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El Padre Pistolas sufre una humillación en el avión… hasta que un millonario católico lo defiende

El sol matutino se alzaba sobre Chucándiro cuando padre José Alfredo Gallegos Lara cerró las puertas de su pequeña parroquia por última vez antes del viaje. Sus manos curtidas por años de trabajo con los pobres acariciaron la vieja cerradura mientras su mirada se perdía en las calles empedradas que tanto conocía.

 A los 73 años, el sacerdote michoacano había visto de todo. Narcos, políticos corruptos, familias deshechas por la violencia, pero también milagros cotidianos de fe y esperanza. Antes de continuar con la historia, por favor, dale like, suscríbete al canal y comenta desde dónde la estás viendo. Tu ayuda es muy importante.

 Su aspecto no era el de un cura convencional. Vestía unos jeans gastados, botas de cuero y una camisa de mezclilla que había visto mejores días. Al cinto, como siempre, llevaba su revólver, el objeto que le había ganado el apodo de padre pistolas junto a su rosario. Su cabello cano peinado hacia atrás enmarcaba un rostro marcado por el sol y las preocupaciones de una vida dedicada a servir en una de las regiones más peligrosas de México.

congreso religioso, murmuró mientras caminaba hacia la camioneta que lo llevaría al aeropuerto de Morelia. Espero que estos señores obispos sepan lo que es predicar con balas de narco silvando por las orejas. La invitación al encuentro interreligioso de Tijuana había llegado de manera inesperada. La conferencia episcopal lo había convocado después de que un video suyo grabado por un feligrés durante una misa especialmente emotiva se viralizara en redes sociales.

 En esas imágenes, el padre Pistolas hablaba con su característico lenguaje directo sobre la necesidad de que la iglesia bajara de su torre de marfil y se ensuciara las manos con los problemas reales del pueblo. Durante el trayecto al aeropuerto, el paisaje michoacano se extendía ante él como un lienzo pintado de verdes y dorados.

 Los aguacateros trabajaban en sus parcelas ajenos a las tensiones que se vivían en las ciudades. Aquí, en estos ranchos perdidos, había encontrado su verdadera vocación. No la de un sacerdote de sotana almidonada, sino la de un pastor que conocía a cada oveja por su nombre. “Padre, ¿seguro que no quiere que lo acompañe?”, preguntó don Chava el chóer que lo había llevado durante años a las comunidades más alejadas.

 Usted sabe que no me gusta que ande solo por ahí. Tranquilo, compadre, voy a estar con puros santos respondió el padre Pistolas con una sonrisa irónica. Aunque algunos de esos santos me miren con cara de que les huelo a  Al llegar al aeropuerto internacional de Morelia, el contraste fue inmediato. El bullicio urbano, los anuncios comerciales, la prisa de los viajeros, todo tan diferente al ritmo pausado de Chucándiro.

 El padre se dirigió al mostrador de Aeroméxico con su pequeña maleta y su inseparable morral de cuero, donde guardaba su Biblia, su estola morada y algunos medicamentos herbolarios que siempre llevaba consigo. “Buenos días. Tengo un vuelo a Tijuana”, dijo al presentar su boleto. La empleada, una joven de unos 25 años, lo miró de arriba a abajo con cierta sorpresa.

 No era común ver a un sacerdote vestido como ranchero subirse a un avión. Documento de identidad, por favor. Mientras esperaba en la sala de abordaje, el padre Pistolas observó a los demás pasajeros. Ejecutivos con trajes caros hablando por teléfono sobre deals y meetings, familias de clase media preparándose para vacaciones, jóvenes mochileros con aire de aventura.

Él se sintió como un pez fuera del agua, pero no le importó. Había aprendido hacía mucho que su lugar no estaba entre los cómodos, sino entre los que sufrían. Su vuelo AM 1247 fue anunciado. El padre Pistola se levantó, se persignó rápidamente y caminó hacia la puerta de embarque. No sabía que las siguientes 3 horas cambiarían no solo su día, sino posiblemente el rumbo de su ministerio.

Al abordar el Boeing 737, se dirigió hacia su asiento en la zona económica 23a junto a la ventanilla. guardó su morral debajo del asiento delantero y se acomodó lo mejor que pudo. A los pocos minutos, el avión comenzó a llenarse. La mayoría de los pasajeros eran personas de negocios que viajaban a Tijuana por trabajo.

 A dos filas adelante, una pareja llamó inmediatamente su atención por su actitud prepotente. Renata Delgado, una mujer de unos 40 años con un traje sastre impecable y joyas sostentosas, hablaba por teléfono con un tono agresivo sobre alguna campaña publicitaria. A su lado, Víctor Ríos, un hombre calvo de complexión robusta, vestía un traje gris de marca y revisaba documentos en una tablet cara.

 Te digo que los números de ocupación hotelera están por los suelos”, comentaba Víctora Renata mientras guardaba su tablet. “Estos pinches mexicanos ya no viajan como antes. La clase media se está achicando. Pues habrá que buscar otros mercados”, respondió Renata con desdén. “Los gringos siguen viniendo y esos sí saben gastar.

” El padre Pistolas no pudo evitar escuchar la conversación. Le resultó desagradable la forma despectiva con la que hablaban de su propia gente, pero decidió concentrarse en mirar por la ventanilla mientras el avión se preparaba para despegar. Cuando el Boeing se elevó sobre las montañas michoacanas, el sacerdote sintió una mezcla de nostalgia y expectativa.

 Abajo quedaba su mundo conocido, las campanas de su iglesia, los rostros curtidos de sus feligreces, las historias de dolor y esperanza que escuchaba cada día en el confesionario. Adelante lo esperaba un escenario desconocido, un congreso religioso donde tendría que defender su forma de entender el evangelio.

 Sacó su Biblia del morral y la abrió en el Evangelio de San Mateo. Las palabras del sermón de la montaña lo tranquilizaron. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. No imaginaba que en unos minutos esas mismas palabras serían motivo de burla y escarnio.

 Tampoco sabía que su fe estaba a punto de ser puesta a prueba de una manera que jamás había experimentado, ni siquiera durante los años más duros en las comunidades controladas por el narcotráfico. El avión voló tranquilo sobre las nubes, llevando en su interior a un hombre sencillo que había dedicado su vida a servir a Dios y a los más necesitados, sin sospechar que el cielo mismo estaba preparando una lección que cambiaría muchas vidas, empezando por la suya.

 Las turbulencias que se avecinaban no serían meteorológicas, sino humanas. Y como había aprendido en los cerros de Michoacán, las tormentas más peligrosas no son las que vienen del cielo, sino las que nacen en el corazón de los hombres. El vuelo AM 1247 había alcanzado su altitud de crucero cuando las cosas comenzaron a ponerse tensas en la cabina.

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