Marlenió 4 horas sentada en una silla de plástico en la sala de espera del búnker de la fiscalía. Cuando finalmente la atendieron, un fiscal joven con corboja floja y ojeras le dijo que sí, que iban a investigar, que iban a hacer lo posible. Le asignaron un número de caso, le dijeron que estuviera pendiente de las citaciones.
Marleni salió de ahí con un papel en la mano y un hueco en el pecho. Pasaron los días, pasaron las semanas, pasaron los meses. Nadie la llamó, nadie le dio noticias. Cuando ella llamaba a la fiscalía para preguntar por el caso, le decían que el fiscal estaba ocupado, que dejara un mensaje, que la llamarían después.
Nunca la llamaron. Marleni volvió tres veces más a la fiscalía. En la tercera vez le dijeron la verdad. El caso estaba estancado. Los tres sicarios eran conocidos, sí, pero nadie en el barrio quería declarar contra ellos. Los testigos tenían miedo. La muchacha que sobrevivió no quiso hablar. Sin testimonios sólidos no había orden de captura.
Sin orden de captura no había operativo. El expediente seguía en un escritorio debajo de una pila de otros expedientes iguales. Casos de madres que habían perdido hijos, casos de hijas desaparecidas, casos de familias destrozadas por la violencia. Todos esperando justicia que nunca llegaba. Marleni entendió en ese momento que el Estado no iba a hacer nada, que Daniela era solo un número más en las estadísticas de Medellín, que los tres sicarios seguirían cobrando vacuna, vendiendo droga, violando muchachas, matando gente y que nadie los iba a
tocar. En noviembre de 2021, Marleni recibió un mensaje de WhatsApp en su celular. era de un número desconocido. El mensaje decía, “Quédese callada o le pasa lo mismo, vieja HP.” Adjunto, venía una foto de la fachada de su edificio en las independencias. Marleni respondió, borró el mensaje, fue a la Policía Nacional a poner la denuncia.
El agente que la atendió le dijo que no podían hacer mucho, que no tenían recursos para protegerla, que lo mejor era que se cambiara de barrio si tenía miedo. Marleni salió de la estación de policía caminando despacio. No tenía plata para cambiarse de barrio. No tenía a dónde ir y aunque tuviera no iba a huir.
Algo se estaba rompiendo dentro de ella, algo se estaba transformando. llegó a su apartamento esa noche, cerró la puerta con seguro, se sentó en la cama y miró la foto de Daniela que tenía en la mesa de noche tomó una decisión que cambiaría todo. Marleni dejó de llorar, dejó de ir a misa, quitó el altar de la Virgen del Carmen de la sala y guardó las estampitas en una caja.
dejó de rezar por justicia, dejó de esperar y empezó a planear porque Marleni Usuga tenía algo que nadie más tenía. Conocía las casas de los poderosos, conocía las rutinas de las familias que financiaban a la oficina, conocía los nombres de los sicarios que trabajaban para ellos y sabía que nadie sospecha de una empleada doméstica.
Durante 30 años había sido invisible y ahora iba a usar esa invisibilidad para hacer lo que el Estado no hacía. Iba a cobrar las cuentas pendientes, una por una, sin prisa, sin errores, sin dejar rastro. El primer nombre en la lista de Marleni era el mocho. Se llamaba Andrés Felipe Cardona. Tenía 24 años y trabajaba como cobrador de vacuna en el barrio Laureles.
Vivía con su mamá en un apartamento pequeño en el sector La América, a 20 minutos en bus desde las independencias. Marleny tardó tres semanas en conseguir la dirección exacta. Buscó en grupos de Facebook de empleadas domésticas de Medellín hasta que encontró un anuncio publicado por la mamá de El Mocho. Se necesita señora para oficios varios.
Dos veces por semana, pago semanal. Marleni llamó al número, habló con la señora, le dijo que tenía experiencia, que era seria, que podía empezar de inmediato. La señora le dijo que fuera el lunes a las 8 de la mañana. Marleni colgó. Guardó el número en su celular con el nombre Trabajo Nuevo. Esa noche revisó el cuaderno donde había escrito los tres nombres.
tachó las primeras tres letras del nombre de El Mocho con un marcador rojo. Todavía no lo eliminaba por completo, pero ya estaba dentro. El primer día de trabajo, Marleni llegó puntual. La mamá de El Mocho era una señora de unos 60 años, amable, que hablaba mucho. Le mostró la casa, dos cuartos pequeños, una sala con muebles viejos, una cocina estrecha con estufa de gas.
le explicó qué había que limpiar, cómo le gustaba que organizaran la ropa, dónde guardaba los productos de aseo. Marleni escuchaba en silencio, asentía con la cabeza, tomaba nota mental de todo. La señora le contó que vivía sola con su hijo, que el muchacho trabajaba en negocios, que a veces llegaba tarde, que no le gustaba que le preguntaran mucho.
