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La esposa de Palito Ortega confirma…

Palito Ortega, El chico triste de las canciones felices. La biografía íntima de un icono latinoamericano. A sus más de 80 años, Ramón Palito Ortega guarda en su mirada un dejo de nostalgia que trasciende las décadas. El hombre que conmovió a generaciones con melodías alegres y ritmos bailables carga una historia de contrastes, éxito rotundo, tragedias silenciosas y una resiliencia que lo convirtió en una figura legendaria del espectáculo argentino y latinoamericano.

En esta crónica especial nos adentramos en la vida de este artista total, cantante, compositor, actor, productor, director de cine y político, cuyo rostro amable escondía cicatrices emocionales más profundas de lo que el público podía imaginar. Infancia entre privaciones de los diarios al escenario. Nacido el 28 de febrero de 1941 en Lules, una pequeña localidad en la provincia de Tucumán, Ramón Bautista Ortega, creció en una familia de escasos recursos.

Desde los 5 años la calle fue su campo de entrenamiento para la vida. Lustrabotas, vendedor de diarios, ayudante de almacén. Cada trabajo no era solo un ingreso, sino una forma de sostener a una familia rota por la separación de sus padres. Cuando él tenía apenas 13 años, su madre se fue del hogar y Palito junto a sus hermanos quedó al cuidado del padre, su hermana Rosario, quien falleció trágicamente a los 11 años en un accidente automovilístico en 1960.

Fue una de las pérdidas que marcaron su existencia para siempre. A pesar del dolor, él ya había encontrado una forma de resistir, la música. Caminaba kilómetros vendiendo diarios. Me ponía a cantar para no sentirme solo entre un barrio y otro. La voz era mi compañía. Recordaría décadas más tarde con la voz quebrada y los ojos húmedos.

La llegada a Buenos Aires. Una valija de cartón y un sueño sin garantías. En 1956, con solo 15 años, decidió dejar su tierra natal y embarcarse hacia Buenos Aires. Llegó con una pequeña valija de cartón, sin dinero, sin contactos y con un corazón lleno de ilusiones. La gran ciudad, sin embargo, no le dio la bienvenida con los brazos abiertos.

La primera noche la pasó durmiendo en una plaza. Tras ser asaltado, apenas bajó del tren. Al día siguiente consiguió trabajo en una obra en construcción como ayudante de limpieza. A cambio, le ofrecieron un colchón para dormir bajo techo. Así comenzó su travesía en la jungla porteña, pero la música nunca se apagó dentro de él.

Descubrió el rock escuchando discos de Elvis Presley y Bill Hailey que los jóvenes reproducían en las plazas. se fascinó con aquel ritmo vertiginoso y desafiante. Comenzó a imitar los pasos, a memorizar las melodías y a soñar con un futuro en los escenarios. Café, tambores y las primeras oportunidades. Sus primeros pasos en el mundo del entretenimiento no fueron como artista, sino como vendedor de café en los alrededores del canal 7 y Radio Belgrano.

Epicentros de la cultura y la televisión en aquella época. Astuto colocaba su carrito donde sabía que podía cruzarse con productores, músicos y figuras reconocidas. Su simpatía natural y su persistencia le permitieron ingresar poco a poco en ese mundo que parecía tan inaccesible. Fue así como conoció a Carliños y su banda, con quienes aprendió a tocar la batería.

Aquella fue su primera escuela musical formal y desde allí todo cambió. De Ramón a Palito, el nacimiento de un ídolo. Adoptó el nombre artístico de Palito por su delgada figura y comenzó a presentarse como cantante en pequeños eventos. Su primera gran oportunidad llegó con la participación en el programa musical Club del Clan en los años 60.

Allí compartió pantalla con figuras como Violeta Rivas, Johnny Tedesco y Raúl Lavier. Sus canciones pegadizas, de letras simples pero profundamente emotivas, lo convirtieron en un fenómeno de masas. La felicidad, corazón contento y bienvenido amor se volvieron himnos en toda Hispanoamérica. Sin embargo, bajo esa estética optimista habitaba una melancolía que no tardó en convertirse en sello personal.

Así nació el apodo que lo seguiría por siempre. El chico triste de las canciones alegres, el cine, la televisión y la consolidación como icono cultural. Palito no se conformó con la música. Su popularidad lo llevó al cine, donde protagonizó más de una veintena de películas, muchas de ellas en dupla con figuras como Evangelina Salazar, quien años más tarde se convertiría en su esposa.

Su figura juvenil, sonriente y encantadora, representaba un ideal de juventud blanca, feliz, accesible. La televisión también lo abrazó como figura central de la cultura pop. Pero detrás de cámara, Ortega era un perfeccionista obsesionado con la calidad y el mensaje que transmitía. Como productor y director, desarrolló una carrera paralela menos conocida, pero profundamente influyente en la industria argentina.

El amor de su vida Evangelina Salazar. En medio del vértigo del éxito, Palito encontró refugio en Evangelina Salazar. Se conocieron en una filmación y desde entonces forjaron una relación sólida y duradera que ha sobrevivido a los altibajos de la fama, los escándalos y las dificultades personales. Tuvieron seis hijos, entre ellos el reconocido músico Emanuel Ortega y Julieta Ortega, actriz y figura pública.

Evangelina fue su sostén en los momentos de mayor crisis, incluso cuando él mismo se perdió en la confusión del estrellato y el exceso. una caída silenciosa, crisis, autoexilio y fe. A finales de los años 70, Ortega decidió alejarse del país y de los escenarios. Su imagen comenzó a desgastarse y la industria, siempre cruel, le dio la espalda.

se trasladó a Miami junto a su familia, donde vivió años de introspección, dificultades económicas y profundas crisis personales. En aquel retiro abrazó la religión cristiana y redescubrió un sentido espiritual que lo ayudó a reconciliarse consigo mismo. Fue allí donde escribió muchos de los temas más introspectivos de su carrera.

El regreso de la música a la política. En los años 90, contra todo pronóstico, Ortega volvió al centro de la escena. No solo regresó a los escenarios con giras internacionales que agotaban entradas en tiempo récord, sino que incursionó en la política. Fue elegido gobernador de Tucumán en 1991 y luego senador de la nación.

Su gestión, sin embargo, no estuvo exenta de críticas y controversias. La política lo expuso a un tipo de escrutinio diferente, más feroz, menos permisivo. Aunque su intención era genuina, servir a su tierra natal, muchos lo acusaron de no estar preparado para la arena legislativa. Él, fiel a su estilo, guardó silencio y siguió adelante.

La vida actual entre la nostalgia, el hegado y la paz. Hoy Palito Ortega vive entre Buenos Aires y Miami, rodeado de su familia y lejos de los escándalos. A menudo se lo ve en conciertos especiales, homenajeado por nuevas generaciones que crecieron con sus canciones. Ha publicado autobiografías, producido documentales y se ha convertido en una especie de patriarca de la música popular argentina.

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