Ayer el Vaticano publicó un documento, lo publicó él mismo de manera voluntaria con su propio sello oficial, con el nombre de la autoridad financiera que creó hace 15 años, precisamente para demostrar que las cosas habían cambiado dentro del banco más secreto y más controvertido de la historia de las finanzas modernas.
Y en ese documento hay una frase, una sola frase que nadie debería poder leer sin que le cambie algo en la manera de entender qué es el Banco del Vaticano, qué ha sido durante décadas y qué sigue siendo a pesar de todas las promesas de reforma que se han hecho desde que la palabra reforma se convirtió en el término favorito de los que querían hablar de cambio sin producirlo.
La frase dice esto: 78 reportes de actividades sospechosas en un solo año en el Banco de la Iglesia. No 78 errores contables que requieren una aclaración técnica. No. 78 transacciones que se procesaron con el formulario equivocado. 78 reportes de actividades sospechosas. El lenguaje que usan los organismos de control financiero internacional para decir con toda la precisión que el lenguaje técnico permite.
Aquí hay movimientos de dinero que no se explican con los propósitos declarados de quienes los realizan. Aquí hay algo que no cuadra. Aquí hay algo que necesita ser investigado. Porque lo que se dice que es este dinero y lo que este dinero parece ser en realidad son dos cosas diferentes. 78. en el banco que administra más de 7,000 millones de euros, en el banco que custodia los fondos de 5,200 instituciones católicas distribuidas por todo el mundo.

En el banco que en última instancia administra una parte importante de lo que los fieles de todo el mundo ponen en las colectas de sus parroquias con la confianza de que ese dinero va a donde dicen que va. Y el Vaticano lo presentó como una buena noticia. El informe dice textualmente que el resultado confirma la solidez del sistema de supervisión, que el sistema está funcionando, que detectar las irregularidades es una señal de salud institucional, que hay que estar tranquilos porque el organismo de control está haciendo su trabajo.
Escúchenme bien. Detectar 78 operaciones sospechosas en el banco de la iglesia no es una señal de salud, es la descripción de la magnitud del problema. Es la evidencia de que lo que lleva décadas siendo el problema más oscuro de las finanzas vaticanas no está resuelto, está siendo gestionado.
Y gestionar un problema no es lo mismo que resolverlo. Nunca lo fue. Y en el caso del Banco del Vaticano, esa diferencia entre gestión y resolución lleva décadas costándole algo a alguien. Y ese alguien, hermanos, no son los cardenales que firman los informes anuales, es la gente que pone el sobre en la colecta del domingo.
León XIV heredó esto. Lleva meses con este expediente sobre la mesa, junto con el de Rivera, junto con el de Sandoval, junto con el mapa completo de una iglesia que en algunos de sus niveles más altos ha estado haciendo cosas que no tienen nada que ver con el evangelio que predica desde los altares. y lo que decida hacer con el banco específicamente va a definir si algo fundamental cambia o si el cambio que León XIV prometió fue solo el tipo de cambio que las instituciones saben producir sin cambiar nada que realmente
importe. Bienvenidos. Soy el padre Samuel y esto es lo que no les van a decir en ningún otro lado. Antes de contarles la historia completa, necesito que entiendan exactamente con qué estamos tratando. que el Instituto para las Obras de Religión, que es el nombre oficial del Banco del Vaticano, es una institución tan particular, tan diferente a cualquier otra institución financiera del mundo, que es imposible entender por qué tiene los problemas que tiene, sin entender primero qué es y cómo funciona. El IOR fue fundado en
1942 por el Papa Pío X en plena Segunda Guerra Mundial, en un momento en que la Iglesia necesitaba un mecanismo para gestionar fondos destinados a lo que llamaban obras de religión, sin que esos fondos pasaran por los sistemas bancarios de los estados beligerantes. Esa fue la razón original, una razón que en su momento tenía sentido.
Lo que no tenía sentido en retrospectiva es que las condiciones de excepcionalidad que justificaron la creación del IOR se convirtieran en la estructura permanente con la que operó durante las décadas siguientes. Porque el IOR no es un banco en el sentido técnico ordinario, no rinde cuentas a ningún banco central del mundo.
No está sujeto a la regulación financiera de ningún Estado nacional. No tiene la supervisión externa que cualquier institución financiera en cualquier país democrático del mundo tiene que aceptar si quiere operar. opera dentro del territorio soberano del Vaticano, el estado más pequeño del mundo en extensión, pero el de mayor alcance simbólico.
Y esa soberanía crea un escudo alrededor del IOR que durante décadas ningún regulador externo ha podido traspasar sin permiso expreso del Vaticano. Sus clientes son instituciones católicas, congregaciones religiosas que depositan los fondos de sus comunidades, órdenes que administran hospitales, escuelas, casas de acogida, misiones en los lugares más remotos del mundo, dicasterios vaticanos, obispos y arzobispos, algunos particulares con vinculación religiosa que en teoría deben cumplir ciertos criterios para tener cuenta. 7000 millones de euros,
procedentes de 5200 instituciones católicas distribuidas por todo el planeta, 7000 millones de euros del dinero de la iglesia, del dinero que las congregaciones acumularon durante años de trabajo y de austeridad, del dinero que las diócesis gestionan en nombre de los fieles que la sostienen, del dinero que en última instancia viene de personas que decidieron que una parte de lo que tienen debía ir a algo más grande que ellos.
Todo eso administrado sin la supervisión externa que cualquier banco ordinario en cualquier país democrático del mundo tiene que soportar como condición de su existencia. Esa estructura, hermanos, tiene consecuencias. Siempre las tuvo la Autoridad de Supervisión e Información Financiera, la Asif, el organismo que publicó ayer el informe con las 78 operaciones sospechosas.
La Asif no existía hace 15 años. La creó Benedicto XV en 2010. Y padre Samuel quiere que entiendan algo que la mayoría de los análisis sobre este tema no dicen con la claridad que merece. La ACIF no es una señal de transparencia voluntaria, es la consecuencia de décadas de escándalos que convirtieron al IOR en un problema diplomático y reputacional que la Santa Sede ya no podía seguir ignorando.
La crearon porque no quedó más remedio que crearla. El organismo del Consejo de Europa, que evalúa los sistemas de prevención del blanqueo de capitales llevaba años señalando al Vaticano como una jurisdicción con deficiencias graves. La comunidad financiera internacional había empezado a tratar las transferencias que involucraban al IOR con una cautela que en la práctica significaba que el Banco de la Iglesia estaba empezando a quedar fuera de los circuitos financieros legítimos del mundo. Eso no lo podía permitir una
institución que opera en 180 países y que necesita mover dinero a través de los sistemas financieros internacionales para sostener sus obras en todo el mundo. Así que crearon la ASIF y la ASIF empezó a publicar informes anuales y esos informes anuales son lo que ahora el Vaticano presenta como prueba de su transparencia.
