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EXPULSÓ A UN ANCIANO CIEGO DE LA MISA POR SU ROPA ROTA… Y EL ALTAR TEMBLÓ EN SILENCIO

…Porque necesitamos mantenernos unidos, hermanos. Necesitamos recordar que Cristo no vino a los sanos. sino a los enfermos, no a los perfectos, sino a los quebrantados. El organista comenzó a tocar el canto de entrada. Los feligreses se pusieron de pie, abrieron sus cancioneros y empezaron a cantar sobre el amor de Dios.

Sus voces llenaban el templo hermoso con sus bancas de cedro recién enceradas, sus vitrales que filtraban rayos de colores, su altar de cantera rosa que sostenía un cristo de tamaño natural con una corona de espinas tan detallada que se podían contar cada una de las púas. Todo dispuesto para la gloria, para la celebración, para demostrarle al obispo que vendría en dos horas que la parroquia del Sagrado Corazón era una joya en el corazón de la diócesis.

Mateo no cantó. Se quedó parado al lado del altar con la cabeza baja, mientras las palabras del canto le sonaban huecas, vacías, como monedas falsas, tintineando en una alcancía rota. Sentía náuseas. Había visto sufrir a un hombre inocente y no había hecho nada, absolutamente nada, porque era un cobarde, porque había elegido su trabajo, su seguridad, su comodidad, por encima de la dignidad de un anciano ciego que solo quería rezar.

Afuera, en el atrio, don Elías se había detenido junto a una jardinera llena de geráneos rojos. Temblaba tanto que no podía dar un paso más. se aferró al bastón con las dos manos, inclinó la cabeza y lloró. Lloró como no había llorado desde el día que enterraron a su esposa Magdalena hacía ya 8 años. Lloró por la humillación, por la injusticia, por el rechazo, pero sobre todo lloró porque el único lugar donde se sentía en casa le había cerrado la puerta en la cara.

Una voz suave de mujer joven lo sobresaltó. Señor, ¿se encuentra bien? Don Elías levantó la cabeza limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Sí, niña, estoy bien. Solo me perdí. ¿Necesita que lo lleve a algún lado? Mi carro está aquí cerca. Por un momento, don Elías consideró aceptar, pero luego negó con la cabeza.

No quería que nadie lo viera así. No quería hacer una carga. No quería nada más que desaparecer. esconderse, dejar de existir para no seguir sintiendo este dolor que le desgarraba el pecho. No, gracias. Ya me voy a mi casa. Gracias por su bondad. La mujer se quedó ahí un momento más, como si quisiera decir algo, pero al final solo murmuró que Dios lo bendijera y se fue.

Don Elías esperó hasta que los pasos se alejaron. Luego comenzó a caminar tanteando con el bastón, pero no hacia su casa. No todavía no podía. Necesitaba un lugar donde esconderse, donde llorar sin que nadie lo viera, donde procesar este dolor sin tener que fingir que estaba bien. Conocía la iglesia de memoria. Había ayudado a repararla hacía muchos años cuando todavía veía.

Dio la vuelta a la manzana contando los pasos mentalmente. 42 hasta la esquina. Giro a la derecha. 30 pasos más. Ahí estaba la reja baja que daba al callejón trasero, donde sacaban la basura y donde estaba la entrada al campanario. Tanteó hasta encontrar el pestillo, lo levantó y entró. El olor a humedad y deshechos le golpeó la nariz.

Caminó pegado a la pared hasta que sus dedos encontraron el marco de la puerta de madera. la empujó, se abrió con un chirrido largo, subió la escalera de piedra despacio, aferrándose al pas a manos de hierro oxidado. Sus piernas temblaban del esfuerzo y la emoción, pero siguió. Contó 53 escalones antes de llegar a una puerta pequeña.

La empujó y entró al cuarto de herramientas del campanario. Un espacio diminuto y frío que olía a polvo viejo y metal olvidado. Se dejó caer en el suelo de cemento con la espalda contra la pared. A su lado había algo grande y metálico. Extendió la mano y tocó la superficie fría. Era uno de los campanarios viejos, un campanario de bronce que se había rajado hacía años y que nadie se había molestado en reparar o sacar de ahí.

Estaba cubierto de polvo, de telarañas, de olvido, igual que él. Don Elías abrazó el campanario roto y lloró. Lloró hasta que ya no le quedaron lágrimas. Lloró hasta que su garganta se cerró y sus soyosos se convirtieron en jadeos secos. apretó el bronce frío con las manos, sintiendo como el polvo se le metía bajo las uñas, como el metal le entumecía los dedos.

¿Por qué, Señor? ¿Por qué me castigas así? ¿Qué hice para merecer esto? Yo te amo. Yo te he sido fiel. Vengo a tu casa porque es el único lugar donde siento tu presencia. Y ahora me corren como si fuera un perro. Por ser pobre, por estar roto, no hubo respuesta. Solo el silencio pesado del cuarto olvidado y a lo lejos el sonido amortiguado del órgano tocando dentro de la iglesia.

Don Elías se quedó ahí durante toda la misa. No se movió, no rezó más, solo se quedó sentado en el piso, abrazado al campanario roto, como si fuera lo último que le quedaba en el mundo, sintiendo como el frío de marzo se le metía hasta los huesos a través de su camisa rasgada y su pantalón desilachado. Mientras tanto, abajo en la iglesia, la misa continuaba como si no hubiera pasado nada terrible.

El padre Anselmo leyó el evangelio con voz clara y potente, gesticulando con las manos de manera calculada para enfatizar las palabras importantes. Habló sobre la caridad, sobre el amor al prójimo, sobre cómo Cristo nos llamaba a ser luz en la oscuridad y lo hizo con tanta convicción, con tanta pasión fingida, que varios feligreses sintieron lágrimas en los ojos.

Mateo lo escuchaba desde su lugar junto al altar y cada palabra era como un clavo oxidado clavándose en su conciencia. Miraba al Padre hablar de amor mientras todavía podía ver la imagen de don Elías tropezando entre las bancas, llorando, humillado. El padre Anselmo tenía 52 años, pero parecía de 40. Se cuidaba. Hacía ejercicio en un gimnasio privado tres veces por semana.

Comía bien, muy bien, en los mejores restaurantes del centro, donde los empresarios católicos lo invitaban para quedar bien con Dios. Su cabello plateado estaba cortado con precisión quirúrgica, peinado hacia atrás, sin un solo pelo fuera de lugar. Sus manos eran suaves, las uñas arregladas y brillantes.

Usaba una loción cara que olía a madera de cedro y especias exóticas, y sus ojos del color del ámbar oscuro no tenían ni una pisca de la compasión que uno esperaría encontrar en un hombre de Dios. Cuando llegó el momento de la comunión, Mateo ayudó a distribuir las hostias consagradas. vio desfilar a los mismos feligres que habían presenciado la expulsión de don Elías.

vio sus lenguas extendidas, sus ojos cerrados en falsa devoción, sus manos juntas en oración y sintió una rabia sorda creciéndole en el pecho. Doña Remedio se acercó con su mantilla negra perfectamente colocada y sus labios pintados de un rosa pálido. era la dueña de la papelería de enfrente. Una mujer que todas las mañanas barría la entrada de su negocio y todas las tardes contaba sus ganancias con dedos ágiles manchados de tinta, el cuerpo de Cristo.

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