Marleni preguntó nada, solo limpió. A eso de las 11 de la mañana, el mocho llegó al apartamento. Marleni lo vio entrar. Flaco, tatuajes en los brazos, cadena de oro gruesa en el cuello, gorra hacia atrás. No la saludó, ni siquiera la miró. Para él, Marleni era solo otra señora del aseo, invisible, intrascendente. Eso era exactamente lo que ella necesitaba.
Durante las siguientes tres semanas, Marleni trabajó en ese apartamento los lunes y jueves. Aprendió la rutina de el mocho. Llegaba tarde en las noches, dormía hasta el mediodía, se levantaba con sed, pedía jugo o agua fría. La mamá siempre le preparaba algo. Marleni empezó a ofrecerse para hacerlo. Toña, déjeme a mí que usted ya hizo mucho. La señora aceptaba encantada.
Marleni preparaba jugos de lulo, de mora, de guanábana. El mocho los tomaba sin mirar quién se los daba. Un jueves de septiembre de 2021, Marleni llegó al apartamento con una bolsa pequeña en el bolsillo del delantal. Adentro había una botellita de vidrio con un líquido transparente que había comprado tres días antes en una ferretería del centro de Medellín.
El producto era común, se usaba para eliminar plagas en cultivos. Nadie le preguntó para qué lo necesitaba. Nadie revisó su identificación, solo pagó en efectivo y salió con la bolsa en la mano. Ese día el mocho llegó al apartamento a las 12:30, pidió jugo. Marleni fue a la cocina, cerró la puerta, preparó jugo de lulo en una jarra de vidrio, puso hielo, vertió tres gotas del líquido de la botellita en un vaso alto, agregó el jugo encima.
revolvió con una cuchara, lavó la cuchara de inmediato, guardó la botellita en el bolsillo del delantal, salió de la cocina con el vaso en una bandeja, se lo entregó a el mocho. Él lo tomó en cuatro tragos largos, dejó el vaso vacío en la mesa. Marleni recogió el vaso, lo lavó con jabón tres veces, lo secó y lo guardó en el estante.
A las 4 de la tarde terminó su turno. se despidió de la señora, salió del apartamento, tomó el bus de regreso a las independencias, no miró atrás. Esa noche, a eso de las 10, el mocho empezó a sentirse mal. Vomitó. Tuvo convulsiones. Su mamá llamó a la ambulancia. Llegaron en 20 minutos. Lo encontraron muerto en su cama.
Causa inicial: paro cardíaco. Tenía 24 años. La autopsia no detectó nada extraño. Atribuyeron la muerte a posible consumo de droga adulterada. Nadie sospechó del jugo. Dos meses después de la muerte de El Mocho, en noviembre de 2021, Pipe murió en una fiesta en la comuna 10. Tenía 22 años. Era otro de los tres sicarios que habían violado y asesinado a Daniela.
Trabajaba vendiendo droga en la zona de Belén y cobrando vacuna en varios negocios del sector. La noche que murió estaba celebrando el cumpleaños de un amigo en una casa con terraza, música de reggaetón y botellas de aguardiente regadas por todas las mesas. Marleni no estaba en esa fiesta, pero había trabajado ahí tres días antes. Se había ofrecido como personal de apoyo a través de una empresa de eventos que contrataba señoras por días para servir en fiestas privadas.
La empresa nunca revisaba antecedentes, solo pedían cédula y disponibilidad. Marleni dijo que sí, que podía trabajar el sábado. Le pagaban 50,000 pesos por 6 horas de servicio. Ella aceptó. El día de la fiesta llegó temprano. Ayudó a organizar las mesas, a acomodar las sillas, a llenar las neveras con hielo. Nadie le prestaba atención.
Era solo otra señora con delantal negro sirviendo bandejas. Antes de que empezara la fiesta, Marleni entró a la cocina con una botella de aguardiente antioqueño que había comprado en una licorería de las independencias. Abrió la botella con cuidado, vertió el contenido de otra botellita pequeña que llevaba escondida en el bolsillo, cerró la botella, limpió el cuello con un trapo, la puso en la barra junto a las otras botellas.
Nadie vio nada, nadie sospechó. A las 10 de la noche terminó su turno y se fue. Dos horas después, Pipe empezó a convulsionar. Tres amigos que estaban con él también cayeron al piso. Solo Pipe murió. Los otros sobrevivieron con daños severos en el hígado. La policía llegó. Revisaron las botellas. Concluyeron que el aguardiente estaba adulterado.