Y en el informe de ayer dice esto: “En 2023 hubo 123 reportes de actividades sospechosas. En 2024 hubo 79, un descenso del 36% respecto al año anterior y en 2025 hubo 78, prácticamente igual que el año anterior, 300 operaciones sospechosas en 3 años en el Banco de la Iglesia y de las 78 del último año, 73 vinieron del propio IOR, el 94%, el banco que tiene la ACIF vigilándolo, El banco que desde hace más de 10 años publica informes anuales con auditorías externas para demostrar que todo está bajo control, 73 operaciones sospechosas
nacidas en sus propias entrañas. Y además este año la Asif tuvo que suspender tres transacciones por un valor total de 522,000 € porque alguien del sistema detectó que algo no cuadraba y la única respuesta disponible fue parar la operación y 16 casos fueron enviados a la Fiscalía Vaticana para investigación judicial, 16 casos a la fiscalía.
Eso no es una señal de que el sistema funciona bien. Es la descripción de un banco donde en un solo año hay suficiente actividad financiera cuestionable, como para que 16 casos distintos requieran la intervención del fiscal. Y todo eso ocurriendo mientras las finanzas vaticanas en su conjunto estaban, según documentos oficiales de finales de 2024, al borde del colapso.
Ese es el panorama real. Ese es el informe que ayer el Vaticano presentó como una victoria y ese es el problema que León XIV tiene sobre su escritorio junto con todo lo demás. Quiero llevarles ahora a otra cosa, a la historia, porque lo que acaba de publicar el Vaticano no se entiende completamente sin conocer de dónde viene el IOR y qué hizo durante las décadas en que nadie lo miraba con la atención que merecía.
Y para entender esa historia necesitan conocer a un hombre. Un hombre que nació en Milán en 1920, que entró en el Banco Ambrosiano a los 27 años y que desde entonces dedicó su vida a construir un imperio financiero que se sostuvo durante décadas sobre una red de conexiones que incluía lo mejor y lo peor de la Italia de la segunda mitad del siglo XX.
la iglesia, la política, el dinero y lo que en Italia siempre aparece cuando los tres primeros se juntan sin suficiente control. Su nombre era Roberto Calvi y en los círculos financieros de Italia lo llamaban el banquero de Dios, no por su devoción, por su relación con el Banco del Vaticano. Quiero que se imaginen una escena.
18 de junio de 1982, Londres, primera hora de la mañana. El río Tammesis, el puente de los frailes negros. Un empleado del servicio de correos que cruza el puente camino al trabajo nota algo que no debería estar ahí, un bulto debajo del arco de la estructura del puente se acerca y encuentra lo que nadie quiere encontrar a las 7:30 de la mañana en un puente sobre un río.
Un hombre colgado de la estructura, con ladrillos en los bolsillos, con $10,000 en efectivo encima, con un pasaporte falso que lo identificaba con un nombre que no era el suyo. Cuando las autoridades determinaron quién era realmente ese hombre, el nombre que salió fue el de alguien que llevaba días desaparecido, alguien que había huído de Italia con ese pasaporte falso, dejando atrás una historia que en ese momento estaba a punto de salir a la luz, de una manera que iba a sacudir los cimientos de la Iglesia Católica, de la política
italiana y de los circuitos financieros que habían estado operando en las sombras durante décadas. Roberto Calvi, el banquero de Dios. ¿Cómo había llegado Roberto Calvi al puente de los frailes negros con ladrillos en los bolsillos? Para responder esa pregunta hay que entender qué había estado haciendo durante los 15 años anteriores y qué tenía que ver el Banco del Vaticano con todo ello.
Calvi llegó a ser presidente del Banco Ambrosiano de Milán, el banco privado más importante de Italia en aquel momento. Y durante su gestión, el Ambrosiano se convirtió en algo que iba mucho más allá de un banco privado italiano. se convirtió en el nodo de una red financiera que incluía empresas fantasma en las Bahamas y en Luxemburgo y en Suiza.
Cuentas numeradas que no tenían nombre detrás, flujos de dinero que salían de un lugar y llegaban a otro sin dejar un rastro limpio que nadie pudiera seguir fácilmente. ¿Para qué servía esa red? para varias cosas, simultáneamente para mover fondos de partidos políticos italianos que preferían no que se supiera exactamente de dónde venían esos fondos para financiar ciertos proyectos en América Latina que tenían más que ver con la política de la Guerra Fría que con ningún propósito declarado, para gestionar el dinero de ciertos actores
que tenían mucho dinero y muy poco interés en que los organismos reguladores normales supieran cuánto dinero tenían o de dónde venía. Y en el centro de todo eso, el IOR, el Instituto para las Obras de Religión, el Banco del Vaticano, accionista del Banco Ambrosiano, instrumento a través del cual el dinero que entraba en la red podía viajar con un nivel de protección que ningún banco ordinario del mundo podía ofrecer, porque el dinero que pasaba por el IOR estaba cubierto por la soberanía del Vaticano, por la inmunidad
diplomática, por el secreto que durante décadas fue la característica definitoria del Banco de la Iglesia. El hombre que hacía funcionar esa conexión entre el Ambrosiano y el IOR era Paul Marcinus, arzobispo estadounidense, presidente del Banco del Vaticano desde 1971. un hombre al que Juan Pablo II apodaba el gorila porque su corpulencia y su carácter lo convertían en el guardaespaldas informal del Papa en los viajes.
Un hombre que había construido su posición dentro del Vaticano sobre la base de ser indispensable y que se había convertido en el guardián de un banco que bajo su presidencia hizo cosas que ningún banco debería hacer. El IOR llegó a tener una deuda con el ambrosiano que superaba los 1200 millones de dólares. Que en algún momento alguien tuvo que explicar y que nadie pudo explicar de manera satisfactoria cuando llegó el momento en que fue necesario hacerlo.
Porque en 1982 el Banco Ambrosiano colapsó. El banco no podía explicar la procedencia de millones dó. Rosone, el vicepresidente que intentó salvar la institución, recibió un disparo de la mafia. La secretaria personal de Calvi saltó desde la ventana de la oficina y Calvi huyó de Italia con un pasaporte falso.
5co días antes de que encontraran su cuerpo en el puente, Calvi había enviado una carta al Papa Juan Pablo Segi en esa carta advertía sobre la catástrofe de inimaginables proporciones que significaría el colapso del Ambrosiano para el Vaticano. Pedía ayuda. pedía que alguien que tuviera la autoridad suficiente interviniera para evitar lo que estaba a punto de ocurrir.
Juan Pablo Segi recibió la carta. El banco Ambrosiano colapsó de todas maneras y Roberto Calvi apareció colgado sobre el Tammesis con ladrillos en los bolsillos. ¿Fue suicidio, fue asesinato? En 2007, un tribunal de Roma determinó que Roberto Calvi fue asesinado. Los presuntos autores, casi todos pertenecientes a una organización criminal cabreada por la quiebra del banco que alojaba sus fondos, nunca fueron condenados por falta de pruebas.
