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Irán Eory La Bofetada que le Salvó la Vida y la Condenó a Morir Sola

Tenía 16 años cuando un príncipe le colocó una corona sobre la cabeza. A los 33, Cantinflas le pidió que se convirtiera en su esposa. A los 62 falleció sola en una habitación de hospital y ningún productor acudió a darle el último adiós. Se llamaba Iraneori y lo que México le hizo a esta mujer fue un crimen que quedó impune.

Esta es la investigación que la industria del espectáculo sepultó durante décadas. Hoy vas a conocer cuatro verdades que transforman por completo todo lo que pensabas saber sobre ella. La primera, la grabación de una entrevista en la que Irán revela con su propia voz qué fue exactamente lo que echó por tierra su romance con Cantinflas.

No fue la profesión, no fue la distancia geográfica, fue algo mucho más siniestro. La segunda, el secreto que Cantinflas mantuvo oculto durante cuatro décadas sobre su hijo Mario Arturo. Un secreto que involucra a una mujer estadounidense, una suma de dinero y un suicidio en un hotel de la Ciudad de México. La tercera, la carta que Irán conservó hasta su último día, escrita tras abofetear a Cantinflas y que jamás llegó a su destino.

Y la cuarta, el documento médico que revela con exactitud qué enfermedad fue destruyéndola a lo largo de 3 años, mientras la industria actuaba como si ella no existiera. Te avisaré cuando llegue cada una. Si abandonas antes de llegar al final, te perderás la parte que los productores de Televisa más han querido hacer desaparecer.

Porque esta mujer conquistó tres continentes. Fue figura estelar en España cuando ese país aún no tenía estrellas de proyección internacional. Fue figura estelar en México, cuando México era el referente indiscutible de la televisión latinoamericana. Cientos de millones de personas la vieron actuar y sin embargo murió sin que nadie le devolviera una llamada.

Nadie la puso en primer lugar jamás, ni una sola vez en 62 años. Iraneori nació el 21 de octubre de 1938, pero no en España como muchos creen ni en México. Nació en Teerán, la capital de Persia. Y su nombre verdadero no era Irán, sino Elvira Teresa Eori, su padre se llamaba Frederick Emil Eori, diplomático austríaco, destinado en embajadas de Oriente Medio.

Era un hombre cultivado, políglota, capaz de comunicarse en media docena de idiomas, que había consagrado su existencia al servicio diplomático de Austria. Su madre se llamaba Ángela Sidi. Necesito que prestes mucha atención a este nombre porque va a reaparecer una y otra vez. Ángel Asidi era una mujer judía Sefardí, originaria de Estambul, descendiente directa de aquellos judíos que España expulsó en 1492 y que encontraron refugio en el Imperio Otomano.

Los sefardíes preservaron durante siglos el español antiguo entrelazado con el hebreo, una lengua llamada Ladino, que Ángela hablaba con sus padres en las calles de Estambul. La historia de cómo se conocieron Frederick y Ángela parece extraída de una película. En 1936, Frederick se encontraba destinado en la embajada austriaca de Estambul.

Una tarde, en un evento social, posó sus ojos en una joven sefardí de belleza excepcional. El enamoramiento fue inmediato. Se casaron ese mismo año y dos años más tarde, cuando Frederick fue trasladado a Teerán, Ángela llevaba en su vientre a quien sería su única hija. Guarda el nombre de la madre, Ángela Sidi.

Lo necesitarás para comprender todo lo que viene después. Porque esta mujer gobernó la vida de Irán durante 64 años hasta el mismísimo final. Ángela nunca puso a Irán en primer lugar. Siempre prevalecieron sus propios temores, sus exigencias, sus condiciones. En marzo de 1938, 7 meses antes de que naciera Elvira, ocurrió algo que alteraría el destino de millones de personas.

Adolf Hitler anexó Austria al tercer Reich mediante el anslus. De la noche a la mañana, Austria dejó de existir como nación soberana. Frederick Eori recibió la noticia en Teerán y tomó una decisión que salvaría a su familia. Renunció a su cargo diplomático. No estaba dispuesto a representar al régimen nazi.

No iba a ponerse al servicio de Hitler. Piensa en lo que eso implicaba. un diplomático en la cima de su carrera con una esposa embarazada renunciando a todo, quedándose sin trabajo, sin patria, sin un porvenir seguro, sin la red de protección que el servicio diplomático le ofrecía. Pero Frederick veía algo que muchos se negaban a admitir, que los nazis perseguirían a los judíos.

Había escuchado los discursos de Hitler, había leído la prensa alemana, había presenciado el trato que daban a los judíos en Viena tras la anexión y su esposa era judía. Su hija, que estaba por venir al mundo, sería judía según las leyes raciales del régimen. No había alternativa. Quedarse significaba arriesgarlo todo.

Huir significaba comenzar desde cero. Frederick eligió comenzar desde cero. Lo que siguió fue una huida que se prolongó 11 años. 11 años de maletas y fronteras, de documentos falsificados y sobornos, de miedo constante y de una esperanza que se negaba a claudicar. Primero, Francia. Llegaron a París cuando Elvira tenía apenas unos meses de vida, pero en 1940 con la invasión nazi de Francia tuvieron que escapar de nuevo.

Esta vez el destino fue Casablanca, la misma ciudad marroquí de la célebre película de Hamfrey Bogard, que durante la guerra se convirtió en refugio de miles de europeos que huían del nazismo. Espías, fugitivos, aventureros. Diplomáticos caídos en desgracia. Irán vivió su infancia en ese escenario de película desde los dos hasta los 11 años, aprendiendo idiomas en las calles, escuchando relatos de guerra, viendo llegar familias destrozadas que buscaban un barco rumbo a América.

Esa infancia de refugiada la marcó de por vida. Décadas después, cuando los médicos le diagnosticaran la enfermedad que acabaría con ella, seguiría luchando con la misma determinación que había aprendido en Casablanca. Pero eso viene más adelante. Hay un detalle que ella reveló en una entrevista años después, un detalle que define con precisión quién era esta mujer.

Irán hablaba siete idiomas: francés, español, inglés, italiano, portugués, turco y alemán. El alemán era la lengua de su padre, el idioma de su infancia. el de las canciones de Kuna que Frederick le cantaba en Teerán. Pero cuando los nazis comenzaron a masacrar a los judíos, cuando las noticias del holocausto llegaron incluso a Casablanca, Irán tomó una decisión.

Tenía siete u 8 años y resolvió que jamás volvería a a hablar alemán y lo cumplió. Hasta el día de su muerte, 60 años después, no pronunció una sola palabra en ese idioma. Imagina esa determinación en una niña. Imagina lo que tuvo que sentir para tomar semejante decisión. El idioma de su padre, el de su infancia, borrado para siempre.

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