Cerraron la licorería donde lo habían comprado. Arrestaron al dueño. Nadie buscó a las señoras que habían servido en la fiesta. En diciembre de 2021, Sejón murió en su propia casa. Tenía 26 años. Era el último de los tres sicarios que habían matado a Daniela. Vivía solo en un apartamento en la comuna 3. Marleni consiguió entrar como empleada.
temporal a través de una vecina del edificio que necesitaba ayuda con la limpieza de varios apartamentos. Marleni limpió el apartamento de Sejón un miércoles. Dejó una botella de gaseosa en la nevera, una botella que ella misma había llevado. Sejón la encontró al día siguiente, la abrió, la tomó, murió esa misma noche. Causa oficial, intoxicación.
Nadie investigó más. En las comunas empezaron a circular rumores. Tres sicarios de la oficina muertos en menos de 4 meses. Todos con síntomas similares. Todos jóvenes. Todos vinculados a la misma estructura criminal. Los noticieros locales empezaron a reportar las muertes. Un periodista de un canal regional hizo un informe especial.
Tres muertes sospechosas en Medellín. Guerra interna en la oficina. El comandante de la Policía Nacional en Medellín dio una rueda de prensa. Dijo que estaban investigando, que no descartaban ninguna hipótesis, que pedían colaboración de la ciudadanía, pero nadie llamó, nadie dijo nada. En los barrios la gente sabía que meterse en esos temas era meterse en problemas.
Marleni seguía con su vida, seguía trabajando en las casas del poblado, seguía tomando los buses a las 5 de la mañana, pero ahora tenía una lista más larga. Ya no solo iba por los que mataron a Daniela, ahora iba por toda la estructura, por los cobradores de vacuna, por los que vendían droga a los niños en las esquinas, por los que ponían las armas en las manos de los muchachos de 13 años, por los que financiaban todo desde las mansiones de él poblado.
Marleny regreso. En esos meses, Marleni encontró dos aliados silenciosos. El primero fue doña Rocío, una señora que vendía arepas en un puesto callejero de la comuna 13. Rocío había perdido un hijo 5 años atrás en un fuego cruzado entre bandas. Ella sabía lo que Marleni estaba haciendo. Nunca lo dijo en voz alta, pero le pasaba información.
¿Quién se movía por dónde? ¿Quién cobraba en qué negocios? ¿Quién hacía fiestas los fines de semana? Rocío le daba los datos mientras envolvía arepas en papel. Marleni pagaba, recibía la arepa y el dato y se iba. El segundo aliado fue Jonathan, un conductor de Uber de 32 años. Su hermana había sido secuestrada por extorsionadores 3 años atrás.
Nunca la encontraron. Jonathan transportaba a Marlini a ciertos lugares sin preguntar. Ella le pagaba en efectivo. Él no pedía explicaciones. Entre los tres tejieron una red invisible de dolor compartido y justicia propia. Entre enero y agosto de 2022, Marleni Usuga eliminó a siete hombres más, todos vinculados a la oficina de Envigado.
Todos con el mismo método, veneno mezclado en bebidas o comida que ella misma preparaba. Nunca usó armas, nunca dejó huellas físicas, nunca escribió mensajes ni dejó símbolos en las escenas, solo muerte silenciosa. Los casos empezaron a acumularse en las carpetas de la fiscalía y en los reportes de medicina legal. Siete hombres entre los 20 y 30 años.
Todos con antecedentes por extorsión, homicidio, tráfico de drogas, todos muertos por paros cardíacos súbitos o intoxicaciones inexplicables. Las autopsias mostraban daños en órganos internos, pero los análisis toxicológicos iniciales no detectaban sustancias ilegales comunes. Los forenses atribuían las muertes a consumo de drogas adulteradas o a problemas de salud preexistentes.
Nadie buscaba un patrón. Nadie pensaba en una asesina serial, mucho menos en una empleada doméstica de 52 años. Marleni trabajaba con paciencia. Estudiaba sus objetivos durante semanas antes de actuar. Averiguaba dónde vivían, con quién andaban, qué tomaban, dónde comían. Conseguía trabajos temporales en las casas de sus familias o en los lugares donde ellos frecuentaban. Nadie sospechaba.
Las empleadas domésticas son invisibles. Entran a las casas, limpian, cocinan, sirven y se van. Nadie las recuerda, nadie les pregunta. Marleni usaba esa invisibilidad como su arma principal. En marzo de 2022 eliminó a un sicario que cobraba vacuna en Laureles. El hombre tenía 28 años y controlaba cinco cuadras del sector.