El caso sigue técnicamente abierto, pero lo que sí quedó establecido con claridad es que el hombre que murió en ese puente lo hizo después de pasar años manejando dinero que no debería haber estado en las manos de nadie conectado con el banco de la Iglesia y que el IOR estuvo en el centro de esa historia.
¿Qué pasó con Marsincus? Nada. Eso es lo que pasó. Nada. Los tribunales italianos intentaron procesarlo. La Fiscalía de Milán emitió órdenes de captura. Pero Marcincus vivía dentro de los muros del Vaticano. La inmunidad diplomática que protege a los funcionarios de la Santa Sede lo convirtió en intocable para la justicia italiana.
Nunca pisó un tribunal. Nunca respondió formalmente ante ninguna autoridad judicial por lo que ocurrió con el Ambrosiano y el IOR. Vivió hasta 2006. murió en San City, Arizona, con 84 años sin haber dado explicaciones. Y el Vaticano pagó, no como responsable formal, como gesto de buena voluntad, dijeron, como reconocimiento moral de que había algo que justificaba el pago, 241 millones de dólares a los acreedores del Banco Ambrosiano para que la historia terminara, para que no hubiera más preguntas, para que ese capítulo se
cerrara y la iglesia pudiera seguir. 241 millones de dólares de reconocimiento moral, sin admitir responsabilidad, sin condenados dentro de la estructura vaticana, sin nadie que pagara el precio real de lo que había ocurrido. Ese es el antecedente más importante de la historia del IOR, el que establece el patrón, el que dice, “Cuando hay un escándalo suficientemente grande, el Vaticano paga lo que haga falta para que el escándalo no llegue más lejos.
Pero no cambia las estructuras que produjeron el escándalo. Pero el caso Calvi no fue el único ni fue el último. Mikel Sindona, el otro banquero que orbitaba en el mismo circuito, condenado a cadena perpetua por la justicia italiana. Extraditado desde Estados Unidos en 1984, muerto en una cárcel italiana de alta seguridad dos días después de ingresar.
Un café edulcorado con cianuro, el tipo de muerte que en la Italia de esa época tenía una sola explicación posible, aunque nadie pudiera probarla formalmente. La logia propaganda due, Lichio Jelly, la lista de 962 nombres que la policía italiana encontró en una villa Toscana. políticos, banqueros, jueces, directores de las tres agencias de inteligencia del Estado, militares.
Y entre los negocios que esa red sostenía, el circuito financiero que conectaba el Banco Ambrosiano, el IOR y los fondos que llegaban de lugares que ningún banco de la iglesia debería haber estado tocando. La lista incluyó nombres que hicieron caer gabinetes completos. El gobierno del primer ministro Forlani cayó cuando salieron a la luz los vínculos de sus miembros con la P2.
Silvio Berlusconi, todavía empresario en ese momento, estaba en la lista. El príncipe Víctor Manuel de Saboya estaba en la lista. Los directores de las tres agencias gubernamentales de inteligencia estaban en la lista y el IOR estaba en el centro de los flujos financieros que sostenían parte de esa red.
Ese es el mundo en el que el Banco del Vaticano construyó su reputación durante las décadas más oscuras de su historia, no como institución religiosa que gestiona fondos para obras de caridad, como un nodo en una red donde el dinero circulaba sin las preguntas que habrían producido respuestas incómodas para demasiadas personas demasiado poderosas.
Ahora necesito llevarles a algo que ocurrió mucho más recientemente, porque podría pensarse que la historia de Calvi y Marcincus y la P2 es historia antigua. que corresponde a una época que ya terminó, que la Iglesia aprendió la lección. Angelo Caloya, presidente del IOR entre 1999 y 2009.
No era un obispo, era un banquero, un profesional de las finanzas llamado precisamente para modernizar el Banco del Vaticano y alejarlo de las sombras de la era Marcinus. Fue condenado por hacer desaparecer 17 millones de euros de la venta de propiedades vaticanas. 17,000ones de euros que debían haber ido a las obras que la iglesia declaró que los fondos financiarían, que encontraron otro destino, que alguien consideró que podían tener un uso diferente al declarado.
El hombre llamado para limpiar el banco de la iglesia fue condenado por exactamente el tipo de conducta que su nombramiento era supuestamente para prevenir. El Banco Vaticano investigado por blanqueo de capitales, 180 millones de euros en el centro de la investigación, 20,000 cuentas opacas descubiertas, cuentas abiertas a nombre de personas o entidades que no cumplían los criterios que supuestamente regían el acceso al IOR.
Cuentas que llevaban años funcionando sin que nadie preguntara demasiado qué estaban haciendo ahí. Etore Goti Tedeski, el siguiente hombre llamado para reformar el banco. Su mandato termina en un cruce de acusaciones que nunca se resolvieron de manera satisfactoria para nadie. y Francisco, 12 años, comisiones de auditoría, la contratación de la firma Promontory Financial Group para revisar todas las cuentas, el cierre de miles de cuentas sospechosas, la publicación de informes anuales con auditorías externas, reformas reales, cambios
genuinos que produjeron mejoras verificables. Y aún así, al final del pontificado de Francisco, las finanzas del Vaticano estaban oficialmente al borde del colapso y el IOR seguía generando decenas de operaciones sospechosas al año. 123 en 2023, 79 en 2024, 78 en 2025. La cadena no se rompe. Hay una pregunta que cualquier persona razonable debería hacerse después de escuchar lo que acabamos de describir.
¿Por qué? ¿Por qué después de décadas de escándalos, de investigaciones, de reformas proclamadas y de presidentes del banco condenados, el IOR sigue siendo el IOR? ¿Por qué el número de operaciones sospechosas baja de 123 a 78, pero no llega a cero? ¿Por qué cada papa que llega con la voluntad de reformar el banco de la Iglesia se encuentra con que la reforma que finalmente produce es menos profunda de lo que prometió? Esa es la pregunta que padre Samuel lleva años haciéndose y la respuesta que tiene no es la de la conspiración, no es
que haya un grupo de cardenales reunidos en una sala oscura decidiendo activamente que el banco siga siendo opaco. La respuesta es más sutil y más instructiva y tiene que ver con la naturaleza de los sistemas que llevan décadas funcionando de cierta manera y que desarrollan una capacidad casi orgánica de resistir los cambios que amenazan con alterar las condiciones que lo sostienen.
El IOR tiene una estructura que lo hace fundamentalmente diferente a cualquier otra institución financiera que un reformador haya intentado transformar. El primer elemento de esa estructura es la soberanía. El IOR opera dentro de las fronteras del Estado Vaticano, el estado más pequeño del mundo, 44 haáreas, menos de 1 km cuad, pero un estado soberano con todos los atributos que esa condición implica, incluyendo la imposibilidad de que ninguna autoridad regulatoria externa le imponga condiciones que el propio Vaticano no haya aceptado voluntariamente.
