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La MENTIRA de CHE GUEVARA que CUBA OCULTA | FIDEL SABÍA TODO | SECRETOS NUNCA CONTADOS

Parte 1

A Ernesto Che Guevara no lo mataron primero las balas, sino el silencio de los hombres que juraron no abandonarlo jamás.

El 9 de octubre de 1967, en una escuelita pobre de La Higuera, Bolivia, el hombre que millones imaginaban invencible estaba tirado sobre un piso de tierra, con las manos atadas, los pies destrozados y el pecho apretado por el asma. No parecía el rostro de los carteles ni el guerrillero de las consignas. Parecía un hombre exhausto, sucio, hambriento, obligado a escuchar cómo afuera decidían si su vida valía más como prisionero o como cadáver.

A unas horas de distancia, en oficinas cómodas, cuarteles, embajadas y despachos donde nadie olía a sangre, otros nombres pesaban sobre su destino: Fidel Castro, Mario Monje Molina, Tamara Bunke, Regis Debray, Ciro Bustos, Honorato Rojas. Cada uno había ocupado un lugar distinto en aquella cadena de decisiones, errores, miedos y traiciones que terminó encerrándolo en esa aula.

El Che levantó la mirada cuando oyó pasos. Había pasado la noche sin comida, sin agua suficiente, junto a cadáveres de compañeros. Su uniforme estaba roto. Las botas ya no existían. Los pies, envueltos en cuero crudo, parecían dos heridas abiertas.

—No debí caer vivo —murmuró, con la voz seca.

Nadie respondió.

Pero para entender cómo llegó hasta ahí, había que volver a Ñancahuazú, meses antes, cuando todavía soñaba con encender América Latina desde la selva boliviana. El Che creía que la revolución podía cruzar montañas, fronteras y miedos. Creía que si el primer grupo resistía, otros se sumarían. Creía que Cuba apoyaría, que el Partido Comunista de Bolivia abriría caminos, que los campesinos escucharían, que la historia empujaría a su favor.

El 31 de diciembre de 1966 llegó Mario Monje Molina al campamento. No llegó como aliado, sino como hombre herido en su orgullo. Era el secretario general del Partido Comunista de Bolivia, y quería mandar. El Che lo recibió con cortesía, pero ambos entendieron desde el primer minuto que allí solo había espacio para una autoridad.

Monje puso sus condiciones. Quería controlar la dirección política, las conexiones internacionales y, sobre todo, la jefatura militar. El Che aceptó lo que podía aceptar, pero no entregó el mando.

—La lucha no puede tener dos cabezas —dijo el Che.

Monje apretó los labios.

—Entonces que tus hombres elijan —respondió.

Reunió a los bolivianos y les lanzó una amenaza: quienes se quedaran con el Che quedarían fuera del partido. Era una condena política, casi familiar, para hombres que habían crecido obedeciendo esa estructura. Pero todos se quedaron.

Monje se fue con la cara oscura, y el Che creyó haber ganado. No vio, o no quiso ver, que acababa de perder algo más grande. Monje ya no lo ayudaría. Desde La Paz, cortaría contactos, frenaría militantes, cerraría puertas. El foco guerrillero comenzaba a morir antes de su primera gran batalla.

Mientras tanto, en la red clandestina apareció otro nombre: Tamara Bunke, Tania. Inteligente, disciplinada, misteriosa. Se había infiltrado en los salones altos de Bolivia, se movía entre militares, políticos y gente poderosa como si perteneciera a ese mundo. Para el Che, era una pieza valiosa. Para otros, una sombra peligrosa.

El golpe llegó en marzo de 1967. Tania condujo hasta el campamento a Regis Debray y Ciro Bustos. Los visitantes hablaron con el Che, vieron demasiado, supieron demasiado. Luego Tania partió y dejó abandonado su jeep en Camiri, con libretas, direcciones, mapas, nombres, datos de la red urbana y señales suficientes para que el enemigo entendiera lo que hasta entonces apenas sospechaba.

Cuando el Che recibió la noticia, se quedó inmóvil unos segundos.

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