Marleni consiguió trabajo en la panadería, donde él desayunaba todos los días. Durante dos semanas le sirvió tintos y pan de bonos. La tercera semana le sirvió un tinto diferente. El hombre murió esa tarde en su moto cuando iba camino a cobrar la vacuna de un restaurante. La moto se estrelló contra un poste. La policía concluyó que había perdido el control por exceso de velocidad.
Nadie revisó el tinto que había tomado en la mañana. En mayo de 2022, Marlenió a dos hombres en la misma semana. Uno era un distribuidor de droga que operaba en la comuna uno. El otro era un cobrador que trabajaba en Belén. Ambos murieron en sus casas. Ambos habían comido en lugares donde Marleni había trabajado días antes.
En junio, eliminó a un jefe menor de célula que organizaba fiestas en fincas de las afueras de Medellín. Marleni consiguió trabajo en una de esas fiestas a través de la empresa de eventos. dejó varias botellas preparadas en las neveras. Tres hombres murieron esa noche, dos más quedaron hospitalizados. La fiscalía abrió investigación por homicidio múltiple.
Interrogaron a los dueños de la finca, a los organizadores de la fiesta, a los proveedores de licor. Nadie mencionó a las señoras del servicio, nadie las buscó. Para entonces, Marleny tachado 10 nombres de su lista y apenas estaba empezando. En agosto de 2022, Marleni dio un golpe más grande. Había identificado a un hombre llamado El Flaco, un sicario de 30 años que coordinaba cobros de vacuna en varias comunas y que estaba directamente conectado con jefes mayores de la oficina.
El flaco era más cuidadoso que los demás. No comía en la calle, no tomaba trago de desconocidos, vivía en un apartamento vigilado en Laureles y casi nunca salía solo. Pero tenía una debilidad, su novia, una muchacha de 23 años que vivía en la comuna 13 y que trabajaba en un salón de belleza. Marleni averiguó que la novia de El Flaco necesitaba empleada para limpiar su apartamento una vez por semana. Se ofreció. La muchacha aceptó.
Marleny trabajó ahí durante un mes, conoció la rutina. Supo que el flaco visitaba a su novia los sábados en la tarde y que siempre pedía algo de tomar. Un sábado de agosto, Marleni dejó una botella de gaseosa en la nevera del apartamento de la novia. El flaco llegó esa tarde, abrió la nevera, tomó la gaseosa, murió dos horas después en el apartamento. La policía llegó.
La novia estaba histérica. Decía que no entendía qué había pasado, que él estaba bien, que de repente empezó a convulsionar. Los paramédicos no pudieron hacer nada. La autopsia mostró falla orgánica múltiple. causa intoxicación severa. Origen desconocido. Nadie preguntó por la señora del aseo. En abril de 2023, un médico forense del Instituto Nacional de Medicina Legal en Medellín revisaba autopsias atrasadas cuando notó algo extraño.
15 casos en los últimos 18 meses. Todos hombres jóvenes. Todos con antecedentes criminales vinculados a la oficina de Envigado. Todos muertos por causas similares, paros cardíacos, fallas orgánicas, intoxicaciones inexplicables. Los análisis toxicológicos habían buscado drogas comunes: cocaína, basuco, heroína, escopolamina, pero nunca habían buscado venenos agrícolas o industriales.
El médico decidió hacer un análisis más profundo en tres de los casos más recientes. Solicitó exumaciones, envió muestras de tejido a laboratorios especializados. Los resultados llegaron tres semanas después. Las muestras mostraban restos de un compuesto tóxico usado en pesticidas, altamente letal en dosis pequeñas y difícil de detectar en análisis estándar.
El médico llamó al CTI, les mostró los resultados, les explicó el patrón. El CTI abrió una investigación formal. Buscaban a un asesino serial, pero no sabían que el asesino llevaba delantal y subía a los buses a las 5 de la mañana. Mientras la fiscalía empezaba a rastrear conexiones entre las víctimas, Marleni estaba planeando algo más grande.
Había encontrado al pez gordo. Su nombre era Ramiro Bedoya, pero todos lo conocían como Don Ramiro. Tenía 58 años. Era dueño de tres lavaderos de carros en el poblado y en Vigado y manejaba dos bares en Laureles. En apariencia era un empresario legítimo, pero Marleni había escuchado su nombre en las conversaciones de las casas donde trabajaba.