Eso significa que cuando hay una operación sospechosa en el IOR, el único que puede investigarla formalmente es el Vaticano. El único fiscal con jurisdicción sobre esa operación es el promotor de justicia vaticano. El único sistema judicial con competencia para procesarla es el del estado de la ciudad del Vaticano, que tiene una estructura muy particular con recursos muy limitados en comparación con los sistemas judiciales de los Estados IOR interactúa financieramente.
No hay jurisdicción italiana, aunque el Banco esté físicamente en Roma. No hay jurisdicción europea, aunque opere en euros y mueva dinero a través de los sistemas de liquidación europeos. No hay jurisdicción internacional vinculante, aunque el Vaticano participe voluntariamente en ciertos foros de cooperación financiera.
Esa ausencia de jurisdicción externa no es un accidente histórico. Es parte de la razón por la que el IOR ha sido durante décadas un destino atractivo para ciertos tipos de fondos. El escudo de la soberanía vaticana convertía al banco de la Iglesia en el lugar donde el dinero podía estar, sin tener que responder demasiadas preguntas de las que responde en cualquier otro banco del mundo.
El segundo elemento de la resistencia es más difícil de articular, pero más importante para entender por qué las reformas siempre quedan a medias. Dentro del Vaticano hay personas, instituciones y redes de intereses que se benefician de las condiciones que hacen que el IOR sea lo que es. No necesariamente de manera criminal en el sentido penal estricto, en el sentido de que hay formas de operar que son posibles dentro del IOR y que no serían posibles en ningún banco sometido a supervisión externa real.
Las congregaciones religiosas que han acumulado fondos durante décadas sin rendir cuentas detalladas a nadie más que al Vaticano, que en muchos casos administran sus recursos de manera que sería perfectamente legítima, pero que prefieren no tener que explicar con el nivel de detalle que requeriría un supervisor externo.
Los dicasterios que gestionan presupuestos con una autonomía que sería imposible de mantener con el tipo de transparencia que la regulación financiera moderna exige, los actores que a través del IOR tienen acceso a circuitos de inversión que de otra manera estarían bajo escrutinio de reguladores que hacen preguntas difíciles.
Cuando un papa llega y dice que va a reformar el IOR, lo que en la práctica produce es que todos esos actores se reorganizan, no necesariamente de manera activa y coordinada, de la manera en que los intereses institucionales siempre se reorganizan cuando algo amenaza con cambiar las condiciones que los favorecen con lentitud, con argumentos técnicos, con la demostración paciente de que tal o cual reforma propuesta crea más problemas de los que resuelve con la capacidad que tienen las instituciones antiguas de absorber la voluntad de cambio de los que llegan con ella y
devolverles un resultado atenuado que permite a todos decir que algo cambió sin que nada de lo que realmente importa haya cambiado. Francisco lo vivió. Llegó con voluntad real de reforma. tomó medidas reales que tuvieron impacto real y al final de su pontificado el IOR seguía siendo el IOR, con menos cuentas opacas, con más transparencia relativa, pero con 78 operaciones sospechosas al año y con la estructura fundamental que hace posible esas operaciones intacta.
Hay algo en el informe de ayer que el Vaticano no calculó que revelaría cuando decidió publicarlo. El Vaticano publicó ese informe creyendo que estaba demostrando transparencia y en un sentido literal lo está haciendo. Un informe anual que dice cuántas operaciones sospechosas hubo es más transparente que lo que había hace 20 años, que no era nada.
La AIF es más transparente que la ausencia de cualquier supervisión que caracterizó las décadas de Marcinus. Pero hay algo en ese informe que el lenguaje de la transparencia institucional tiende a ocultar, la continuidad, el hecho de que 3 años seguidos el número de operaciones sospechosas se mantenga en decenas. El hecho de que casi el 94% de esas operaciones vengan del propio banco.
El hecho de que en un año normal haya 16 casos que requieren la intervención del fiscal Vaticano. Cuando el Vaticano dice que 78 operaciones sospechosas confirman la solidez del sistema, lo que en realidad está diciendo es que el sistema tiene la capacidad de detectar las irregularidades que produce, no que el sistema haya dejado de producirlas.
Son dos afirmaciones muy diferentes. La primera puede ser verdad, la segunda todavía no. Y León XIV está leyendo ese informe con los ojos del hombre que presidió el dicasterio para los obispos, con los ojos del que sabe leer los documentos institucionales entre líneas, con los ojos del que entiende que cuando una institución presenta sus propias irregularidades como evidencia de su salud, hay algo más en la historia que la institución no está contando.
Ese algo más es lo que padre Samuel quiere que entiendan esta noche. Permítanme ahora hablarles de algo que tiene que ver directamente con el sistema de resistencia que el IOR ha construido a lo largo de sus 80 años de historia. los que intentaron reformarlo desde adentro, no los presidentes que terminaron condenados, los que llegaron con intenciones genuinas y se encontraron con que la reforma que podían producir era sistemáticamente menor que la reforma que habían prometido.
Hay un patrón que se repite. El reformador llega, anuncia cambios, produce ciertos cambios que son visibles y que pueden ser documentados, cierra algunas cuentas, establece algunos procedimientos, publica algunos informes y después, en algún momento, que siempre es difícil de identificar con precisión, el sistema empieza a devolver resultados que no son exactamente los que el reformador esperaba.
Los cambios que se produjeron son reales, pero las estructuras que hacen que el sistema funcione como funciona siguen siendo las que eran, porque esas estructuras no están en los procedimientos que se pueden cambiar con una directiva, están en las relaciones, en los intereses, en la cultura de una institución que lleva décadas operando de cierta manera y que tiene una memoria institucional que es mucho más larga y más resistente que la memoria de cualquier reformador individual.
Francisco lo comprendió tarde. Cuando comprendió la magnitud de lo que tenía que cambiar para que el cambio fuera real, el tiempo que le quedaba de pontificado ya no era suficiente para producirlo. León XIV tiene una ventaja que Francisco no tenía. llegó más joven. Llegó con la experiencia específica de haber gestionado uno de los organismos de control más sensibles del Vaticano y llegó sin las deudas acumuladas con el sistema que los papas que vienen de la curia suelen tener cuando llegan al pontificado.
Pero la ventaja no garantiza el resultado. Las instituciones son más fuertes que los individuos, siempre lo fueron. Y el IOR ha sobrevivido a más reformadores de los que ninguno de nosotros puede recordar. Hay algo más que quiero decirles sobre el informe de ayer antes de contarles lo que viene. El informe menciona un número que me parece especialmente significativo, 35 intercambios de información con unidades de inteligencia financiera extranjeras.
El Vaticano comparte información con los sistemas de inteligencia financiera de otros países. Eso es nuevo. Hace 20 años era impensable. significa que hay dinero que entra o sale del IOR, que está siendo examinado en cooperación con autoridades que no son vaticanas. ¿Por qué importa ese número? Porque es la señal de que la presión internacional está funcionando, que el Vaticano ya no puede operar en el aislamiento total que caracterizó décadas de historia del IOR, que hay actores externos con acceso a información que antes nunca tuvieron.
