Posted in

El profesor ateo que humilló a Carlo Acutis reveló lo que pasó después… y nadie puede explicarlo

Hola, mi nombre es Dr. Javier Méndez, tengo 70 años y durante 30 años enseñé en universidades de toda Europa que Dios no existe. Escribí un libro llamado La ilusión divina que vendió 250 copias en siete idiomas. Participé en 17 debates televisados contra sacerdotes, teólogos y apologistas católicos. Nunca perdí un solo debate. Nunca.

Me sentía invencible, intelectualmente superior, libre de las cadenas de lo que yo llamaba superstición religiosa medieval. Mis colegas me admiraban, mis estudiantes me temían, los creyentes me odiaban y yo disfrutaba cada segundo de esa reputación. Pero el 5 de octubre de 2005, un jueves lluvioso en Milano, Italia, un adolescente de 14 años con ojos color café destruyó 30 años de certezas ateas en menos de 10 minutos.

No lo hizo con filosofía compleja ni con argumentos teológicos rebuscados. lo hizo revelando algo que era absolutamente imposible que él supiera, el nombre de mi hijo muerto, la fecha exacta de su muerte y un mensaje que venía directamente del cielo. Lo que voy a contarte hoy cambiará tu perspectiva sobre la vida, la muerte y la eternidad.

Porque si le pasó a mí, el ateo más arrogante de Italia, te puede pasar a ti. Permíteme llevarte atrás en el tiempo para que entiendas quién era yo antes de ese día que cambió todo. Nací en 1954 en Córdoba, Argentina, en una familia católica muy devota. Mi madre rezaba el rosario todas las noches.

Mi padre era diácono en nuestra parroquia. Crecí yendo a misa cada domingo, haciendo mi primera comunión, sirviendo como monaguillo. A los 17 años incluso consideré seriamente entrar al seminario para convertirme en sacerdote. Pero cuando llegué a la Universidad de Buenos Aires para estudiar filosofía en 1972, todo cambió radicalmente.

Descubrí a Nietzsche, a Sartre, a Camus, a Bertrán Russell. Leí, ¿por qué no soy cristiano? Y sentí como si alguien hubiera encendido una luz en mi mente oscurecida por años de adoctrinamiento religioso. Por primera vez en mi vida cuestioné todo lo que me habían enseñado desde niño. Dios realmente existe o es solo un invento humano para lidiar con el miedo a la muerte.

La Biblia es verdad revelada o simplemente mitología antigua. Jesús realmente resucitó o sus discípulos inventaron esa historia. Cuanto más estudiaba, más convencido estaba de que la religión era, como dijo Marx, el opio del pueblo. En 1978 me mudé a Italia para hacer mi doctorado en filosofía en la Universidad de Milano.

Escribí mi tesis sobre la muerte de Dios en el pensamiento contemporáneo. Fue publicada como libro en 1982 y tuvo un éxito moderado en círculos académicos. Para entonces yo ya no era simplemente un no creyente pasivo. Me había convertido en lo que llaman un ateo militante. No me bastaba con no creer en Dios. Necesitaba convencer a otros de que ellos también estaban equivocados.

Daba conferencias en universidades argumentando que la ciencia había hecho obsoleta a la religión. Escribía artículos en periódicos atacando las políticas de la Iglesia Católica. Participaba en debates públicos donde humillaba a sacerdotes frente a audiencias de cientos de personas. Me sentía como un cruzado de la razón, un guerrero de la lógica luchando contra las tinieblas de la superstición.

Mis colegas ateos me aplaudían, me invitaban a congresos internacionales. En 1985 me ofrecieron una cátedra permanente en la Universidad de Milano como profesor titular de filosofía de la religión. Era irónico, un ateo enseñando sobre religión, pero ese era exactamente el punto. Yo enseñaba religión para deconstruirla, para mostrar sus contradicciones, para exponer sus absurdos lógicos, pero había algo que nadie sabía, una razón oculta detrás de todo mi ateísmo militante, una herida tan profunda que nunca hablaba de ella, ni siquiera con mi esposa. El 22 de mayo

de 1983, mi único hijo Mateo murió. Tenía 4 años y medio. Leucemia linfoblástica aguda. Desde el diagnóstico hasta su muerte pasaron solo 11 semanas. 11 semanas de quimioterapia brutal que destruyó su pequeño cuerpo. 11 semanas viéndolo vomitar, llorar de dolor, perder su cabello, adelgazar hasta parecer un esqueleto.

Yo oraba. Dios mío, cómo oraba. Cada noche me arrodillaba junto a su cama de hospital y le suplicaba a un dios en el que ya casi no creía. Por favor, sálvalo. Tómame a mí en su lugar. Él es inocente, solo tiene 4 años. No ha hecho nada malo. Si realmente existes, si realmente eres amor, como dicen, sálvalo. Pero Dios no respondió.

O si respondió, su respuesta fue no. Mateo murió un sábado por la mañana a las 6:47 de la mañana. Recuerdo el sonido de los monitores del hospital cuando su corazón se detuvo. Recuerdo como su manita caliente se volvió fría en la mía. Recuerdo el llanto desgarrador de mi esposa Elena y recuerdo mi decisión en ese momento.

Si Dios permite que niños inocentes sufran así, entonces ese Dios o no existe o no merece ser adorado. Después de la muerte de Mateo, mi ateísmo dejó de ser intelectual para volverse viseral, personal, furioso. Ya no argumentaba contra Dios desde la filosofía. Lo hacía desde el dolor, desde la rabia, desde la traición. Mi matrimonio con Elena se desmoronó.

Ella buscó consuelo en la iglesia. Yo encontré consuelo en destruir la fe de otros. Nos divorciamos en 1985. Ella me dijo que ya no me reconocía, que me había vuelto amargo, cínico, cruel. Tenía razón, pero yo no podía detenerme. Cada vez que veía a alguien rezando, sentía desprecio. Cada vez que escuchaba a alguien hablar de la voluntad de Dios o todo pasa por algo, quería gritarles, todo pasa por algo.

Mi hijo de 4 años murió por algo. ¿Cuál era el gran plan divino ahí? Así que me dediqué completamente a mi cruzada atea. Entre 1985 y 2005, di 480. y ocho conferencias en escuelas, universidades, centros culturales, defendiendo el ateísmo y atacando la religión. Desarrollé una presentación especialmente efectiva titulada Ciencia versus fe.

¿Por qué la religión es obsoleta en el siglo XXI? Era mi conferencia más solicitada. tenía estadísticas, gráficos, citas de científicos famosos, argumentos filosóficos pulidos durante años de debates. Era devastadora para la fe de los jóvenes y yo lo sabía y me enorgullecía de ello. El 5 de octubre de 2005 recibí una invitación que me sorprendió.

El director del Liceo Clásico San Carlo, una escuela secundaria católica en Milano, me invitó a dar mi conferencia a sus estudiantes. “Queremos que nuestros alumnos escuchen diferentes perspectivas”, escribió en su email. “Creemos que su fe debe ser lo suficientemente fuerte para resistir argumentos contrarios. Además, tenemos algunos estudiantes muy brillantes que disfrutarían el debate intelectual.

Read More