Don Ramiro financiaba operaciones de la oficina, lavaba dinero del narcotráfico a través de sus negocios, organizaba fiestas privadas donde se reunían jefes de la organización, políticos locales y empresarios sucios. Vivía en una mansión de tres pisos en el poblado, con jardines podados, piscina con agua cristalina y cámaras de seguridad en cada esquina.
Marleni vio un anuncio en un grupo de Facebook de empleadas domésticas. Se necesita señora interna para casa en el poblado. Buen sueldo, referencias indispensables. El número de contacto era de la esposa de don Ramiro. Marleni llamó, habló con la señora, le dio referencias falsas de casas donde había trabajado, usando números de amigas que aceptaron cubrirla.
La señora la citó para una entrevista. Marleni llegó puntual con uniforme limpio y actitud humilde. La señora le mostró la casa. Era enorme. Cinco cuartos, tres baños, cocina industrial, sala de estar, terraza con vista a la ciudad. le explicó que necesitaban a alguien de lunes a sábado, que los domingos eran libres, que el sueldo era de 2 millones de pesos al mes. Marleni aceptó de inmediato.
Empezó a trabajar en mayo de 2023. Durante las primeras dos semanas, Marleni solo observó. Limpiaba, cocinaba, organizaba. Aprendió la rutina de don Ramiro. Se levantaba a las 10 de la mañana, desayunaba en la terraza, salía a sus negocios al mediodía, volvía en la noche con invitados. Los fines de semana organizaba parrilladas y reuniones.
Marleni empezó a reconocer caras. Vio hombres con cadenas de oro, mujeres jóvenes con vestidos ajustados, políticos locales que salían en las noticias. escuchó conversaciones sobre rutas de droga, pagos a policías, contratos con el municipio y supo que había encontrado el centro de la red. Don Ramiro estaba planeando una fiesta grande para su cumpleaños el 15 de junio.
50 invitados, asado, licor, música en vivo. La esposa contrató a tres empleadas temporales para ayudar con el servicio. Marleni sería una de ellas. Durante la semana previa, Marleni preparó todo con cuidado. Compróin botellas de aguardiente antioqueño en diferentes licorerías de Medellín. Las abrió en su cuarto, vertió el contenido de varias botellitas pequeñas que había acumulado durante meses.
Cerró las botellas con precisión. Limpió cualquier rastro. El día de la fiesta llegó temprano. Ayudó a organizar las mesas en la terraza, a llenar las neveras, a preparar las bandejas de carne. A las 8 de la noche, cuando los invitados empezaban a llegar, Marleni puso las cinco botellas preparadas en la barra VIP de la terraza, donde solo los jefes tenían acceso.
Nadie revisó las botellas, nadie sospechó. A las 10 de la noche, los hombres ya estaban tomados. Brindaban, reían, contaban historias. Marleni servía bandejas, recogía vasos vacíos, limpiaba derrames. A la 1:30 de la madrugada, don Ramiro fue el primero en caer. Se agarró el pecho, empezó a vomitar, cayó al piso de la terraza.
Cuatro hombres más colapsaron en los siguientes 10 minutos. Las mujeres gritaban. Los guardaespaldas llamaban ambulancias. El caos se apoderó de la mansión. Marleni estaba en la cocina lavando platos con el rostro inexpresivo. Cuatro hombres murieron en la escena. Uno más murió camino al hospital. Entre los muertos, don Ramiro Bedoya, dos jefes de célula de la oficina, un ex policía corrupto y un concejal de Envigado.
Las cámaras de seguridad lo grabaron todo y esta vez grabaron a Marleni. La policía nacional llegó a la mansión de don Ramiro a las 2 de la madrugada del 15 de junio de 2023. Seis patrullas, ambulancias, agentes del SIGIN, investigadores del CTI. acordonaron la zona con cinta amarilla, evacuaron a los invitados que seguían vivos, interrogaron a los guardaespaldas, revisaron las cámaras de seguridad y ahí encontraron a Marleniágenes mostraban todo.
Marleni entrando a la cocina con botellas de aguardiente. Marleni llevando las botellas a la barra VIP. Marleni sirviendo tragos durante toda la noche. Los investigadores revisaron las botellas que quedaban en la barra. encontraron restos del mismo compuesto tóxico que el médico forense había detectado en las exumaciones anteriores.
El CTI cruzó datos. Revisaron los registros de personal de la empresa de eventos que había contratado a Marleni para otras fiestas. Revisaron las denuncias de muertes similares en los últimos dos años. Revisaron los nombres de las víctimas. Todos vinculados a la oficina. Todos con el mismo patrón.
