, con el cuerpo torcido por 28 años de coma y una manera absurda de avanzar: 1 paso hacia delante y 2 hacia atrás. La gente se reía porque veía a Ruperto tropezar con el mundo moderno, pero también porque veía algo más doloroso: se veía a sí misma. Cuba entera caminaba así, prometiendo futuro mientras retrocedía en silencio.

Omar lo supo desde el primer día en que se puso aquellos gestos encima. Ruperto no era solo una máscara cómica. Era una grieta. Una grieta pequeña, simpática, casi inocente, por donde entraba una verdad que nadie podía decir en voz alta.

Antes de ser Ruperto, Omar Franco había sido un ingeniero que tomó una decisión que su propia familia llamó locura. En 1992, mientras las casas se quedaban a oscuras durante horas interminables y la gente inventaba cenas con cáscaras hervidas, él dejó una planta siderúrgica para perseguir el teatro. Tenía un hijo de 1 año, una esposa mirando las cuentas con miedo, y un país donde cualquier salario parecía una burla.

—Omar, ¿tú estás pensando en nosotros o estás pensando en tus sueños? —le preguntó un familiar una noche, cuando la mesa estaba casi vacía.

Él no tuvo una respuesta cómoda. Solo apretó el libro de Stanislavski que leía a escondidas como si fuera una Biblia prohibida.

—Estoy pensando en no morirme por dentro —dijo.

Durante años, esa frase le costó caro. No tuvo escuela de arte, no tuvo padrinos poderosos, no tuvo más lujo que ensayar hasta que el cuerpo doliera. Hizo teatro, cine independiente, humor, jurados, reuniones, escenarios pobres y aplausos que apenas alcanzaban para justificar el hambre. Pero siguió. Porque había hombres que nacían para obedecer y otros que, aunque callaran mucho tiempo, llevaban una desobediencia escondida en la garganta.

Entonces llegó Luis Silva.

La propuesta parecía una broma de esas que se vuelven destino: un anciano llamado Ruperto, golpeado por un jonrón legendario el 19 de enero de 1986, dormido durante 28 años y despertado en 2014, en una Cuba que ya no entendía. Ruperto se había acostado en un país de consignas soviéticas y despertaba entre celulares, colas, dobles monedas, médicos pobres y taxistas con más dinero que profesores.

Omar aceptó sin imaginar que aquel viejo torpe terminaría siendo más peligroso que muchos opositores.

En apenas unos episodios, el público lo adoptó. Su “Apululu” se regó como pólvora. Los niños imitaban su voz. Los ancianos repetían sus frases. En los solares, en las guaguas, en las colas del pollo, todos hacían aquella caminata ridícula: 1 paso adelante, 2 atrás. Y cuanto más se reía la gente, más se tensaban los rostros detrás de las oficinas donde revisaban los guiones.

Cada episodio de Vivir del Cuento llegaba mutilado a la pantalla. Los censores miraban palabra por palabra, gesto por gesto, pausa por pausa. Querían humor, pero no demasiado. Querían pueblo, pero sin rabia. Querían crítica, pero domesticada.

El absurdo tocó fondo en 2018, cuando prohibieron que Ruperto dijera “se va” al hablar de Cachita, porque Raúl Castro había dejado el poder y cualquier oído paranoico podía encontrar veneno político en 2 sílabas. Después vino lo impensable: cuestionaron su forma de caminar.

—Ese paso no puede salir así —le dijeron a Omar en una reunión.

—¿Qué paso?

—El de Ruperto.

Read More