Pero también importa porque hace la pregunta obvia, si hay 35 intercambios de información con inteligencias financieras extranjeras y aún así hubo 78 operaciones sospechosas en el año, ¿qué están haciendo exactamente esas unidades de inteligencia con la información que reciben? ¿Están investigando? ¿Están produciendo consecuencias? o los intercambios de información son otro elemento del teatro de la transparencia que permite a todos decir que están cooperando sin que esa cooperación produzca resultados que cambien la naturaleza del problema. Esas
son las preguntas que León XIV tiene que hacerse y que nosotros tenemos derecho a hacernos también. Quiero salir de los análisis institucionales por un momento. Quiero salir de los números, de los informes, de las estructuras de resistencia y de los mecanismos de supervisión. Quiero bajar a algo más humano, a la pregunta que debería ser el centro de toda esta discusión y que raramente aparecen los análisis sobre el IOR, porque los análisis sobre el IOR tienden a tratarlo como un problema financiero, cuando en realidad es un
problema pastoral. Los 7,000 millones de euros que el IOR custodia no son dinero abstracto, no son una cifra en un balance, no son un activo en una hoja de cálculo. Son la suma de decisiones humanas concretas tomadas por personas concretas que en algún momento de su vida eligieron que una parte de lo que tenían debía ir a algo más grande que ellos.
Son el dinero de las hermanas de una congregación religiosa pequeña en México, que durante 40 años acumularon centavo a centavo los fondos que les permitían sostener la escuela en la que enseñaban, porque el Estado no llegaba y alguien tenía que llegar. Son el dinero de los misioneros en el Congo que enviaron sus ahorros al IOR porque era el banco de la iglesia y confiaban en que el banco de la iglesia era el lugar más seguro donde ese dinero podía estar.
son el dinero de las diócesis de América Latina que trasladaron sus reservas al IOR porque sus propios sistemas bancarios nacionales eran menos estables y el Banco del Vaticano parecía una garantía de permanencia. Y son, en última instancia, el dinero que viene de las colectas de las parroquias, que viene de los sobres marcados, que viene de la decisión de millones de personas ordinarias de que una parte de lo poco que tienen puede ser la diferencia entre que una obra de la iglesia funcione o no funcione. Cuando el IOR genera 78
operaciones sospechosas en un año, ese dinero está involucrado en esas sospechas. todo, quizás no la mayoría, pero es imposible saber cuánto sin una transparencia que el IOR todavía no tiene en el nivel que haría posible responder esa pregunta con certeza. Déjenme contarles algo que me ocurrió hace muchos años en una parroquia que está muy lejos de los 7,000 millones de euros del IOR.
Era un domingo ordinario, misa de las 11, parroquia pequeña en un barrio de clase trabajadora. El tipo de misa donde la gente viene con la ropa que tienen, no con la que guardan para las ocasiones especiales. El tipo de parroquia donde el cura conoce los nombres de los que vienen regularmente y también conoce las historias que hay detrás de esos nombres.
En esa misa pasaba la colecta un señor mayor que llevaba 20 años haciéndolo. No era diácono, no era lector, era alguien que en algún momento se ofreció voluntario para pasar el sexto y que siguió haciéndolo domingo tras domingo durante dos décadas. Ese domingo, mientras el sexto pasaba, me fijé en una mujer en el banco de la tercera fila, doña Esperanza.
La llamaré, porque tenía algo en la cara que correspondía exactamente a ese nombre. una mujer mayor, manos que habían trabajado mucho durante muchos años, ropa limpia y cuidada, pero claramente no nueva. El tipo de persona que uno sabe que cuando llega el final del mes, la diferencia entre lo que entra y lo que sale es pequeña. La vi meter la mano en el bolso, sacar el sobre, mirarlo un momento y ponerlo en el cesto con la naturalidad de quien lleva años haciendo exactamente ese mismo movimiento.
y para quien ese movimiento forma parte de un ritual que no requiere reflexión porque ya es parte de quién es. Después de la misa me acerqué a hablar con ella, no sobre el sobre, sobre cómo estaba, sobre su familia, sobre las cosas ordinarias de las que uno habla con los feligreses que conoce. En algún momento de esa conversación, ella me dijo algo que no fue una respuesta a ninguna pregunta que yo le hubiera hecho.
Lo dijo como si fuera algo que llevaba tiempo queriendo decir y que encontró el momento de decirlo. Padre, hay gente que me pregunta por qué sigo poniendo en la colecta cuando uno escucha las cosas que pasan con el dinero de la iglesia, con los que lo manejan. Me quedé en silencio esperando lo que venía. Yo les digo siempre lo mismo.
Yo no le doy a la institución, le doy a Dios. Lo que la institución haga con lo que yo le doy entre ella y él. Esa frase, hermanos, es al mismo tiempo la respuesta más honesta y más perturbadora que he escuchado sobre la relación entre los fieles y el dinero de la Iglesia. Honesta porque refleja exactamente la posición teológica correcta.
La fe no depende de la perfección de la institución que la vehicula. Uno puede dar con fe genuina, aunque lo que recibe la institución no sea gestionado con la misma genuinidad con que fue entregado. Perturbadora, porque en la práctica esa posición teológica es exactamente lo que permite que el sistema funcione como funciona. La convicción de que el dinero que se da a Dios ya no es asunto de quien lo dio, libera al que lo recibe de la rendición de cuentas que normalmente se exige a cualquier otro receptor de fondos en cualquier otro contexto de la vida. Si
le das dinero a una organización civil, puedes pedir que te expliquen qué hicieron con él. Si le das dinero a un gobierno, hay mecanismos de control democrático que en teoría garantizan que el gasto público sea fiscalizable. Si le das dinero a una empresa, hay estados financieros, auditores externos, accionistas con derecho a información.
Si le das dinero a la iglesia y la cultura dice que pedir cuentas es una falta de fe, el que recibe el dinero opera en un espacio de rendición de cuentas que no existe en ningún otro ámbito de la vida social. Eso, hermanos, es lo que hace posible que el banco de la iglesia lleve décadas siendo lo que ha sido.
No la malicia de los que lo gestionan, aunque hubo de eso también la cultura de la fe que no pregunta. Mi abuela Consuelo ponía en la colecta con la misma regularidad y la misma convicción que doña Esperanza cada domingo con lo que había, sin preguntarse a dónde iba exactamente, porque para ella esa pregunta habría sido casi una falta de fe.
Habría sido confundir la confianza en Dios con la desconfianza en los que actúan en su nombre. Y yo quiero a mi abuela Consuelo y quiero a doña Esperanza y creo en la genuinidad de la fe que las llegó a poner lo que pusieron sin preguntar. Pero hay algo que quiero decirles con toda la claridad de la que soy capaz. La fe que no pregunta no protege el dinero que da.