Y en el centro de todo, una mujer de 52 años que trabajaba como empleada doméstica en las casas de los poderosos. Marleni estaba en la cocina cuando dos agentes del Cin entraron. Le pidieron que los acompañara. Marlenyó, no corrió, no lloró, solo se quitó el delantal, se lavó las manos y caminó hacia la puerta. La esposaron en el jardín de la mansión.
Los fotógrafos de los noticieros ya habían llegado. Los helicópteros sobrevolaban la zona. Las cámaras grababan todo. Marleni caminó con la cabeza en alto entre dos agentes. La subieron a una camioneta del CTI. Antes de cerrar la puerta, un investigador le preguntó si tenía algo que decir. Marleni lo miró a los ojos y dijo con voz calmada, “Quiero que revisen bien quiénes eran esos hombres.
Quiero que la gente sepa. Cerraron la puerta. La camioneta arrancó. Marleni miraba por la ventana sin expresión, como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía mucho tiempo. En las siguientes 48 horas, la Fiscalía General de la Nación en Medellín trabajó sin parar. Exumaron los cuerpos de las 15 víctimas anteriores que el médico forense había identificado.
Enviaron muestras a laboratorios especializados en Bogotá. Los resultados confirmaron lo que ya sospechaban. Todas las víctimas habían sido envenenadas con el mismo compuesto tóxico. El fiscal asignado al caso revisó los antecedentes de Marleni. No tenía récord criminal, no tenía denuncias previas.
Era una ciudadana común, empleada doméstica, madre soltera, víctima de un sistema que no le dio justicia, pero también era responsable de 15 homicidios premeditados. El caso se volvió un dilema moral para la fiscalía. ¿Cómo procesar a una mujer que había matado a los mismos hombres que el Estado no había podido capturar? ¿Cómo juzgar a alguien que había hecho lo que las instituciones no hicieron? Los medios de comunicación explotaron.
Caracol, RCN, el colombiano, el tiempo. Todos cubrían la historia. Los titulares decían: empleada doméstica acusada de envenenar a 15 sicarios de la oficina. La justiciera de Medellín, madre que vengó la muerte de su hija. Caso Marleni Usuga, víctima o victimaria. Los noticieros entrevistaban a expertos en criminología, abogados penalistas, psicólogos forenses.
Unos decían que Marleni era una asesina serial que debía pagar con cárcel. Otros decían que era una víctima del abandono estatal que tomó justicia por su mano. Las redes sociales se dividieron. Hashtags como Justicia para Marleni y Marleni Criminal se volvieron tendencia. Grupos de madres que habían perdido hijos por la violencia organizaron plantones frente a la fiscalía pidiendo que no la condenaran.
Otros grupos, incluyendo familiares de las víctimas, pedían que la encerraran de por vida. Medellín se partió en dos y en medio de todo, Marleni Usuga esperaba en una celda del búnker de la fiscalía en silencio, sin arrepentirse de nada. Marleni Usuga fue trasladada al búnker de la fiscalía en Medellín para las primeras audiencias.
El fiscal del caso, un hombre de 45 años con 20 años de experiencia en crimen organizado, se sentó frente a ella en una sala de interrogatorios. Marleni llevaba el uniforme gris de las detenidas. Tenía las manos sobre la mesa. No temblaban. El fiscal leyó los cargos. 15 homicidios agravados. Uso de sustancias tóxicas con fines criminales, premeditación, alevosía.
La pena podía ser de hasta 60 años de prisión. Marleni escuchó en silencio. Cuando el fiscal terminó, le preguntó si tenía algo que declarar. Marleni lo miró y dijo, “Yo maté a los hombres que violaron y mataron a mi hija. Maté a los hombres que extorsionan a la gente de mi barrio.
Maté a los hombres que el estado nunca tocó. Y si tuviera que volver a hacerlo, lo haría. El fiscal cerró la carpeta. No había mucho más que decir. Marleni confesado todo. No había defensa posible. Solo quedaba esperar el juicio. Durante las siguientes semanas, la fiscalía construyó el caso. Revisaron los videos de seguridad de la mansión de don Ramiro.
Entrevistaron a las otras empleadas que trabajaron en la fiesta. Revisaron los registros de compras de Marleni en ferreterías y licorerías. Encontraron facturas de veneno agrícola comprado en tres ferreterías diferentes del centro de Medellín. Revisaron su celular, encontraron mensajes con doña Rocío y con Jonathan, el conductor de Uber. Los citaron a declarar.
Doña Rocío negó sabido algo. Dijo que solo le vendía arepas a Marleni. Jonathan también negó. dijo que solo la transportaba porque le pagaba bien. No había pruebas de complicidad directa. La fiscalía decidió no procesarlos, pero Marleni sí. A ella le imputaron todos los cargos, le asignaron un abogado de oficio.
