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¡Jim Caviezel ATACÓ a Benny Hinn ”Jesús NO cobra por milagros” — Su respuesta IMPACTÓ a Todos!

Parte 1

La noche en que Benny Hin pidió $1,000 a los enfermos para “desbloquear” sus milagros, Jim Caviesel sintió que estaba viendo a gente desesperada entregar no dinero, sino pedazos de su última esperanza.

El auditorio de Dallas estaba lleno hasta los balcones. 12,000 personas levantaban las manos, lloraban, temblaban, repetían “amén” como si cada palabra que salía del escenario fuera una cuerda lanzada desde el cielo. Al centro, bajo luces blancas y doradas, Benny Hin caminaba con un traje impecable, la Biblia en una mano y el micrófono en la otra. Su voz subía y bajaba como una ola perfecta.

—Esta noche Dios va a sanar cánceres, corazones rotos, huesos dañados y familias destruidas —gritó—. Pero la fe verdadera se demuestra sembrando. El milagro necesita una semilla.

En la tercera fila, una anciana llamada Rosa apretó su bolso contra el pecho. Había viajado desde San Antonio con su hija Mariela, quien había vendido su celular para comprar los boletos. Rosa tenía un tumor en el pulmón y una libreta llena de recetas que ya no podía pagar.

—Mamá, no —susurró Mariela cuando escuchó la cantidad—. Ese dinero es para tu tratamiento.

Rosa tenía los ojos húmedos.

—¿Y si esta es la última puerta que Dios me abre?

Mariela sintió rabia, miedo y culpa al mismo tiempo. A su alrededor, la gente corría hacia el frente con tarjetas, cheques, sobres doblados. Un joven con la piel grisácea entregó billetes arrugados. Una madre levantó a su hijo enfermo mientras su esposo sacaba una tarjeta de crédito con manos temblorosas. Todo parecía santo, pero también parecía hambre.

Detrás del escenario, Jim Caviesel observaba en silencio. Había aceptado hablar en aquella conferencia creyendo que sería una reunión de fe sincera. Cuando vio el programa completo, ya era tarde: su nombre estaba impreso junto al de predicadores famosos por prometer prosperidad a cambio de ofrendas. Él había intentado retirarse.

—No puedo compartir escenario con hombres que convierten el dolor en negocio —les dijo a los organizadores.

Pero ellos le rogaron.

—Su presencia traerá equilibrio. Quizá Dios lo puso aquí por una razón.

Esa frase lo persiguió toda la noche anterior. En su habitación de hotel, Jim abrió los evangelios, leyó cada sanidad, cada lágrima, cada encuentro de Jesús con los pobres. No encontró una sola factura. No encontró una sola condición económica. Encontró manos extendidas, compasión, misericordia, gracia.

Ahora, mientras Benny Hin decía que el milagro llegaría en 24, 48 o 72 horas, Jim vio a Rosa levantarse lentamente.

—Mamá, por favor —dijo Mariela, sujetándole el brazo—. No dejes que te hagan esto.

Rosa se soltó con dolor.

—Tú no entiendes lo que es despertarse cada día preguntándose si será el último.

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