La confianza que opera sin información no garantiza que lo en lo que confía merezca esa confianza. Y la piedad que convierte el silencio en una virtud y la pregunta en una sospecha de poca fe hace exactamente lo que el sistema de opacidad del IOR necesita que hagamos para seguir funcionando como ha funcionado.
Doña Esperanza tiene razón en el sentido teológico. Su acto de dar es su relación con Dios y nadie puede quitarle eso. Pero en el sentido práctico, en el sentido de lo que ocurre con su sobre después de que sale de sus manos, la institución que recibe lo que ella dio tiene una responsabilidad concreta hacia ella, una responsabilidad que 78 operaciones sospechosas al año sugieren que no siempre está siendo cumplida con la seriedad que merece.
León XIV lo sabe, por eso el informe de ayer no es para él una buena noticia, aunque el Vaticano lo presente como tal. es la descripción del tamaño del problema que tiene que resolver. Y es también el recordatorio de que las personas que ponen el sobre, las que son el origen último de los 7,000 millones que el IOR custodia, merecen algo mejor de la institución a la que confían lo que confían.
Hay algo más que necesito decirles sobre el dinero de los fieles y sobre cómo llega al IOR, porque hay una imagen que circula en los medios sobre el IOR, que lo presenta como un banco de cardenales y de élites eclesiásticas, un lugar donde el dinero de los poderosos de la Iglesia opera con reglas propias y que en consecuencia lo aleja de la vida cotidiana de los fieles ordinarios.
Esa imagen es parcialmente correcta, pero oculta algo importante. El IOR no tiene solo cuentas de cardenales, tiene las cuentas de las 5200 instituciones católicas que depositaron en él sus fondos. Esas instituciones incluyen congregaciones religiosas pequeñas que trabajan en comunidades pobres y que pusieron en el Banco del Vaticano los ahorros de décadas de trabajo porque les dijeron que era el lugar más seguro.

Incluyen misiones en África y en Asia que tienen sus fondos operativos en el IOR porque es el banco que les ofrece la institución central de la Iglesia. incluyen obras de caridad que reciben donaciones de fieles de todo el mundo y que las depositan en el IOR, creyendo que están en el lugar correcto. El dinero de esas instituciones es el dinero de la base, el dinero que viene de las colectas, el dinero que viene de los que dan aunque no les sobre, el dinero que doña Esperanza pone en el sobre sabiendo que va a algún lugar que
ella no puede ver, pero que confía que es bueno. Ese dinero está en el banco que ayer publicó un informe con 78 operaciones sospechosas y dijo que todo funciona bien. Esa es la realidad que hay que decir en voz alta porque raramente se dice. Llegamos al momento del que más me importa hablarles esta noche.
No la historia, no el análisis institucional, el presente, lo que está pasando ahora y lo que puede pasar en los próximos meses y años si las decisiones correctas se toman en el momento correcto por la persona correcta. León XIV tiene un expediente sobre el IOR que ningún papa anterior tuvo exactamente de esta manera, no porque no hubiera información disponible antes, sino porque León XIV llegó al pontificado habiendo presidido el organismo que por definición tiene acceso al tipo de información sobre las instituciones vaticanas que normalmente
no sale de los archivos del dicasterio que la produjo, porque lleva meses con ese expediente sobre la mesa junto con todos los demás expedientes que hemos hemos discutido en este canal y porque llegó sin las deudas acumuladas con el sistema que históricamente frenaron las reformas de los papas que vinieron antes.
¿Qué contiene ese expediente sobre el IOR? Contiene lo que acabamos de describir, la historia de Calvi y Marsincus, los 241 millones de reconocimiento moral, la condena de Caloya, las 20,000 cuentas opacas de 2009, las reformas de Francisco y sus límites y el informe de ayer, 78 operaciones sospechosas, 16 casos a la fiscalía, 522,000 € de transacciones suspendidas, pero contiene también algo que los informes públicos no muestran directamente el conocimiento de qué hay detrás de esas 78 operaciones sospechosas, no en términos de los casos
específicos que son confidenciales, sino en términos de los patrones, de los tipos de movimientos que generan sospechas, de los actores que aparecen de manera recurrente, de las redes que siguen funcionando, aunque la forma que toman hoy sea diferente a la que tenían en 1982. Ese conocimiento es lo que hace que la posición de León XIV sea cualitativamente diferente a la de sus predecesores.
No tiene que descubrir el problema, sabe dónde está, sabe qué forma tiene y sabe también qué tipo de resistencia va a encontrar cuando intente resolverlo. La primera opción que León XIV tiene con el IOR es la que elegirían la mayoría de los líderes de instituciones con problemas históricos profundos y con suficientes resistencias internas para hacer que cualquier reforma sea costosa.
Seguir el camino de la gestión cosmética. Continuar publicando informes anuales que muestran transparencia sin resolver las estructuras que producen la falta de transparencia. Continuar nombrando personas con buenas intenciones a posiciones que el sistema sabe cómo neutralizar antes de que produzcan los cambios que amenazarían los intereses establecidos.
Continuar usando el lenguaje de la reforma sin cambiar las condiciones que hacen que la reforma sea imposible. Esta opción tiene ventajas reales desde el punto de vista de la gestión institucional de corto plazo. Genera menos resistencia interna. permite presentar ante el mundo una imagen de institución que se toma el problema en serio.
No amenaza de manera directa los intereses de los actores que se benefician de las condiciones actuales y que tienen la capacidad de hacer la vida muy difícil a cualquier papa que los amenace de manera directa. El problema con esta opción es que ya se intentó durante 30 años. Las reformas de Benedicto XV, que creó la Asif, las reformas de Francisco, que cerró cuentas y contrató auditores externos, todas produjeron mejoras reales y verificables, y ninguna cambió la naturaleza del problema de manera fundamental. Si León XIV elige este
camino, el informe del año que viene tendrá 70 operaciones sospechosas o 75 y el año siguiente quizás 72. y el año siguiente el sistema tendrá otro número que el Vaticano presentará como evidencia de progreso. Y dentro de 10 años habrá un nuevo papa con un expediente sobre la mesa que será una versión actualizada del que tiene León XIV hoy.
La segunda opción es la que cambia el resultado, pero que tiene un costo que ningún papa anterior estuvo dispuesto a pagar en su totalidad. La reforma estructural real del IOR implica cambiar las condiciones que hacen que el banco sea lo que es. No las prácticas, las condiciones. Implica aceptar alguna forma de supervisión externa genuina que vaya más allá de los foros de cooperación voluntaria en los que el Vaticano participa.
Que haya un mecanismo con capacidad real IOR hace con el dinero que administra. No de manera que viole la soberanía vaticana, que eso produciría una crisis institucional que no serviría a nadie, sino de la manera en que los sistemas de supervisión externa modernos funcionan en las jurisdicciones que tomaron en serio la necesidad de transparencia financiera.
Implica revisar quiénes tienen cuentas en el IOR y por qué. Establecer criterios reales de acceso que sean verificables y que incluyan mecanismos de salida para las cuentas que no los cumplen. Implica que los fondos de las congregaciones religiosas que están en el IOR sean gestionados con el nivel de transparencia que les exigen a sus propias congregaciones cuando estas rinden cuentas ante la Santa Sede.
