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Un líder humilde fue invitado para hablar de comercio, pero terminó cuestionando el precio del poder con una calma tan brutal que todos entendieron que esa conversación no sería normal

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II.

—Tanto lujo para tan poco tiempo.

Esa noche, durante la cena con funcionarios rusos de menor rango, Mujica le preguntó a Rykov:

—¿Qué sabe usted de Putin como persona?

El diplomático pareció sorprendido.

—Es un hombre reservado. Completamente dedicado a Rusia.

—¿Y qué le gusta además de la política?

—La naturaleza, los animales, los perros. También el judo, el hockey, montar a caballo.

Mujica asintió.

—Un hombre de acción. Yo prefiero hablar con las flores de mi chacra. Cada quien encuentra paz donde puede.

A la mañana siguiente, una ligera nieve cubría Moscú. En el auto rumbo al Kremlin, Lucía le acomodó la corbata.

—Recuerda lo que hablamos, José. Diplomacia.

Mujica sonrió.

—He sobrevivido a la tortura, a la cárcel y a la política uruguaya. Creo que puedo sobrevivir a una reunión con Putin.

El Kremlin era un laberinto de pasillos solemnes, salones dorados y funcionarios de rostro impasible. Al llegar a la antesala del despacho presidencial, Sebastián repasaba nervioso los puntos de la reunión.

—Relájate, muchacho —dijo Mujica, poniéndole una mano en el hombro—. Lo peor que puede pasar es que no vendamos más queso y leche. El mundo seguirá girando.

Las enormes puertas se abrieron.

—El presidente de la Federación Rusa, Vladimir Vladimirovich Putin.

Putin entró con paso firme. A sus 62 años, mantenía la rigidez de un hombre formado en los servicios de inteligencia. Su sonrisa era diplomática, controlada.

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