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Juan Gabriel: Lo que su HIJO IVÁN Vio el Día de su “MUERTE”… y NUNCA Quiso Contar

Vecinos, algunos de ellos dijeron que habían conversado con él horas antes de que falleciera. Así amaneció hoy el apartamento donde pasó sus últimos momentos Juan Gabriel. Mientras tanto, la gente sigue llegando a compartir anécdotas y recuerdos del llamado Divo de Juárez. 28 de agosto de 2016, Santa Mónica, California.

Son cerca de las 11 de la mañana cuando Iván Aguilera entra en la casa de su padre. Hay coches en la entrada que no debería haber. Hay personas dentro que él no llamó y hay algo en el ambiente que no termina de encajar con la idea de un infarto repentino. Su padre, Alberto Aguilera Baladés, conocido en el mundo entero como Juan Gabriel, ha muerto esa madrugada.

Eso es lo que le han dicho por teléfono. Pero cuando Iván cruza la puerta, lo primero que nota no es el dolor, es otra cosa, algo más concreto, más extraño. Hay papeles que se están moviendo, hay personas que ya están organizando algo, hay una urgencia que no es solo médica. Iván tiene 28 años y acaba de quedarse huérfano del hombre que tardó años en reconocerlo en público.

Pero esa mañana, en lugar de poder sentarse a llorar a su padre, está mirando una escena que 10 años después todavía no ha contado por completo. Lo que vio ahí Iván no lo ha dicho nunca con todas las palabras. Lo ha soltado a medias en alguna entrevista. Lo ha sugerido con frases que se cortan antes de terminar. lo ha guardado sobre todo en silencio.

Y ese silencio es una de las razones por las que casi 10 años después de la muerte oficial de Juan Gabriel, todavía hay gente convencida de que aquella mañana en Santa Mónica no pasó lo que dijeron que pasó. Esta historia no se puede contar desde el final. Para entender lo que Iván vio esa mañana, hay que entender quién era el hombre que vivía en esa casa.

Un hombre que aprendió desde muy niño que confiar en alguien era peligroso, que construyó alrededor suyo una familia hecha a su medida, porque la familia que le había tocado lo había roto, y que cuando le tocó morir, decidió morir de una manera que dejó más preguntas que respuestas. Lo que Iván Aguilera entendería en los meses siguientes pondría en duda hasta el último detalle de esa mañana.

Para llegar a Santa Mónica hay que volver a Parácuaro, Michoacán. Año 1950. Una casa de adobe con techo bajo. Una mujer llamada Victoria Baladés Rojas, que acaba de tener su décimo hijo, lo llaman Alberto. El padre Gabriel Aguilera no estará mucho más en esa casa. Una crisis nerviosa lo llevará a la Castañeda, el hospital psiquiátrico de Ciudad de México, y de allí ya no volverá del mismo modo.

Victoria queda sola con 10 bocas que alimentar y la decisión de moverse hasta Ciudad Juárez buscando algo que en Parácuaro ya no había. Juárez tampoco le da lo que esperaba. Victoria entra a trabajar como empleada doméstica, limpia casas ajenas, lava ropa de otros y a Alberto, el más pequeño, lo deja a los 5 años en un internado para menores conocido en el barrio como El Tribunal, un sitio que en el papel sonaba a institución de ayuda y en la práctica era un lugar cerrado donde los niños aprendían oficios y perdían la infancia. Durante los 7 años

que pasó ahí, Victoria fue a verlo una vez, una sola vez. El niño aprendió a esperar visitas que no llegaban. Aprendió a vivir sin la fantasía de que su madre apareciera por la puerta. Y en algún momento de esos años, sin saberlo todavía, decidió que cuando saliera de ahí, construiría una vida en la que él no dependiera del afecto de nadie que pudiera dejarlo plantado.

Fue en ese internado donde un maestro llamado Juan Contreras le enseñó a tocar la guitarra. Años después, cuando llegó el momento de elegir un nombre artístico, tomó Juan por ese maestro y Gabriel por el padre que apenas conoció. En ese nombre no está victoria. Eso también dice algo. A los 13 años escapó del internado mientras sacaba la basura.

Caminó por las calles de Juárez sin saber a dónde ir. Cantó en cantinas por propinas. Bajó a Ciudad de México con 20 años. Una guitarra y la certeza de que tenía algo. En 1970 lo acusaron injustamente de un robo en una fiesta. Lo procesaron sin abogado. Lo mandaron a Lecumberry, el palacio negro, la cárcel más temida del país.

Estuvo 18 meses ahí dentro y en una de esas celdas, deprimido y flaco, escribió las canciones que serían su salida. No tengo dinero, nació entre esas paredes. En 1971 firmó con RC a Víctor. Eligió el nombre Juan Gabriel y en cuestión de meses pasó de dormir en terminales de autobús a tener un sencillo sonando en toda la radio mexicana.

Los años 70 y 80 convirtieron a Juan Gabriel en uno de los compositores más prolíficos de la música en español. Más de 18 canciones registradas, más de 100 millones de discos vendidos, colaboraciones con Rocío Durcal, con Lola Beltrán, con Lucha Villa, con todas las grandes voces de su generación. Pero mientras la carrera explotaba en público, en privado estaba ocurriendo algo que los medios de la época no se atrevían a contar con claridad.

Juan Gabriel mantenía una relación discreta con una mujer llamada Laura Salas. bailarina de su elenco. Una mujer alta, guapa, con presencia escénica. La conoció en una de sus giras. Empezaron una relación que él nunca confirmó públicamente, pero que las personas cercanas sabían que existía. En 1988 nació Iván, el primer hijo biológico reconocido de Juan Gabriel.

El embarazo se manejó con una discreción que en aquellos años era posible mantener. Iván nació en silencio y Juan Gabriel tomó una decisión que marcaría su vida personal de ahí en adelante. No se casó con Laura, no formalizó la relación, pero asumió a Iván como hijo y con los años fue construyendo una familia que se ajustaba a sus reglas, no a las que la sociedad esperaba.

Después llegaron los otros, Joan Gabriel, Hans Gabriel, J. Gabriel y Luis Alberto. Los hijos que Juan Gabriel adoptó formalmente, todos ellos hijos biológicos de Laura Salas en distintas circunstancias. Una familia construida desde dentro hacia afuera, pensada por él, configurada por él, sostenida por él económicamente. Carmen Salas, la madre de Laura, vivía con ellos parte del año en El Paso, en una casa que Juan Gabriel compró y que se convirtió en el cuartel general familiar.

Iván creció ahí. Creció entre giras, entre escenarios, entre adultos que trataban a su padre como si fuera un dios y dentro de la casa como un hombre que cocinaba pasta los domingos y se quedaba dormido viendo películas viejas. Laura nunca apareció en una entrevista pública, nunca dio una declaración, nunca posó en una alfombra roja al lado de Juan Gabriel por decisión de él y por decisión de ella.

Era el pacto que sostenía todo lo demás. Durante toda su vida pública, Juan Gabriel fue un hombre rodeado de preguntas que él se negó a responder. Y la más famosa de todas ocurrió en una noche que cambió la cultura popular mexicana. Año 2002. Programa Big Brother Vep. Conduce Verónica Castro. Juan Gabriel acepta participar en un especial.

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