Si la Iglesia exige transparencia a las instituciones que dependen de ella, la institución que administra los fondos de esas mismas instituciones debería ser objeto de exactamente el mismo nivel de escrutinio y implica, sobre todo, aceptar que la soberanía vaticana no puede seguir siendo el argumento que bloquea cualquier forma de rendición de cuentas sobre lo que ocurre con el dinero que la Iglesia recibe de sus fieles y de sus instituciones.
Eso, hermanos, es lo que enfrentaría una resistencia real, no porque los que se resisten sean necesariamente malos, sino porque los intereses que defienden son reales, aunque no sean legítimos en todos los casos. La tercera opción no es una opción en el sentido ordinario, es la condición de posibilidad de cualquiera de las dos anteriores.
Y es lo que León XIV tiene que decidir antes de poder elegir cuál de las dos primeras es la que va a intentar. tiene que decidir cuánto cuesta la reforma que está dispuesto a intentar y si está dispuesto a pagar ese costo. El costo no es solo político, no es solo el costo de enfrentar resistencias internas y de gestionar las fricciones que cualquier reforma produce dentro de una institución como el Vaticano.
Es también el costo pastoral, el costo de decirle a los fieles que el banco de su iglesia ha tenido durante décadas problemas que las reformas anteriores no resolvieron completamente. El costo de la honestidad que implica admitir que la transparencia que el Vaticano ha estado presentando como señal de salud es, en realidad la descripción de un problema que requiere más que informes anuales para resolverse.
Eso es difícil de decir desde el altar más alto de la iglesia, pero es necesario decirlo si la alternativa es seguir presentando 78 operaciones sospechosas como evidencia de que todo está bien. León XIV tiene algo que sus predecesores no tenían, el informe de ayer, el que el propio Vaticano publicó, que contiene los números, que describe la situación con la precisión que permite el lenguaje técnico de la supervisión financiera, que es imposible de desmentir porque fue la propia institución la que lo produjo.
Ese informe puede ser el instrumento de la reforma que sea, puede usarse para justificar la continuidad cosmética o puede usarse para justificar el cambio estructural. Depende de quién lo lea y de cómo decida leerlo. León de 14 lo está leyendo ahora mismo. Hay una señal concreta que les pido que observen en los próximos meses y que va a decirles más sobre la dirección real que toma León XIV con el IOR, que cualquier discurso o comunicado que el Vaticano pueda publicar.
El cargo de presidente del IOR, Jean Baptist de Fran que ocupaba el cargo desde 2014, cuya salida estaba prevista para finales de 2025. La designación de quien lo reemplace es la decisión que más claramente indica la dirección que León XIV está tomando. Si el nuevo presidente viene del mundo financiero externo con experiencia real en cumplimiento normativo internacional, en supervisión de instituciones financieras y en sistemas de prevención del blanqueo de capitales que funcionan en las jurisdicciones más exigentes del mundo, la señal es inequívoca. León XIV
quiere que el IOR se parezca más a un banco que rinde cuentas y menos a una institución soberana que opera con reglas propias. Si el nuevo presidente viene del mundo interno vaticano o es alguien cuya experiencia principal es la gestión de las relaciones dentro de la curia, la señal también es inequívoca. Pero en la dirección contraria, ese nombramiento no requiere conferencia de prensa, no requiere discurso.
Habla por sí solo con una claridad que el lenguaje institucional raramente produce. Hay que observarlo cuando llegue y hay que leerlo correctamente. Hay una pregunta que esta historia me produce cada vez que la pienso. Una pregunta que no tiene nada que ver con el IOR, ni con la Asif ni con los 35 intercambios de información con unidades de inteligencia extranjeras. tiene que ver con nosotros.
Le exigimos a la iglesia lo que no nos exigimos a nosotros mismos. Llevamos un buen rato hablando del IOR y de su falta de transparencia, de los escándalos históricos, de los reformadores que llegaron y no pudieron cambiar lo suficiente, de León XIV y de las opciones que tiene, de la resistencia del sistema.
Y todo eso es real y es importante y merece el análisis que le hemos dado. Pero hay algo que pocas veces aparece en las discusiones sobre el IOR y que padre Samuel considera que es el corazón del problema, no el corazón institucional, el corazón cultural. El IOR opera con opacidad porque ha podido hacerlo. Ha podido hacerlo en parte porque la cultura dentro de la iglesia ha convertido la pregunta sobre el dinero en algo que se percibe como una falta de fe o de confianza.
Preguntar a dónde va la colecta de tu parroquia te convierte en alguien que desconfía del párroco. Pedir que te expliquen el presupuesto de tu diócesis te convierte en alguien con actitud problemática. Exigir transparencia sobre los fondos de tu congregación te convierte en alguien que no entiende que hay cosas que no se preguntan en la iglesia.
Esa cultura es la que permite que el sistema de opacidad funcione. Porque un sistema que no tiene fieles que pidan cuentas no necesita rendir cuentas. Y un banco que no tiene propietarios que exijan información puede presentar 78 operaciones sospechosas como evidencia de que todo va bien. ¿Cuántos de ustedes han preguntado alguna vez a dónde va exactamente el dinero de la colecta de su parroquia? ¿Cuántos han preguntado si su diócesis publica estados financieros y dónde pueden encontrarlos? ¿Cuántos han pedido que les expliquen qué
hicieron con la donación que hicieron para un proyecto específico? No lo pregunto para generar desconfianza. Lo pregunto porque la transparencia que León XIV necesita implementar en el IOR empieza en nosotros, en que dejemos de creer que pedir cuentas a la institución religiosa es una traición, en que entendamos que la fe genuina no requiere ignorancia, sino confianza informada, en que comprendamos que la Iglesia que merece nuestra devoción y nuestro dinero es la que puede mostrar con honestidad lo que hace con lo que le damos.
El problema no es solo Roberto Calvi colgado en el puente de los frailes negros. El problema es que Roberto Calvi pudo hacer lo que hizo durante años sin que nadie con la autoridad suficiente hiciera las preguntas que habrían revelado lo que estaba pasando. Y esa ausencia de preguntas no fue solo culpa del sistema, fue también culpa de la cultura que convirtió las preguntas en sospechas.
Hay algo más que quiero decirles antes de la oración. algo que tiene que ver con mi propia experiencia y con lo que aprendí sobre la relación entre el dinero y la fe durante años de ministerio. Estuve en parroquias donde el dinero de la colecta era gestionado con la transparencia que cualquier institución seria debería tener, donde el párroco publicaba los estados de cuenta en el boletín semanal, donde había una comisión de fieles con acceso a la información financiera, donde si alguien tenía una pregunta sobre a dónde había ido un fondo específico, podía
hacer esa pregunta y recibir una respuesta documentada. Esas parroquias, hermanos, no tenían menos fe que las otras. tenían más confianza porque la confianza que se construye sobre la transparencia es más sólida y más duradera que la confianza que se construye sobre el silencio conveniente. La gente daba más en esas parroquias que en muchas otras donde nadie pedía cuentas porque la gente daba sabiendo que lo que daba iba a donde decían que iba.
