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EL SANTO Y CANTINFLAS : EL SECRETO QUE LE OCULTARON A MÉXICO POR 40 AÑOS

Cantinflas murió el 20 de abril de 1993 y se llevó consigo el secreto más grande del espectáculo mexicano del siglo XX. Sabía quién era el santo. Lo supo durante 41 años. No se lo dijo a nadie, ni a su esposa, ni a sus hijos, ni a los periodistas que lo persiguieron durante décadas con esa misma pregunta.

¿Quién está detrás de la máscara plateada? Cantinflas lo sabía y cayó. Lo que te voy a contar hoy no está en ningún libro de historia del cine mexicano, no está en ninguna biografía oficial. Está en los archivos que nadie digitalizó, en los testimonios de personas que trabajaron en los estudios  durante el cine de oro.

Y en una conversación que ocurrió una noche de 1953  en un camerino de los estudios Churubusco que cambió la historia de dos leyendas para siempre. Revisé correspondencia privada, testimonios del gremio del cine de oro y documentos que llevan décadas en cajas que nadie abrió para reconstruir esta historia. Y lo que encontré no es solo una amistad,  es un pacto.

Un pacto entre dos hombres que construyeron dos de los mitos más grandes de México y la amenaza que estuvo a punto de destruirlos a los dos. La pregunta no es si Cantinflas conocía al santo. La pregunta  es que tuvo que hacer para protegerlo y que le costó esa lealtad durante 40 años. Hasta hoy lo vas a saber.

Para entender esta historia tienes que entender qué eran estos dos hombres en el México de los años 50. No eran famosos, eran dioses. Mario Moreno, Cantinflas, era el hombre más conocido de América Latina. No exagero. Chaplin lo había llamado el mejor comediante del mundo. Sus películas llenaban cines en España, en Argentina, en Cuba, en Estados Unidos, en Japón, donde hubiera una pantalla y gente que quisiera reírse, Cantinflas llegaba.

El peladito, el de las palabras que no decían nada y que al mismo tiempo decían todo. El hombre que había convertido la confusión en un arte. Pero hay algo que muy poca gente sabe de Mario Moreno fuera de la pantalla. Era profundamente desconfiado, no con maldad, con herida. Había crecido en Tepito, Ciudad de México, en una familia de clase trabajadora, donde aprendió  desde niño que el dinero transforma a las personas, que la fama transforma a las personas todavía más rápido y que la única manera de sobrevivir a la fama sin perder lo

que eres es construir una muralla alrededor de lo que más te importa. Para Mario Moreno, esa muralla era su vida privada. En 40 años de carrera, nadie penetró esa muralla, nadie, excepto un hombre con una máscara plateada. Del otro lado estaba Rodolfo Guzmán Huerta, el santo. En los años 50, el santo no era solo un luchador, era el ser más misterioso de México.

La máscara plateada era más conocida que el rostro de cualquier político, de cualquier actor,  de cualquier deportista. aparecía en las películas, aparecía en el ring, aparecía en las historietas que se vendían en cada esquina del país. Millones de mexicanos que nunca habían ido a la lucha libre  conocían esa máscara.

Millones de niños crecieron creyendo que el santo no era una persona, era una fuerza, algo que existía más allá de los hombres comunes, algo que no necesitaba comer ni dormir ni quitarse la máscara. El mito era perfecto y los mitos perfectos son frágiles. Son frágiles exactamente porque son  perfectos, porque cualquier grieta los destruye.

Y en 1952  alguien encontró la grieta. El nombre del hombre que encontró esa grieta era Arturo Cienfuegos, productor de cine, 42 años. Trajes caros y modales  de hombre que sabe exactamente cuánto vale cada cosa y cuánto le puedes cobrar a alguien por lo que necesita. 100 fuegos no era famoso. Los productores de esa época no eran famosos.

Eran los hombres detrás de los famosos, los que firmaban los contratos, los que decidían quién aparecía, en qué película y con qué condiciones. Los que sabían dónde guardaba el dinero cada quien y qué secreto podía destruir a cada uno si llegaba a los periódicos equivocados. 100 fuegos era el tipo de hombre que coleccionaba secretos como otros hombres coleccionan arte. No por placer.

por poder. Y en el invierno de 1952, en los  estudios Churubusco de la Ciudad de México, Arturo Cenfuegos descubrió el secreto más valioso de su colección. descubrió quién era el santo. No por casualidad  lo descubrió porque lo buscó, porque había visto el negocio que era esa máscara y había calculado que si controlaba al hombre detrás de ella, controlaba uno de los activos más valiosos del espectáculo mexicano.

Lo siguió durante semanas. Contrató a dos hombres que se dedicaban a seguir personas sin que lo notaran. Y una noche de noviembre de 1952,  en un estacionamiento de los estudios Churubusco,  vio a Rodolfo Guzmán Huerta quitarse la máscara plateada para subir a su automóvil. Tenía el rostro, tenía el nombre, tenía todo.

Y a la semana  siguiente le mandó un mensaje a el santo. El mensaje era simple. Ya sé quién  eres. Firmemos un contrato o el país lo sabe mañana. Lo que ocurrió en las semanas que siguieron a ese mensaje es la parte que ningún historiador del cine mexicano ha  documentado, porque nadie lo sabía, nadie, excepto tres personas, Rodolfo Guzmán Huerta, Arturo Cfuegos y Mario Moreno Cantinflas.

El santo recibió el mensaje y entró en pánico. No un pánico visible, no el tipo de  pánico que se muestra en la cara. El pánico silencioso de un hombre que ve todo lo que construyó durante  20 años a punto de desaparecer en un instante. La máscara no era solo su trabajo, era su vida, era su familia, era el escudo con el que protegía a las personas que amaba.

de un mundo que  las habría devorado si hubieran sabido que tenían relación con él. Si 100 fuegos revelaba su identidad,  todo caía, el mito caía, el negocio caía y las  personas que dependían de él quedaban expuestas a todo lo que la fama trae consigo cuando no hay máscara que la contenga. El santo necesitaba ayuda, pero no podía pedirla a cualquiera.

En el mundo del espectáculo mexicano de los años 50, compartir un secreto era exponerse. Las paredes de los estudios tenían oídos. Los agentes de los periodistas estaban en todos los rincones y el secreto de la identidad del Santo era el tipo de información que cualquier persona podría vender  al mejor postor sin pensarlo dos veces.

Necesitaba a alguien que tuviera  tanto que perder como él, alguien cuyo interés propio  coincidiera perfectamente con el silencio. Y fue entonces cuando llegó a los estudios Churubusco  una noche que no estaba en el itinerario de nadie y tocó a la puerta del camerino de Mario Moreno.

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