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La Monja Que Le Dio Los Últimos Sacramentos Al Che — Lo Que ÉL CONFESÓ Te DESTRUIRÁ

II.

El más chico tiene 3 años, ni siquiera me recuerda. Su voz se quebró. ¿Sabe cuál es mi mayor pecado, hermana? No es haber matado hombres por la revolución, es haber abandonado a mis hijos por la misma razón. Hermana María sintió lágrimas formándose en sus ojos. ¿Por qué lo hizo? Porque creía que estaba salvando al mundo, respondió el Che.

Creía que si sacrificaba mi familia podría liberar a millones de familias de la opresión. Pero ahora, sentado aquí esperando morir, me pregunto, ¿valió la pena? ¿Mis hijos entenderán algún día que los dejé por algo más grande que ellos? ¿O simplemente me odiarán por no estar ahí? Hermana María tomó las manos atadas del che entre las suyas.

Comandante, Dios perdona a quienes se arrepienten sinceramente y los hijos perdonan a los padres que actuaron con buenas intenciones, aunque hayan cometido errores. El Che negó con la cabeza. No busco perdón, hermana. Busco entendimiento. Quiero que alguien entienda que no fui un monstruo. Fui un hombre que creyó en algo tan profundamente que estuvo dispuesto a perderlo todo por ello, incluyendo a las personas que más amaba.

En ese momento, hermana María hizo algo que los soldados afuera nunca supieron. Le preguntó directamente, “¿Se arrepiente de haber dejado Cuba? ¿Se arrepiente de haber venido a Bolivia?” El Che cerró los ojos nuevamente. Su respuesta fue un susurro apenas audible. “Todos los días. Para un momento, no te pierdas este detalle, porque lo que el Che reveló a continuación cambió completamente la narrativa oficial sobre su relación con Fidel Castro.

y su salida de Cuba. “Hermana”, dijo el Che con voz más firme. “¿Usted sabe por qué realmente dejé Cuba, hermana María?” respondió, “Los periódicos dicen que usted quería expandir la revolución a otros países.” El Che soltó una risa amarga. “Esa es la versión oficial. La verdad es más complicada. Fidel y yo dejamos de entendernos.

Yo quería una revolución pura sin compromisos con los soviéticos. Fidel quería supervivencia política, aunque eso significara traicionar nuestros ideales. Discutimos mucho en privado, por supuesto. Nadie podía saber que los dos líderes de la revolución estaban fracturados. Hizo una pausa. Fidel me dio a elegir quedarme callado y aceptar su forma de gobernar o irme.

Yo elegí irme, pero no fue mi decisión completamente. Fue un exilio disfrazado de misión revolucionaria. Hermana María se sorprendió. Fidel lo exilió. No oficialmente, aclaró el Che, pero sí me dio la opción de ser un símbolo silencioso o un guerrillero en el extranjero. Elegí morir peleando antes que vivir como una estatua. Hermana María sintió que estaba escuchando algo que nadie más en el mundo sabía.

“Fidél, ¿sabe que usted está aquí en Bolivia?”, El Che asintió. ¿Sabe, le pedí ayuda hace meses, pedí armas, hombres, suministros. Me envió muy poco y lo que envió llegó tarde o defectuoso. Su voz tenía resentimiento. Creo que Fidel prefiere que yo muera como mártir heroico que regresar como rival político. Mi muerte le sirve más que mi vida.

Hermana María no sabía qué decir, “comandante. Eso es traición.” Completó el Che. Sí, pero también es política. Y en política, los hermanos se traicionan todos los días. Luego, El Che le dijo algo que hermana María guardaría como su secreto más pesado durante 57 años. Hermana, si sobrevivo a esto, si por algún milagro no me matan, mañana, voy a escribir todo.

Voy a exponer las mentiras de Fidel. Voy a contar la verdad sobre cómo la revolución cubana se vendió a los soviéticos. Voy a mostrarle al mundo que el comunismo que construimos en Cuba no es el comunismo que soñamos en la Sierra Maestra. No vas a creer esto. Pero el Che tenía un plan secreto que ni los soldados bolivianos, ni la CIA, ni siquiera Fidel Castro conocían completamente.

Hermana, continuó el che, en mi mochila que los soldados confiscaron hay un cuaderno, un diario. Si ellos lo leen completo, encontrarán cosas que no deberían encontrar. nombres de colaboradores que todavía están vivos, rutas de escape, críticas directas a gobiernos que dicen apoyar la revolución, pero en realidad solo juegan con nosotros.

Hermana María preguntó, “¿Por qué me cuenta esto? Porque usted es una monja. Los soldados pueden amenazarla, pero matarla sería un escándalo. Quiero que usted recuerde lo que le estoy diciendo. Algún día, cuando todo esto termine, cuando Fidel muera, cuando Cuba cambie, quiero que alguien sepa que yo no fui un fanático ciego.

Fui un hombre que vio la corrupción de su propia revolución y tuvo el coraje de irse antes de ser parte de ella. Hermana María sintió el peso de esa responsabilidad. y sus hijos, ¿qué quiere que sepan? El Che respiró profundamente. Quiero que sepan que su padre no los abandonó por falta de amor. Los abandonó porque amaba algo más grande que él mismo.

Y quiero que sepan que en estos últimos momentos lo único que lamento es no haber pasado más tiempo con ellos. Lágrimas comenzaron a correr por su rostro sucio. Mi hijo mayor, Hildita, vive con mi exesposa en Perú. Tiene 11 años. No me ha visto en años. Mis otros cuatro hijos en Cuba. Aleidita tiene seis, Camilo C, Celia 3, Ernesto 2.

El más pequeño ni siquiera sabe quién soy. Su voz se quebró completamente. ¿Qué clase de revolucionario abandona a sus propios hijos para salvar a los hijos de otros? ¿Qué clase de hombre hace eso? Hermana María apretó sus manos con más fuerza. Un hombre que cree en algo más grande que sí mismo, un hombre que sacrifica lo personal por lo colectivo o un hombre egoísta que usa la ideología como excusa para escapar de las responsabilidades de la paternidad, respondió el Che con amargura.

En ese momento, la puerta se abrió bruscamente. El oficial entró. Se acabó el tiempo, hermana. Hermana María miró al Che. ¿Hay algo más que quiera decir? El Che la miró con intensidad. Sí. Dígale al mundo que el Cheegevara no murió como un héroe. Murió como un hombre con dudas, con miedos, con arrepentimientos. Murió sabiendo que quizás todo por lo que luchó fue en vano y murió extrañando a sus hijos más que extrañando la revolución.

El oficial tomó a hermana María del brazo. Vámonos ahora. Mientras la sacaban de la habitación, hermana María volteó una última vez. El Che levantó sus manos atadas en un gesto de despedida. Gracias por escuchar, hermana. Que su Dios, si existe me perdone. Hermana María salió de la escuela, subió al jeep.

Durante todo el camino de regreso al convento, no dijo una palabra. Los soldados tampoco preguntaron. Cuando llegó, entró directamente a la capilla, se arrodilló y lloró durante horas. Al día siguiente, 9 de octubre de 1967, hermana María escuchó en la radio que el cheegue vara había sido ejecutado en la higuera.

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