El abogado le propuso una estrategia: alegar emoción violenta. Argumentar que había actuado bajo un estado de trauma psicológico por la muerte de su hija. Pedir reducción de pena. Marleni rechazó la estrategia. No quería reducción de pena. No quería que dijeran que estaba loca. Quería que el juicio sacara a la luz todo.
¿Quiénes eran las víctimas? ¿Qué hacían? ¿Por qué el Estado no los había capturado? Quería que Medellín supiera la verdad. El abogado le advirtió que esa estrategia podía resultar en la pena máxima. Marleni dijo que no le importaba. Mientras Marleni esperaba el juicio en el búnker, Medellín seguía dividida. Las madres de la comuna 13 organizaron una marcha por las calles del centro.
Llevaban pancartas que decían, “Marleni hizo lo que el Estado no hace. Justicia para las madres que perdieron hijos. No más impunidad. La marcha llegó hasta la fiscalía. Las mujeres gritaban, lloraban, exigían que Marleni fuera liberada. Del otro lado, las familias de las víctimas también protestaban. La mamá de El Mocho dio una entrevista en un noticiero local.
Lloraba mientras decía, “Mi hijo estaba perdido, pero era mi hijo. No merecía morir así. Nadie merece ser envenenado como un perro.” Los hermanos de otros sicarios muertos también hablaron. Decían que Marleni era una asesina sin corazón, que había matado a sus familiares sin darles oportunidad de defenderse, que merecía pudrirse en la cárcel.
Los medios cubrían ambas versiones. Los debates en televisión se volvían acalorados. Políticos opinaban. Algunos pedían reformas en el sistema judicial, otros pedían mano dura contra el crimen organizado. Y en medio de todo, Marleni silencio, sabiendo que su vida ya estaba terminada, pero sintiendo que había cumplido su misión.
El juicio de Marleni Usuga comenzó en septiembre de 2023 en un juzgado de Medellín. La sala estaba llena. Periodistas, activistas, familiares de las víctimas, madres de la comuna 13, curiosos. La Policía Nacional tuvo que poner un cordón de seguridad afuera del edificio para evitar enfrentamientos entre los dos bandos. Marleni entró a la sala esposada con uniforme gris de prisión escoltada por dos guardias del IMPEC.
Se sentó en el banquillo de los acusados, miró al juez, miró al fiscal, miró a las familias de las víctimas sentadas en las bancas. No bajó la mirada. El fiscal presentó las pruebas, videos de seguridad, análisis toxicológicos, testimonios de testigos, facturas de compra de veneno, registros de llamadas. Todo apuntaba a Marlenii.
La defensa no tenía mucho que hacer. El abogado intentó argumentar atenuantes. Trauma psicológico, falta de respuesta del estado, desesperación de una madre. Pero el fiscal contraargumentó. Premeditación, frialdad en la ejecución, cálculo preciso en cada asesinato. No era una madre desesperada, era una asesina serial.
Durante el juicio, la fiscalía presentó el perfil completo de las 15 víctimas. Todos tenían antecedentes criminales. Todos habían sido investigados por homicidio, extorsión, tráfico de drogas. Algunos tenían órdenes de captura vigentes, otros habían sido capturados y liberados por falta de pruebas. Ninguno había sido condenado.
El fiscal reconoció que el sistema judicial había fallado, que esos hombres debían haber estado presos, pero argumentó que eso no le daba derecho a Marleni de matarlos, que la justicia por mano propia no era justicia, que era venganza y que la venganza no podía ser tolerada en un estado de derecho.
El juez escuchó en silencio, tomó notas, revisó las pruebas. Al final del juicio le preguntó a Marleni si tenía algo que decir. Marleni se puso de pie, habló con voz firme, dijo que no se arrepentía de nada, que volvería a hacerlo si pudiera, que la fiscalía había archivado el caso de su hija, que la policía no la protegió, que el Estado la abandonó, que ella hizo lo que tenía que hacer, que los hombres que mató eran asesinos, violadores, extorsionadores, que Medellín estaba mejor sin ellos.
El juez le pidió que se sentara. Marleni se sentó. Las familias de las víctimas lloraban. Las madres de la comuna 13 aplaudían. El juez llamó al orden. El juez emitió su fallo tres semanas después. Encontró a Marleni Usuga, culpable de 15 homicidios agravados. La condenó a 58 años de prisión.
No hubo reducción de pena, no hubo atenuantes. El juez explicó en su sentencia que aunque entendía el dolor de Marleni y reconocía las fallas del sistema judicial, no podía permitir que la justicia por mano propia quedara impune, que si empezaban a justificar venganzas privadas, el estado de derecho colapsaría, que Marleni había cometido delitos graves y debía pagar por ellos.
