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EL PAPA LEON XIV OBLIGA PADRE ESPINOZA A CAZAR PRUEBAS CONTRA OBISPO Y LO HACE QUITAR DE LA IGLESIA

Lo que el padre Espinoza descubriría en aquella cárcel de California lo obligaría a elegir entre su obediencia ciega o la voz de su conciencia, enfrentando a uno de los príncipes de la Iglesia más poderosos del continente. Antes de continuar con la historia, por favor, haz clic en el botón de me gusta, suscríbete al canal y comenta.

 ¿Estás de acuerdo con Padre Espinoza? Tu ayuda es muy importante. El sobre Manila llegó un martes por la tarde a la parroquia de San José en Puebla, cuando las campanas acababan de tocar las 4. Padre Espinosa preparaba su conferencia sobre matrimonio, tecleando en su laptop ideas sobre la fidelidad conyugal, cuando doña Lupita entró a su oficina con una expresión que nunca le había visto en 40 años de servicio.

mezcla de respeto reverencial y miedo genuino. Padre, esto llegó del arzobispado. Lo trajo un mensajero en persona. Dijo que era urgente y confidencial, que solo usted podía abrirlo. El sobre era pesado, casi obscenamente grueso. En la esquina superior izquierda, el sello dorado del Vaticano brillaba discretamente bajo la luz de la tarde, que entraba oblicua por las ventanas coloniales.

 Su corazón se aceleró sin que pudiera controlarlo. Gracias, Lupita. Por favor, cierra la puerta al salir. El aroma a café de olla y pan dulce llenaba la pequeña oficina. Desde la calle llegaban los sonidos familiares de Puebla al atardecer. El silvato agudo del vendedor de camotes, el motor ronco de un autobús viejo subiendo la cuesta, música de banda sonando en alguna radio lejana.

Papa León XIV convocó una vigilia de oración por la paz en el Vaticano el sábado

 Todo tan normal, tan cotidiano, tan ajeno a lo que estaba a punto de descubrir. Con manos que comenzaban a temblar, abrió el sobre. Una carta doblada en papel oficial del Vaticano apareció primero. La desdobló con cuidado, reconociendo inmediatamente la firma al final. El Papa León XIV, su santidad le escribía directamente, “Queridísimo padre Espinosa, que la paz de Cristo esté con usted.

” Le escribo en carácter personal y urgente, confiando en su discreción absoluta y en esa valentía moral que lo ha caracterizado en su ministerio. Necesito sus ojos, su conciencia, su voz en un asunto que podría definir mi pontificado entero. Tolerancia cero significa algo real o es solo una frase bonita para los comunicados de prensa.

 El obispo Emanuel Shaleta de la Iglesia Católica Caldea en San Diego, California, está actualmente detenido en la cárcel central de esa ciudad. Los cargos civiles son graves, malversación de fondos, lavado de dinero, pero la evidencia moral, padre, es devastadora. Le pido que vaya allá, que vea con sus propios ojos, que hable con las personas afectadas, que me diga la verdad sin filtros diplomáticos.

Rese por mí, porque hay días en que el peso de esta responsabilidad me hace dudar de mi propia fortaleza. León 14. Breve, directo, dolorosamente honesto, Espinoza dejó la carta sobre su escritorio y abrió la carpeta adjunta con manos que ahora temblaban visiblemente. Primera página. Fotografía oficial de Emanuel Shaleta vestido con ornamentos episcopales dorados, sonriendo a la cámara con esa sonrisa segura de quien ha ejercido poder durante décadas.

 Cabello plateado, perfectamente peinado. Anillo episcopal brillando en su mano derecha. Segunda página. Foto de vigilancia granulada y nocturna del mismo hombre, pero vestido con ropa civil, entrando a un edificio con luces de neón rojas. El letrero decía claramente Hong Kong Billionaires Club, Tijuana. Pues la fecha en la esquina, apenas seis meses atrás.

 La náusea subió por su garganta como bilis amarga, pero fue la tercera página la que lo destruyó completamente. Un testimonio escrito a mano en español con errores de ortografía, con la caligrafía temblorosa de alguien que apenas dominaba la escritura. Mi nombre es Miriam Kassab, tengo 58 años.

 Vine de Irak a San Diego en el 2003, huyendo de la guerra con mis tres hijos pequeños. Mi esposo murió en un bombardeo americano dos semanas antes de que pudiéramos escapar. El obispo Shaleta nos recibió en la parroquia Caldea con los brazos abiertos. nos dijo que éramos familia, que nunca estaríamos solos en tierra extraña.

 Yo trabajaba limpiando casas de ricos en la joya, 12 horas al día, 6 días a la semana, ganaba $200 al mes. El obispo nos enseñaba que el diezmo era sagrado, que Dios bendeciría a los que daban generosamente. Yo le daba 120 cada mes, porque así dice la Biblia. Mis tres hijos comían frijoles con arroz toda la semana para que yo pudiera dar ese dinero a la iglesia.

 En el 2019, el obispo anunció desde el púlpito que necesitábamos construir un nuevo salón parroquial para los jóvenes de la comunidad. dijo que Dios bendeciría especialmente a quienes dieran con sacrificio. Yo tenía $,000 ahorrados en una lata debajo de mi cama. Los estaba guardando para la universidad de mi hijo menor Jusf, que soñaba con ser ingeniero.

 Se los di todos al obispo. Él me abrazó delante de toda la congregación el domingo siguiente. Me llamó hija fiel de Abraham. Ese salón nunca se construyó. Mi hijof universidad. Ahora trabaja lavando carros en un estacionamiento, ganando salario mínimo. Cuando le pregunté al obispo por el salón 6 meses después, me dijo que los costos de construcción habían subido, que necesitábamos más dinero, que confiara en la providencia divina.

 Me pidió que donara más si podía. Vendí mi carro, un Toyota viejo del 98, que era mi única posesión de valor. Le di otros 3,000 al obispo. El salón nunca se construyó. Ahora dicen en las noticias que el obispo Chaleta usó nuestro dinero, el dinero de familias como la mía, para ir con prostitutas a ese club en Tijuana, que se quedó con más de un millón de dólares que debían ser para la iglesia.

Mi hijof me gritó cuando salió la noticia. Me dijo, “¿Por qué fuiste tan estúpida, mamá? Le diste el dinero de mi universidad a un hombre que lo gastó en  Y yo no tengo respuesta para él. Padre, ¿qué le digo a mi hijo sobre la iglesia? Sobre Dios. ¿Cómo le explico que confíe en un hombre que juró servir a Cristo?” Las manos de Espinosa temblaban tanto que tuvo que dejar la hoja sobre el escritorio.

 Cerró los ojos fuertemente, pero la imagen de Miriam Cassab no desaparecía de su mente. Una mujer de 58 años, manos destrozadas de décadas, limpiando casas ajenas, dando hasta su último centavo mientras un obispo compraba cuerpos en Tijuana. Dios mío”, susurró al crucifijo en la pared. “Dios mío, ¿cómo permites que esto suceda?” Pero conocía la respuesta.

 La había predicado cientos de veces en sus conferencias. Dios lo permitía de la misma manera que había permitido que Judas traicionara a su hijo por 30 monedas de plata. El libre albedrío era un regalo terrible y algunos hombres lo usaban para el mal absoluto. Siguió revisando la carpeta con creciente horror.

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