Esa es la iglesia que es posible, la que León XIV puede construir si toma las decisiones correctas con el IOR, la que permite que doña Esperanza ponga su sobre sin tener que decirse que lo que ocurra con él ya no es asunto suyo. La que le permite mirar a los ojos al párroco que le pasa el sexto y saber con certeza razonable que lo que pone va a donde dice que va.
No una iglesia perfecta, ninguna institución humana lo es, pero una iglesia honesta sobre sus imperfecciones, una que cuando hay 78 operaciones sospechosas en su banco, no las presenta como evidencia de que el sistema funciona, sino como el recordatorio de que hay trabajo pendiente y de que ese trabajo es urgente.
Esa distinción entre honestidad sobre la imperfección y presentación de la imperfección como evidencia de salud es la distinción más importante que León XIV puede hacer en este momento sobre el IOR. Y el informe de ayer le da exactamente los argumentos que necesita para hacerla. Antes de la oración, déjenme decirles algo sobre lo que espero en los próximos meses.
Espero que León XIV use el informe de ayer, no como lo que el Vaticano presentó, una señal de que el sistema funciona, sino como lo que realmente es el punto de partida de una conversación honesta sobre qué nivel de transparencia financiera es compatible con la misión de la Iglesia en el siglo XXI. Espero que el nombramiento del nuevo presidente del IOR sea la señal que necesitamos para saber qué dirección real está tomando ese papa que meses atrás llevaba en el bolsillo la foto de un niño libanés como recordatorio de para qué existe el poder
que tiene. Espero que los fieles que ponen su sobre cada domingo empiecen a hacer las preguntas que doña Esperanza no se hacía. No para dejar de dar, para dar con la información que merece tener quien confía su dinero a una institución. Y espero que León XIV, que llegó sin compromisos con el sistema que heredó, use exactamente esa ausencia de compromisos para hacer lo que sus predecesores no pudieron hacer completamente.
No porque sea fácil, sino porque es necesario y porque las personas que pusieron sus centavos en el sobre confían en que hay alguien en Roma que entiende que ese sobre merece algo mejor que 78 operaciones sospechosas al año. Ahora les pido que pongan las manos sobre el pecho, que cierren los ojos los que puedan, que se queden un momento en silencio antes de que empecemos a orar.
El mismo tipo de silencio que se produce cuando uno comprende la magnitud de algo que lleva décadas ocurriendo y que nunca se miró directamente con los ojos que merece. Señor, Dios de la justicia y de la misericordia, que conoces cada transacción que ha pasado por el banco que lleva tu nombre desde el día en que fue fundado, que sabes lo que hay detrás de cada uno de los 78 reportes del informe de ayer y de los cientos que vinieron en los años anteriores.
Hoy venimos ante ti con el peso de lo que sabemos y con la esperanza de lo que podría ser diferente. Te pedimos por León XIV, por el hombre que tiene sobre su escritorio el expediente completo de lo que el Banco del Vaticano ha sido y de lo que necesita ser para merecer el nombre que lleva.
Que la lectura de ese expediente no le produzca parálisis, sino claridad. Que la resistencia que va a encontrar cuando intente producir cambios reales no lo desvíe hacia el camino fácil de la reforma cosmética. que el nombramiento que haga sobre el IOR en los próximos meses sea el nombramiento de alguien que entiende que la transparencia no es una amenaza para la misión de la Iglesia, sino la condición de que esa misión sea creíble.
Te pedimos por los que trabajaron dentro del sistema y que eligieron callarse porque el sistema los necesitaba callados, por los que vieron cosas que no deberían haber visto y que se preguntaron durante años si lo que habían visto era tan grave como parecía o si la lealtad institucional justificaba el silencio.
Que encuentren en lo que está ocurriendo ahora la señal de que ya no es necesario seguir callando. Te pedimos por las congregaciones religiosas y las instituciones que tienen sus fondos en el IOR. Por las hermanas que acumularon durante décadas el dinero de su trabajo y que lo confiaron al banco de la iglesia, esperando que estuviera en el lugar más seguro posible, por las misiones que dependen de que esos fondos estén disponibles cuando los necesitan.
por todas las obras que la Iglesia sostiene con ese dinero y que merecen que el banco que lo administra lo haga con la honestidad que ellas practican en su propio trabajo. Te pedimos por doña Esperanza y por todos los que ponen el sobre cada domingo sin preguntar a dónde va.
Que la confianza que ejercen sea correspondida. Que la institución a la que confían lo que confían decida que merece esa confianza, siendo honesta sobre sus problemas en lugar de presentarlos como evidencias de salud. Y Señor, te pedimos por nosotros, por los que aprendimos a no hacer preguntas, porque la cultura de nuestra fe nos enseñó que preguntar es desconfiar.
que aprendamos la diferencia entre la fe que no necesita pruebas y la ingenuidad que no exige responsabilidades. Que entendamos que pedir cuentas a la institución que administra el dinero de la iglesia no es una falta de fe. Es la expresión de que tomamos en serio que ese dinero tiene un destino sagrado que merece ser cumplido con la honestidad que el destino sagrado de cualquier cosa requiere.
Que el Banco del Vaticano llegue a ser lo que su nombre promete. No la institución más opaca del sistema financiero internacional. El banco que puede mostrar con orgullo que hace con el dinero de los que confiaron en él. Rezen conmigo. No por ellos, por nosotros. Amén. Hermanos, antes de cerrar, el informe que el Vaticano publicó ayer va a circular durante unos días en los medios y va a desaparecer.
Así funciona el ciclo de noticias. Los datos de supervisión financiera de organismos vaticanos no tienen la permanencia mediática de los escándalos de los cardenales o de las declaraciones polémicas del Papa en un avión. Pero lo que ese informe dice no desaparece con el ciclo de noticias, sigue estando ahí en el banco de la iglesia, en los estados financieros de las congregaciones que tienen sus cuentas en el IOR, en las decisiones que León XIV va a tener que tomar en los próximos meses sobre cómo gestionar la
institución que heredó. Voy a seguir mirando de cerca esas decisiones porque el nombramiento del presidente del IOR cuando llegue va a decir más sobre este pontificado de lo que muchos de los titulares que llevamos meses siguiendo. Si este video llegó hasta ustedes, compártanlo con alguien que ponga el sobre cada domingo y que merece saber qué pasa con lo que da, con alguien que trabaje en una institución religiosa y que tenga sus fondos en el banco de la iglesia.
con alguien que crea que la transparencia y la fe no son incompatibles, sino que se necesitan mutuamente. Escriban amén en los comentarios si son parte de esta familia. Que Dios los bendiga y los proteja siempre. Los quiero, familia.