Marlen escuchó el fallo sin cambiar de expresión. No lloró, no gritó, solo asintió con la cabeza. La sacaron de la sala esposada. Las cámaras la grabaron saliendo del juzgado. Esa noche, los noticieros transmitieron la sentencia. Medellín volvió a dividirse. Unos celebraban, otros protestaban, pero para Marleni ya nada importaba.
Había perdido a su hija, había perdido su libertad, pero sentía que al menos había hecho algo. Había cobrado las cuentas que el Estado nunca cobró. Marleni Usuga fue trasladada al complejo carcelario y penitenciario El Pedregal en Medellín para cumplir su condena. Es una prisión de alta seguridad donde recluyen a condenados por delitos graves.
Marleni fue asignada a un pabellón de mujeres. Comparte celda con otras tres reclusas. Duerme en un camarote de metal. Come en un comedor con rejas. Pasa las mañanas en el patio. Por las tardes trabaja en el taller de costura de la cárcel. Gana 30,000 pesos a la semana. Los guarda para comprar artículos de aseo y llamar a sus pocas amigas que quedan afuera.
En la prisión, otras reclusas la respetan. Muchas son madres que también perdieron hijos por la violencia. Entienden su dolor, no la juzgan. Marlenio, mantiene perfil bajo, no busca protagonismo, no da entrevistas a los medios que insisten en entrar a la cárcel para hablar con ella. rechaza todas las solicitudes, solo quiere cumplir su condena en silencio.
Afuera, Medellín sigue siendo Medellín. La comuna 13 no cambió. La oficina de Envigado sigue operando. Otros sicarios tomaron los puestos de los que Marleni eliminó. Las vacunas se siguen cobrando, las esquinas se siguen controlando, los jóvenes se siguen reclutando, las madres siguen perdiendo hijos.
Doña Rocío sigue vendiendo arepas en su puesto de la comuna. A veces, cuando cierra en las noches, mira hacia las escaleras eléctricas iluminadas y piensa en Marleni. Piensa que todo lo que hizo no cambió nada, que la violencia sigue igual, que matar a 15 sicarios no detuvo la máquina. Pero también piensa que al menos por un momento alguien les puso el pecho a los que nadie tocaba.
Alguien hizo lo que el estado no hacía. Aunque fuera desde la cocina, aunque fuera con veneno, aunque fuera ilegal, alguien lo hizo. Y eso para muchas madres de las comunas significa algo, no justicia, pero sí un desahogo, una pequeña venganza, un mensaje de que no todo queda impune para siempre. En enero de 2024, la fiscalía cerró la investigación del caso Marleni Usuga.
Confirmaron que actuó sola. que no tuvo cómplices directos, que planeó y ejecutó cada asesinato por su cuenta. Archivaron las carpetas, guardaron las pruebas. El caso quedó como referencia en los manuales de criminología de las universidades colombianas. Un caso atípico de justiciera serial, motivada por trauma personal y falla institucional.
Los expertos debaten hasta hoy si Marleni es víctima o victimaria, si su condena es justa o excesiva, si el Estado debería haber hecho más por ella antes de que tomara justicia por su mano. No hay respuestas fáciles, solo preguntas incómodas. Marleni cumple su condena. Tiene 53 años. Si cumple la pena completa, saldrá a los 111 años.
Es decir, nunca lo sabe, no le importa porque para ella la vida terminó el 14 de agosto de 2021, cuando perdió a Daniela. Todo lo que hizo después fue solo cerrar cuentas pendientes y ahora que la cerró, solo espera el tiempo en una celda de Elpedregal, sabiendo que pagó el precio de su venganza, pero sintiendo que valió la pena.
La tumba de Daniela está en un cementerio popular de Medellín. Cada domingo, una vecina de las independencias lleva flores frescas. Marleni le paga con el dinero que gana en el taller de costura. La lápida tiene una foto de Daniela sonriendo con el uniforme del Sena. Abajo dice Daniela Usuga 20022021. Siempre en nuestros corazones no hay mensajes espirituales, no hay cruces elaboradas.
No hay placas de homenaje, solo una tumba sencilla con flores frescas cada semana. Marleni nunca podrá visitarla, pero sabe que está ahí y sabe que los hombres que la mataron ya no están. Eso es lo único que le queda. Eso y una celda fría en el pedregal, donde pasará el resto de sus días. Si esta historia te dejó pensando, suscríbete y activa las notificaciones para no perder el siguiente capítulo.
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