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El Padre Pistolas enfrenta a Nayib Bukele durante la misa… y su mensaje sacude al país

Parte 1

La misa se rompió en pedazos cuando una madre cayó de rodillas frente al altar y gritó que su hijo inocente llevaba 8 meses desaparecido en una cárcel del gobierno.

El silencio de la catedral de San Salvador se volvió más pesado que el incienso. Los celulares empezaron a levantarse como pequeñas antorchas encendidas. Algunos feligreses se persignaron. Otros miraron hacia la primera fila, donde el presidente Bukele permanecía inmóvil, rodeado por hombres de seguridad que intentaban no parecer nerviosos.

El padre Pistolas, vestido con su sotana negra y su rostro curtido por años de batallas en Michoacán, no bajó la mirada. Había llegado a El Salvador para dar pláticas sobre trabajo comunitario, no para enfrentarse a un presidente en plena misa. Pero aquella mujer temblando frente a él cambió todo.

—Padre, no me deje sola —suplicó ella—. Mi Roberto no es pandillero. Se lo llevaron por un tatuaje de su padre muerto. Nadie me dice si vive.

El padre Manuel Castillo, joven sacerdote salvadoreño que había recibido al padre Alfredo Gallegos en el aeropuerto, intentó acercarse para ayudarla, pero ella se aferró al escalón del altar como si fuera la última piedra antes del abismo.

—Levántese, hija —dijo el padre Pistolas con una voz que no sonó dulce, sino firme—. Aquí nadie debe arrodillarse ante el miedo.

La catedral entera escuchó. Y también escuchó Bukele.

El padre Pistolas había preparado una homilía sencilla sobre servicio, comunidad y misericordia. Pero al ver a Doña Carmen llorando, al presidente sentado a pocos metros y a los guardaespaldas mirando cada movimiento, entendió que Dios le había cambiado el sermón.

Subió al púlpito despacio. No buscó sus papeles. No los necesitaba.

—Hermanos, hoy no hablaré de una paz bonita para los discursos. Hablaré de la paz que duele. De esa paz que unos agradecen porque ya pueden abrir sus negocios sin pagar extorsión, pero que otros lloran porque un hijo desapareció detrás de unos muros.

Un murmullo recorrió las bancas. El padre Manuel palideció.

—Padre Alfredo… —susurró desde un lado, casi rogándole prudencia.

Pero el padre Pistolas siguió.

—Señor presidente, usted tiene una responsabilidad enorme. Nadie puede negar que este pueblo ha sufrido bajo la violencia criminal. Nadie puede negar que las pandillas hicieron de muchos barrios un infierno. Pero tampoco puede llamarse justicia a cerrar los ojos cuando una madre no sabe dónde está su hijo.

Bukele no se movió. Su rostro permaneció sereno, pero sus ojos estaban clavados en el sacerdote mexicano.

—La autoridad que no escucha el llanto de los inocentes deja de ser autoridad y se convierte en muro. Y los muros, tarde o temprano, también se derrumban.

Algunos asistentes comenzaron a llorar en silencio. Otros apretaban los labios con rabia. Una mujer de la primera fila murmuró que su hija había sido asesinada por pandilleros y que gracias al gobierno ahora podía dormir. Un hombre atrás contestó que su sobrino estaba preso sin juicio. La catedral ya no parecía una iglesia, sino un país entero partido en 2.

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