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El Papa León XIV Exige RENUNCIA AL PADRE PISTOLAS por su culto a la violencia PERO su respuesta…

El Padre nunca imaginó que sus palabras resonarían más allá de las montañas de Michoacán hasta llegar a los oídos del mismísimo Papa. Lo que comenzó como un acto de supervivencia en tierras violentas terminaría convirtiéndose en el juicio más importante de su vida, donde tendría que defender no solo su ministerio, sino el alma misma de su pueblo.

La mañana del 15 de marzo amaneció con un cielo gris sobre Chucándiro, Michoacán. El padre caminaba por el patio de la parroquia con su caracteristic paso firme, saludando a doña Lupita, quien barría las hojas caídas del laurel que había plantado años atrás. El aire fresco de la sierra todavía conservaba ese olor a tierra mojada de la madrugada.

“Buenos días, padre”, saludó la anciana con una sonrisa. “Ya desayunó, le guardé unos tamales de frijol. Ahorita voy por ellos, doña Lupita. Primero, déjeme revisar si llegó algo importante. En su pequeña oficina, entre fotografías de la comunidad y diplomas del bachillerato que había ayudado a construir, encontró un sobre color marfil con el sello del Vaticano.

Sus manos, acostumbradas al trabajo duro, temblaron ligeramente al abrirlo. El papel era grueso, elegante, completamente ajeno a la realidad de su parroquia, donde las bancas todavía mostraban las marcas de haberlas reparado él mismo. La carta estaba escrita en español con una caligrafía perfecta que contrastaba con las palabras que contenía.

El Papa León XIV lo convocaba a Roma para discutir asuntos de grave preocupación relacionados con su ministerio pastoral y las imágenes que han circulado globalmente. La fecha, dentro de tres semanas. El Padre se dejó caer en su silla de madera. Por la ventana podía ver la plaza del pueblo, las calles empedradas donde conocía cada piedra, cada familia.

recordó el día que llegó a Chucándiro hace 17 años, cuando el pueblo apenas tenía servicios básicos y los jóvenes no tenían donde estudiar más allá de la primaria. Padre, ¿está bien? La voz de don Roberto, el sacristán, lo sacó de sus pensamientos. Don Roberto, siéntese. Tenemos que hablar. El anciano, quien había sido su mano derecha todos estos años, se acomodó frente al escritorio.

Sus ojos, enmarcados por profundas arrugas, que hablaban de décadas bajo el sol michoacano, mostraban preocupación. “El Papa me manda llamar a Roma”, dijo el Padre mostrándole la carta. Don Roberto la leyó lentamente, moviendo los labios. Cuando terminó, suspiró profundo. Por lo de las fotos, ¿verdad? Las que salieron en internet.

El padre asintió. Sabía exactamente a qué se refería. Hacía dos meses, durante una misa dominical, alguien había tomado fotografías donde se veía claramente la pistola en su cintura. Las imágenes se volvieron virales, compartidas millones de veces con titulares escandalosos. Sacerdote armado oficia misa, cura con pistola en México.

El padre pistolas desafía a la iglesia. Lo que ningún titular mencionaba era el contexto. No hablaban de las noches en que grupos armados habían llegado a pueblos vecinos, llevándose ganado, extorsionando familias, sembrando terror. No explicaban por qué él, como tantos otros en la región, había tomado la decisión de armarse después de que tres sacerdotes fueran secuestrados en el estado durante el año anterior.

¿Qué va a hacer, padre?”, preguntó don Roberto. “Ir, por supuesto, y decir la verdad.” Esa tarde, durante la misa de seis, la iglesia estaba más llena de lo habitual. Corrían rumores en el pueblo. Cuando llegó el momento de los avisos parroquiales, el Padre decidió hablar claro.

Hermanos y hermanas, comenzó su voz resonando en las paredes de cantera, quiero compartirles algo importante. He sido convocado al Vaticano por el Santo Padre. Un murmullo recorrió la congregación. Doña Esperanza, sentada en la tercera banca con sus cinco hijos, se persignó. Don Mauricio, el carpintero que había donado la madera para los confesionarios, frunció el ceño.

Sé que muchos han visto las fotografías que circulan en internet. Sé lo que dicen de mí allá afuera en lugares donde no conocen nuestra realidad. Pero ustedes, ustedes saben quién soy. Ustedes saben por qué estoy aquí, por qué he hecho lo que he hecho. La señora Catalina, cuyo hijo había sido amenazado por extorsionadores el año pasado, se puso de pie.

Padre, usted nos ha cuidado cuando nadie más lo hacía. Cuando mi hijo estaba en peligro, usted no se escondió. Fue a hablar con esa gente, los enfrentó. Otros comenzaron a hablar uno tras otro compartiendo historias. El padre levantó la mano pidiendo calma. Les agradezco sus palabras de verdad, pero quiero que sepan que voy a ir a Roma con la frente en alto. No voy a negar nada.

Voy a explicarle al Papa lo que es vivir aquí, lo que significa pastorear en medio de la violencia que azota nuestro estado. Esa noche, después de que todos se fueron, el Padre se quedó solo en la iglesia. Las velas del altar parpadeaban proyectando sombras danzantes en las paredes. Se arrodilló frente al sagrario, como había hecho miles de veces antes.

“Señor, susurró, no sé qué me espera en Roma. No sé si entenderán, pero tú sabes que todo lo que he hecho ha sido por tu pueblo, por estas ovejas que me confiaste.” Los días siguientes fueron un torbellino. La noticia se extendió por todo Michoacán. Periodistas de la Ciudad de México comenzaron a llegar solicitando entrevistas.

Algunos pintaban al padre como un rebelde, otros como un héroe. Él rechazó la mayoría de las solicitudes, concentrándose en preparar su viaje y en atender a su comunidad. Una mañana, mientras revisaba los documentos que necesitaría para viajar a Italia, tocaron a la puerta de la parroquia. Era el profesor Jiménez, director del bachillerato, que el padre había ayudado a fundar.

Padre, vengo a nombre de las familias del pueblo. Queremos acompañarlo. Como dice profesor, hemos hecho una colecta. Queremos que algunos de nosotros vayamos con usted a Roma para que el Papa vea que no está solo, para que sepa que aquí lo apoyamos. El Padre sintió un nudo en la garganta. En una comunidad donde muchos vivían al día, donde cada peso contaba, habían reunido dinero para acompañarlo.

No puedo aceptar eso, profesor. Ese dinero es para sus familias. Padre, usted construyó el bachillerato con sus propias manos. Literalmente lo vimos cargar ladrillos, mezclar cemento. Mi hija pudo estudiar gracias a usted. Docenas de jóvenes están en la universidad ahora porque usted creyó en ellos. Déjenos hacer esto.

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