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El ROMANCE secreto entre FLOR SILVESTRE y JOSÉ ALFREDO JIMÉNEZ… Las 89 canciones para ella

Flor silvestre lloraba cada 23 de noviembre, cada año, durante 47 años consecutivos, desde 1973 hasta 2020, siempre sola, siempre en silencio, siempre en la misma habitación de su rancho, El Soyate en Villanueva, Zacatecas, la quedaba al jardín de Bugambilias, que nadie podía podar sin su permiso.

 Antonio Aguilar lo notó por primera vez en 1978, 5 años después de que comenzara. Era 23 de noviembre, exactamente las 9:47 de la noche. Antonio entró a la habitación sin tocar. Flor estaba sentada frente a la ventana con un disco de acetato girando en el tocadiscos. Música de José Alfredo Jiménez. Ella sonaba bajito, casi en susurro.

 Las lágrimas le caían sin control, sin soyosos, solo agua salada corriendo por sus mejillas de 48 años. ¿Qué te pasa, mi vida? Antonio se acercó despacio con esa voz ronca que había enamorado a México entero. Flor se limpió la cara con el dorso de la mano, respiró profundo, lo miró directo a los ojos y mintió. Es que era tan buen compositor, Antonio.

 Tan bueno que me duele que ya no esté. Antonio la abrazó, le creyó, siempre le creyó todo, pero la verdad era otra. La verdad tenía nombre, apellido, fecha exacta y habitación de hotel. La verdad empezó un martes 14 de abril de 1953 en Guadalajara, Jalisco, cuando Flor Silvestre tenía 23 años recién cumplidos y José Alfredo Jiménez 27.

 La verdad se llamaba romance secreto. La verdad duró 3 meses, 14 días y 6 horas exactas. La verdad quedó escrita en 89 canciones que José Alfredo compuso pensando en ella, aunque jamás lo confesó públicamente. La verdad estuvo guardada en una caja de madera que su viuda Paloma Galve encontró cerrada con candado el día que él murió.

 La verdad la reveló un pianista borracho en 2010, 37 años después de los hechos. en una cantina de Garibaldi a las 11 de la noche. La verdad la confirmó una servilleta amarillenta que apareció en el joyero de Flor cuando murió en 2020 y la verdad destrozó todo lo que la familia Aguilar creía saber sobre Flor silvestre. Pero para entender por qué Flor lloró cada 23 de noviembre durante casi medio siglo, necesitas saber qué pasó el martes 14 de abril de 1953 en el hotel Francia de Guadalajara.

 Ese día cambió la música mexicana para siempre. Y nadie se dio cuenta hasta 67 años después. Abril de 1953, Guadalajara ardía bajo un sol que derretía el asfalto de la avenida Juárez. La temperatura marcaba 34 ºC a las 3 de la tarde. Flor Silvestre llegó al teatro de Gollado en un cadilac negro conducido por su representante, el licenciado Esteban Mora Villaseñor.

 Un hombre de 52 años con bigote recortado y traje gris Oxford. Flor llevaba un vestido azul cielo con bordados plateados. Pesaba 4 kg menos que ahora. Tenía el cabello recogido en un chongo alto. Olía a perfume Chanel número cinco que Antonio le había comprado en San Antonio, Texas, dos meses atrás. Antonio Aguilar estaba de gira en Estados Unidos.

 Actuaba en el Teatro California de Los Ángeles. No regresaría a México hasta el 18 de julio. Faltaban 3 meses, 4 días exactos. Flor bajó del caddilac a las 3:47 de la tarde. El calor le pegaba en la nuca. Entró al teatro por la puerta lateral, la quedaba directo a los camerinos. Pasillo de azulejos blancos, olor a tabaco y maquillaje barato.

 Voces masculinas que reían al fondo. Guitarras afinándose, el sonido metálico de las cuerdas raspando contra los trastes. “Flor, pásale. Te toca Camerino 7.” La voz era de don Refugio Sánchez, el productor del espectáculo, un hombre gordo de 60 años que sudaba como si acabara de correr un maratón. Flor caminó por el pasillo, zapatos de tacón repicando contra el suelo.

 Pasó el camerino tres, el cinco, el seis. Llegó al siete. La puerta estaba entreabierta, empujó despacio y ahí lo vio. José Alfredo Jiménez estaba sentado en una silla de madera con una guitarra en las piernas y una botella de tequila herradura. A medio terminar sobre la mesita del camerino, vestía pantalón de charro negro, camisa blanca sin botones en el cuello, sombrero tirado en el suelo junto a sus botas.

 Tenía 27 años, cuatro menos que ahora en su fotografía oficial. Cara angulosa, ojos oscuros, profundos, con esas ojeras que parecían tatuadas. Manos grandes, callosas de tanto rasguear guitarras en cantinas desde los 14 años. Levantó la vista cuando ella entró. Perdón, creí que este era mi camerino. Flor dio un paso atrás.

Es el tuyo. También es el mío. Don Refugio nos puso juntos. Dice que compartimos el espectáculo de hoy, así que compartimos camerino. José Alfredo sonrió. Dientes blancos. Sonrisa chueca del lado izquierdo. Flor sintió algo raro en el estómago, como un vacío, como cuando te subes a una rueda de la fortuna y de repente caes.

 No supo qué era. Todavía no. Ah. Bueno, yo me acomodo por acá entonces. Flor dejó su bolso de mano sobre la otra silla, la que estaba al lado del espejo grande con focos fundidos en las esquinas. José Alfredo volvió a tocar su guitarra. Rasgueo suave, melodía triste que Flor no reconoció. ¿Qué canción es esa? Preguntó ella solo por romper el silencio incómodo.

 No es canción todavía, es solo algo que traigo en la cabeza desde hace tres días. No sé si funciona. José Alfredo dejó de tocar. Tomó un trago directo de la botella. No usó vaso. Suena bonita. Suena triste. Todo lo que escribo suena triste. José Alfredo la miró fijo, demasiado fijo. Flor apartó la vista. Se quedaron callados.

 Afuera, en el escenario, un grupo norteño ensayaba. Acordeón chillón bajo sexto desafinado. Voces de hombres que no alcanzaban las notas altas. Tu esposo no viene. José Alfredo preguntó de repente. Está en Estados Unidos, gira de tres meses. Qué mal. ¿Por qué mal? Porque dejar sola a una mujer como tú tres meses es de José Alfredo lo dijo con naturalidad, sin coqueteo, como quien dice que va a llover.

 Flor sintió calor en las mejillas. Se volteó hacia el espejo para disimular. Antonio, confía en mí. ¿Debería? José Alfredo volvió a su guitarra. Esa noche, Flor Silvestre cantó, imposible frente a 100 personas que llenaron el teatro de Gollado hasta el último asiento. Vestido azul cielo brillando bajo los reflectores. Voz cristalina que hacía llorar a las señoras de la primera fila, aplausos que duraron 2 minutos con 14 segundos cuando terminó.

 José Alfredo salió después cantó Yo, la que se fue y una canción nueva que nadie conocía, que acababa de componer esa misma tarde pensando en Flor, aunque nadie lo supiera todavía. Se llamaba Cuatro Caminos. La letra decía. En Cuatro Caminos crucé mi destino y en uno de ellos tu amor encontré. Cuando terminó el espectáculo eran las 11:52 de la noche.

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