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El turno estaba por terminar cuando un niño autista gritó “Carlo Acutis” — y nadie pudo salir

 Y yo no sabía a dónde más ir. Miré al niño con más atención,  dejando de lado por un momento los pensamientos sobre casa y descanso. Tendría unos 10. 11 años, cabello castaño cortado corto de manera práctica, ojos cafés que miraban fijamente un punto indefinido sobre mi hombro izquierdo, evitando cualquier contacto visual.

  “¿Cómo se llama?”, pregunté sacando ya el termómetro digital del bolsillo de mi bata.  Mateo. Mateo Ferrara. Tiene 11 años, los cumplió en marzo. ¿Y usted es la mamá? Sí, soy  Francesca Ferrara. Somos solo él y yo desde que nació. Su padre nunca nunca estuvo presente. Asentí tratando de establecer contacto visual con el niño que, por supuesto, no llegó.

 Me incliné un poco para estar a su altura, manteniendo una distancia respetuosa que había aprendido era importante con niños como él. Hola, Mateo.  Soy la doctora Serena. ¿Te parece si te tomo la temperatura? No duele, te lo prometo. Ninguna respuesta, ningún gesto de aprobación o rechazo, solo ese movimiento constante de las manos, ese balanceo hipnótico del cuerpo que parecía ser su manera de estar en el mundo. No habla, dijo la madre.

 Y en su voz escuché el peso de 1000 explicaciones dadas a 1000 personas a lo largo de los años. Esa resignación cansada de quien ha tenido que repetir la misma historia demasiadas veces. Nunca ha hablado. Es autista con una forma muy severa. No ha pronunciado una sola palabra en su vida. And I mama and I papa, and I agua  and I not.

11 años de silencio total. Me detuve un instante procesando la información mientras mi corazón de mujer se encogía. 11 años sin una palabra. 11 años de silencio absoluto. 11 años en los que esta madre había esperado, anhelado, rezado por escuchar la voz de su hijo, cualquier sonido que le dijera que él estaba ahí, que la escuchaba, que sabía cuánto lo amaba.

 Apenas podía imaginar lo que significaba vivir así. Nunca escuchar mamá de la boca del propio hijo. Nunca una petición. Nunca un relato. Nunca un te quiero susurrado antes de dormir. Entiendo dije tratando de mantener el tono profesional a pesar de la emoción que me apretaba la garganta. ¿Tiene algún diagnóstico específico, documentación médica que pueda consultar? Trastorno del espectro autista de nivel tres conmutismo total y compromiso severo de la comunicación social.

 Lo diagnosticaron oficialmente cuando tenía 3 años, pero las señales estaban desde antes, desde que tenía pocos meses y no respondía a su nombre. No buscaba mi mirada, no extendía los brazos para que lo  cargara. Hemos probado todo, doctora, absolutamente todo. Terapia de lenguaje intensiva tres veces por semana durante años.

 Terapia conductual con los mejores especialistas. Comunicación alternativa con tableros y dispositivos electrónicos que él nunca quiso usar. dietas especiales, suplementos, terapias alternativas que prometían milagros y no dieron nada. Nada ha funcionado jamás. Mateo vive en su mundo, un mundo donde no podemos entrar y nosotros nosotros hacemos lo mejor que podemos alcanzarlo.

 Mientras hablaba, su voz se quebró varias veces, pero no lloró. Probablemente había llorado todas las lágrimas que tenía años atrás. Y lo que le quedaba era esta fuerza tranquila, esta determinación silenciosa que la mantenía en pie día tras día. Comencé a revisar al niño con movimientos lentos y predecibles, sabiendo que los cambios bruscos podían causar malestar a los niños autistas.

 La temperatura era alta, 39.4º, suficiente para justificar la preocupación de la madre. Su cuerpo estaba tenso bajo mis manos, más rígido de lo normal, y había una agitación sutil que parecía recorrerlo como una corriente eléctrica invisible. Hagamos  algunos estudios para estar seguros”, dije decidiendo ser prudente como siempre cuando se trataba de niños.

Una muestra de sangre para revisar los valores de inflamación y quizá un análisis de orina.  Probablemente sea solo una gripe estacional, pero quiero asegurarme. Llamé a la enfermera de turno, Gabriella, una mujer de unos 55 años con la experiencia de quién ha visto pasar generaciones de niños enfermos en este lugar.

 Sus cabellos grises estaban recogidos ordenadamente bajo la cofia verde del área y sus ojos llevaban esa dulzura particular que solo años de servicio a los demás pueden crear.  Mientras tanto, el cambio de turno continuaba a nuestro alrededor como un balet bien ensayado. Otros colegas estaban completando sus actividades, pasando información, intercambiando datos sobre los pacientes. El Dr.

 Marco Moretti, que tomaría mi lugar para el turno nocturno, ya estaba revisando los expedientes que le había preparado. Dos enfermeras del turno diurno, Simona y Alesia,  estaban recogiendo sus cosas de los casilleros, ya con los abrigos puestos y las bolsas al hombro. El Dr.

 Caruso, el internista veterano que frecuentemente nos apoyaba en casos complejos, acababa de salir de la sala de descanso con una taza de café en la mano. Éramos al menos seis o siete personas en ese momento en el área. Todos ocupados con nuestras tareas de fin de jornada, todos con la mente ya proyectada hacia lo que vendría después. Casa, cena, sueño, familia, vida  normal.

 Ninguno de nosotros imaginaba lo que estaba por suceder. Ninguno tenía la menor idea de que esos pocos minutos cambiarían nuestras vidas para siempre. Fue en ese momento exacto, mientras Gabriella se acercaba a Mateo con la aguja para la muestra de sangre y yo estaba llenando la solicitud para el laboratorio, que el mundo se detuvo.

Mateo dejó de balancearse de pronto. Fue lo primero que noté y me golpeó como un puñetazo en el estómago. Después de 11 años de movimiento constante, después de una vida entera pasada oscilando como un péndulo silencioso, ese niño se quedó completamente quieto, como si alguien hubiera presionado el botón de pausa en un video.

 Su madre se dio cuenta de inmediato y vi su rostro transformarse en una expresión de alarma mezclada con confusión. “Mate”,  susurró la voz cargada de ese miedo particular que solo una madre conoce. “Mi amor, ¿qué pasa? ¿Qué está sucediendo?” El niño levantó la cabeza con un movimiento lento, deliberado, completamente diferente de sus gestos mecánicos y repetitivos habituales.

 Y por primera vez desde que había entrado al área, sus ojos se fijaron en algo. No en nosotros, no en su madre. no en la habitación ni en los equipos médicos que lo rodeaban. Miraba un punto frente a él, ligeramente arriba de nuestras cabezas, hacia la esquina de la sala, donde solo había una pared blanca y una lámpara de neón.

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