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El Piloto Que LLEVÓ Al Che a Bolivia — Por Qué NUNCA Regresó a Buscarlo Te ROMPERÁ El CORAZÓN

Roberto frunció el seño, confundido. Olvidar. Sí, repitió Fidel mirándolo fijamente. No hablarás de este vuelo con nadie. Si el Che contacta desde Bolivia, no responderás. Si pide que regreses por él, dirás que no tienes autorización. ¿Me entiendes? El Che, que hasta ese momento había permanecido en silencio, intervino bruscamente.

Fidel, ¿de qué estás hablando? Tato es mi piloto de confianza. Si necesito evacuación médica o refuerzos, él vendrá. Fidel no miró al Che, mantuvo sus ojos clavados en Roberto. Tato recibirá órdenes solo de mí. Nadie más, ni siquiera Tuch Che. Hubo un silencio incómodo. Roberto sintió la tensión entre los dos hombres más poderosos de Cuba.

El Che apretó su cigarro con tanta fuerza que las cenizas cayeron al suelo. Fidel, necesito saber que tendré apoyo si las cosas se complican. Fidel finalmente lo miró. Tendrás todo el apoyo que necesites, Ernesto, pero las decisiones logísticas las tomo yo. Esa noche Roberto no durmió. Algo en la conversación entre Fidel y el Che lo inquietaba profundamente.

Había una frialdad, una distancia que no había visto antes entre esos dos hombres, que alguna vez fueron hermanos inseparables. Todavía no sabes lo que está por venir, porque lo que Roberto presenció durante el vuelo a Bolivia revelaría la verdadera naturaleza de la misión del Che. 5 de noviembre de 1966, 4:30 de la mañana.

Aeropuerto militar de San Antonio de los Baños. Roberto estaba realizando las últimas verificaciones de su Cesna 206. Era un avión pequeño de un solo motor, diseñado para seis pasajeros, perfecto para vuelos discretos que debían pasar desapercibidos. El Che llegó vestido como campesino boliviano, pantalón de lona gastado, camisa de trabajo, sombrero de paja.

Su famosa barba había sido afeitada. Sin ella era casi irreconocible. Con él venían tres hombres, Pombo, Tuma y Arturo, todos disfrazados, todos en silencio. Roberto notó que el che cargaba solo una pequeña mochila. Eso es todo su equipaje, comandante. Nomos, nomos. Pumasan, preguntó el Che. Sonrió tristemente.

¿Dónde voy, Tato? No necesito mucho, solo mis libros, mi diario y mi asma. Roberto había oído sobre el asma crónica del Che. “Trae suficiente medicina, dos meses de inhaladores, respondió el Che. Después Fidel me enviará más.” Roberto miró hacia el hangar donde Fidel observaba desde las sombras. No había venido a despedirse personalmente del Che, eso también le pareció extraño.

El vuelo despegaría en 10 minutos. Roberto ayudó a los hombres a subir al avión. El che fue el último en abordar. Antes de entrar, se volteó hacia el hangar, como esperando que Fidel saliera a darle un abrazo final. Pero Fidel nunca salió. El Che suspiró profundamente y subió. Roberto cerró la puerta, ocupó su asiento de piloto y encendió el motor.

A las 4:47 de la mañana, el Cesna despegó hacia Bolivia, llevando al revolucionario más famoso del mundo hacia su destino final. Durante las primeras 3 horas, nadie habló. El Che miraba por la ventana observando como Cuba desaparecía en el horizonte. Roberto lo veía por el espejo retrovisor.

El comandante tenía lágrimas en los ojos. Finalmente, cuando sobrevolaban el Caribe, el Che rompió el silencio. Tato, ¿puedo preguntarte algo? Claro, comandante. Fidel te dio instrucciones específicas sobre este vuelo. Roberto dudó. Recordó la advertencia de Fidel. No hablar de las órdenes secretas. me dijo que lo llevara a Bolivia de forma segura. El Che asintió lentamente.

Y te dijo algo más sobre regresar por mí si las cosas salen mal. Roberto sintió un nudo en el estómago. No podía mentirle al Che, pero tampoco podía desobedecer a Fidel. Comandante, mis órdenes son llevarlo a su destino. Nada más. El Che soltó una risa amarga. Entiendo. Fidel ya tomó su decisión. ¿Qué decisión? preguntó Roberto genuinamente confundido.

El Che lo miró a través del espejo retrovisor. La decisión de que esta es una misión sin retorno, Tato, Fidel no va a enviar refuerzos, no va a mandar medicina y tú, mi amigo, nunca regresarás a buscarme. Roberto sintió un escalofrío. Comandante, yo no no es tu culpa, interrumpió el Che. Tú solo sigues órdenes.

Pero quiero que sepas algo, Tato. Quiero que lo recuerdes cuando todo termine. ¿Qué cosa, comandante? Que yo elegí esto. Sé exactamente lo que Fidel está haciendo. Sé que me está enviando a morir y aún así voy. Porque morir luchando por la revolución es mejor que vivir como político en la Habana. Roberto no supo qué responder. Durante el resto del vuelo, el Che escribió en su diario.

Roberto lo observaba escribir página tras página, como si estuviera documentando algo importante para la posteridad. Años después, Roberto descubriría que el Che estaba escribiendo cartas de despedida a sus hijos, cartas que Fidel mantendría ocultas durante años. Cuando llegaron al espacio aéreo boliviano, Roberto descendió a baja altitud para evitar radares.

Aterrizaron en una pista improvisada en la región de Ñaguazú. En medio de la selva, eran las 6 pm del 5 de noviembre. Un grupo de campesinos bolivianos esperaba al Che. Lo saludaron como al Mesías que los salvaría de la opresión. Roberto ayudó a descargar el equipaje. El Che se acercó a él, le extendió la mano. Gracias, Tato.

Fuiste un excelente piloto. ¿Cuándo regreso por usted, comandante? El Che sonrió con tristeza. No regreses, Tato. Sigue con tu vida. Cuida a tu familia. Olvida que me conociste, pero comandante, es una orden”, dijo el Che firmemente. Luego añadió en voz baja, “Si Fidel te ordena regresar por mí, obedece. Pero si no te lo ordena, no vengas.

No quiero que te maten por intentar salvarme.” El Che le dio un abrazo, el único abrazo que Roberto recibiría del revolucionario más famoso del mundo. “Cuídate, hermano”, susurró el Che. Y cuando todo termine, cuenta la verdad, cuenta que yo sabía, cuenta que elegí esto. Luego se dio la vuelta y caminó hacia la selva, seguido por sus tres compañeros.

Roberto se quedó allí de pie junto a su avión, viendo como el Che desaparecía entre los árboles. No sabía que esa sería la última vez que vería vivo al comandante Ernesto Guevara. Roberto despegó a las 7 pm y regresó a Cuba. El vuelo de regreso fue el más largo de su vida. llegó a La Habana al día siguiente, 6 de noviembre de 1966.

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