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“EMPLEADA DOMÉSTICA JUSTICIERA” DE MEDELLÍN: MARLENY ÚSUGA ENV3N3NÓ MÁS DE 15 SICARIOS DE LA OFICINA

 Y todo había empezado con una hija que nunca volvió a casa. Antes de convertirse en lo que los medios llamarían la envenenadora de la oficina, Marleni Usuga tenía una vida sencilla y una sola razón para levantarse cada día. Daniela, su hija, su única familia. Daniela Usuga había nacido cuando Marleni tenía 33 años. El papá las abandonó cuando la niña tenía 2 años y nunca volvió.

 Marleni crió a Daniela sola con el sueldo de empleada doméstica y sin ayuda de nadie. Trabajaba seis días a la semana. Los domingos eran sagrados. Iban juntas a misa en la parroquia de San Javier. Después cocinaban zancocho en la olla de Peltre que Marleni había heredado de su mamá. Y en las tardes veían novelas en el televisor viejo de la sala.

 Esos domingos eran todo lo que Marleni tenía. El resto de la semana se la pasaba en casas ajenas, fregando pisos, lavando ropa, preparando almuerzos para familias que apenas le dirigían la palabra. Daniela era una muchacha tranquila, le gustaba estudiar, soñaba con ser enfermera. En 2020 entró al Sena a estudiar auxiliar de enfermería.

 Marlen estaba orgullosa. Pegó los certificados escolares en la pared del apartamento con chinches doradas. En las noches, mientras Daniela estudiaba en la mesa del comedor, Marleniformes y pensaba que todo el esfuerzo valía la pena. Su sueño no era grande. Solo quería que Daniela terminara de estudiar, que consiguiera un trabajo estable, que saliera de la comuna, que tuviera una vida diferente, que no tuviera que limpiar casas ajenas, que no tuviera que levantarse a las 4:30 de la mañana para tomar dos buses y llegar a

las 7 a una casa donde la trataban como si fuera parte de los muebles. Marleni quería que Daniela fuera alguien, que tuviera un título, que usara uniforme de enfermera y trabajara en un hospital de verdad, que la gente la respetara. Los vecinos del edificio recuerdan a Marleni como una mujer devota.

 Tenía un altar pequeño en la sala, una imagen de la Virgen del Carmen, estampitas de santos, un rosario de madera, tres velas blancas. Rezaba todas las noches antes de dormir. Pedía protección para Daniela. Pedía que la violencia no tocara su puerta. Pedía que Dios las cuidara. Durante años pareció que esas oraciones funcionaban. Daniela crecía sana, estudiosa, lejos de los problemas de la calle.

 No andaba con malas compañías, no se metía en problemas. Salía poco, estudiaba mucho. Marleni se sentía tranquila. pensaba que lo peor ya había pasado, que habían sobrevivido a la pobreza, a la ausencia del papá, a las balas perdidas que a veces sonaban en la noche. Pensaba que Daniela iban a estar bien, pero en agosto de 2021 algo se rompió y Marleni dejó de rezar, dejó de creer, dejó de esperar que alguien más hiciera justicia.

 Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o departamento de Colombia nos estás viendo. La noche del 14 de agosto de 2021, Daniela salió con dos amigas a una fiesta en el barrio Triste, una zona de la comuna 13 controlada por células de la oficina de Envigado.

 Era una fiesta pequeña de barrio con música en una tienda que tenía parlantes viejos y luces de neón rojas. Daniela le dijo a Marleni que volvía antes de las 11. Marleni le dijo que tuviera cuidado, que no tomara trago de extraños, que si pasaba algo llamara de inmediato. Daniela le dio un beso en la frente y salió.

 Fue la última vez que Marleni la vio con vida. A eso de las 10 de la noche, tres hombres llegaron a la tienda en una moto. Eran sicarios conocidos en el sector, el Mocho, Pipe y Sejón. Trabajaban para la oficina cobrando vacuna y controlando el microtráfico en varias cuadras de la comuna. Los tres estaban tomados, tenían los ojos rojos y hablaban duro.

 Se acercaron a Daniela y a sus amigas. Les ofrecieron trago. Daniela dijo que no. Una de las amigas también dijo que no. Los tres sicarios insistieron. Dijeron que no fueran malgeniadas, que solo querían compartir. Daniela se paró para irse. Uno de ellos la agarró del brazo. La otra amiga gritó. El dueño de la tienda bajó la música.

 Lo que pasó después quedó registrado en testimonios de varios testigos que luego hablarían con la policía, aunque nunca quisieran declarar oficialmente por miedo a represalias. Según esos testimonios, los tres sicarios sacaron armas. Obligaron a Daniela y a una de sus amigas a subir a la moto. La tercera amiga logró escapar corriendo por una calle oscura y llamó a la policía desde la casa de una vecina.

La patrulla llegó 40 minutos después. Para entonces, Daniela y la otra muchacha ya no estaban. Los testigos dijeron que las habían llevado a una casa abandonada a dos cuadras de la tienda. Nadie se atrevió a seguirlas. Nadie quiso meterse en las comunas. Meterse con los de la oficina es meterse con la muerte.

 La policía rodeó la casa abandonada. Estaba vacía. Solo encontraron botellas de cerveza, colillas de cigarrillo y manchas rojizas en el piso de cemento. Daniela y la otra muchacha habían desaparecido. Tres días después, el cuerpo de Daniela apareció en una quebrada cerca de la comuna uno, en una zona boscosa donde la gente bota basura y escombros.

Un reciclador la encontró al amanecer. Llamó a la policía. Cuando los agentes llegaron confirmaron lo peor. Daniela había sido violada y ejecutada con dos disparos en la cabeza. Tenía 19 años. La otra muchacha apareció viva dos días después en un hospital de Medellín con golpes en la cara y trauma severo.

 No quiso hablar, no quiso dar nombres, tenía demasiado miedo. Marleni fue citada al Instituto Nacional de Medicina Legal para identificar el cuerpo. Entró a la sala fría con olor a desinfectante. Un funcionario levantó la sábana blanca que cubría el rostro de Daniela. Marleni lloró. se quedó mirando en silencio.

Tocó la frente fría de su hija con la mano, firmó el certificado de defunción, salió caminando despacio. Una vecina que la acompañaba dice que Marleni no dijo una sola palabra en todo el camino de regreso a las independencias. Solo miraba por la ventana del bus como si estuviera viendo algo que nadie más podía ver.

 Marleni Usuga fue a la Fiscalía General de la Nación en Medellín dos días después de identificar el cuerpo de Daniela. Llevaba una carpeta con fotos de su hija, certificados del Sena, el acta de defunción y los nombres de los tres sicarios que la habían secuestrado. Una de las amigas de Daniela, la que logró escapar, le había dado los nombres completos y las había reconocido en fotos de Facebook.

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