Posted in

El Guerrillero Que el Che ABANDONÓ en la Selva — 57 Años Después REVELA Por Qué Lo PERDONÓ

 Aquí no venimos a sobrevivir, compañero. Venimos a morir si es necesario. Si no estás preparado para eso, vuelve ahora mismo a tu casa y olvida que nos conociste. Roberto sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero no bajó la mirada. Respondió que había llegado hasta allí precisamente porque ya no le importaba morir, que prefería una muerte con sentido a una vida sin dignidad.

 El che esbozó algo parecido a una sonrisa, una mueca breve que desapareció tan rápido como había aparecido. Le dijo que esa era la respuesta correcta, pero que las palabras eran fáciles y las balas eran otra cosa completamente diferente. Le asignó un fusil viejo, un puñado de municiones contadas y lo mandó a dormir porque al día siguiente comenzaría su verdadero entrenamiento.

 Roberto pasó esa primera noche en vela mirando las estrellas a través del dosel de la selva, preguntándose si realmente estaba listo para cumplir la promesa que acababa de hacer. No sabía entonces que el destino le tomaría la palabra de la manera más cruel posible y que su fe en el hombre que acababa de conocer sería puesta a prueba de una forma que jamás habría podido imaginar.

 Los primeros meses en la guerrilla fueron un descenso gradual al infierno. Roberto descubrió que la revolución no se hacía con discursos encendidos ni con banderas ondeando al viento, sino arrastrándose por el barro bajo la lluvia torrencial, comiendo raíces amargas cuando no había otra cosa, soportando los ataques despiadados del paludismo que tumbaba a los hombres más fuertes como si fueran niños.

 El hambre era una presencia constante, un vacío que roía las entrañas y nublaba el pensamiento. Los guerrilleros perdían peso a una velocidad alarmante. Sus uniformes colgaban de cuerpos cada vez más esqueléticos. Sus rostros adquirían esa palidez verdosa de quienes llevan semanas sin una comida decente. Pero lo peor no era el hambre ni la enfermedad, lo peor era la soledad, el aislamiento absoluto de un grupo de hombres perdidos en una selva que no los quería, rodeados de campesinos que los miraban con desconfianza y a veces con abierta

hostilidad. El Che había prometido que el pueblo boliviano se levantaría para unirse a la lucha, pero el pueblo boliviano no aparecía por ningún lado. Roberto observaba al Che con una mezcla de admiración y creciente inquietud. El comandante era implacable consigo mismo y con los demás.

 Exigía una disciplina férrea que no admitía excusas ni debilidades. Cuando un guerrillero se quejaba del hambre, el che le recordaba que los campesinos de Bolivia llevaban generaciones muriendo de hambre y nadie los escuchaba quejarse. Cuando alguien pedía descanso, el comandante señalaba que los soldados del ejército no descansaban mientras los cazaban como animales.

 Había algo admirable en esa dureza, una coherencia brutal entre las palabras y los actos que inspiraba respeto, pero también había algo perturbador, una frialdad que a veces parecía rayar en la crueldad. Roberto vio como El Che ordenaba castigos severos por faltas menores, cómo humillaba públicamente a quienes mostraban cobardía o indecisión, cómo hablaba de los desertores con un desprecio helado que no dejaba espacio para la compasión.

 El joven minero comenzó a preguntarse si el hombre que tanto admiraba tenía realmente un corazón latiendo bajo ese pecho hundido por el asma, o si la revolución había devorado todo lo que alguna vez fue humano en él. La emboscada ocurrió en agosto, cuando la guerrilla atravesaba una quebrada estrecha cerca del río grande.

 El ejército boliviano los había rastreado durante semanas con la ayuda de los rangers, entrenados por asesores estadounidenses, y finalmente los encontró en el peor momento posible. Los guerrilleros estaban agotados, enfermos, diezmados por las bajas y las desersiones. Muchos apenas podían caminar sosteniendo sus fusiles con manos temblorosas mientras avanzaban por el terreno traicionero de la selva.

Roberto iba en el centro de la columna cuando escuchó el primer disparo. El sonido rebotó en las paredes de la quebrada, multiplicándose en un eco infernal que parecía venir de todas direcciones a la vez. Luego vinieron las ráfagas de ametralladora, el silvido de las balas cortando el aire, los gritos de los hombres que caían.

 Roberto se arrojó al suelo por instinto, buscando refugio detrás de una roca mientras el infierno se desataba a su alrededor. Vio a su compañero Julio recibir un impacto en la cabeza y desplomarse sin un gemido. Vio a otro guerrillero arrastrándose con las tripas colgando de un agujero en su vientre. El dolor llegó antes que la comprensión de lo que había sucedido.

 Roberto sintió un golpe brutal en la pierna izquierda, como si alguien lo hubiera pateado con una bota de hierro. Y cuando miró hacia abajo, vio la sangre brotando a borbotones de un agujero del tamaño de una moneda, justo debajo de la rodilla. La bala había atravesado el músculo y probablemente había tocado el hueso, porque cuando intentó moverse un relámpago de agonía, le atravesó el cuerpo entero y le arrancó un grito que ni siquiera reconoció como propio.

 El combate duró quizás 15 minutos, aunque a Roberto le pareció una eternidad suspendida en el tiempo. Cuando finalmente el fuego cesó y los soldados se retiraron para reagruparse, el saldo era devastador. Cuatro guerrilleros muertos, tres heridos graves, municiones casi agotadas. El che apareció entre el humo y el polvo, evaluando la situación con esa mirada fría que Roberto había aprendido a reconocer.

 Los ojos del comandante pasaron sobre los cuerpos de los caídos sin detenerse, como si fueran obstáculos en un camino que había que sortear. Cuando finalmente se posaron sobre Roberto, el joven minero sintió algo helado instalarse en su pecho. El Che se acercó y se arrodilló junto a Roberto con movimientos lentos calculados.

 Examinó la herida durante unos segundos que parecieron horas, palpando los bordes del agujero mientras Roberto mordía un palo para no gritar. La expresión del comandante no cambió, no mostró compasión ni preocupación, solo esa evaluación clínica de un médico que ya ha visto demasiadas heridas como para conmoverse por una más.

 Cuando habló, su voz era tranquila, casi amable, pero sus palabras cayeron sobre Roberto como piedras. La bala tocó el hueso, compañero. No puedes caminar y no tenemos forma de cargarte. El ejército volverá en pocas horas y si nos quedamos aquí, moriremos todos. Roberto sintió que el mundo se detenía a su alrededor.

Entendía perfectamente lo que el Che estaba diciendo, pero su mente se negaba a procesar las implicaciones. Le preguntó qué iba a pasar con él, aunque ya conocía la respuesta. El Che guardó silencio por un momento, mirándolo directamente a los ojos, y en ese silencio, Roberto vio la sentencia de muerte más clara que cualquier palabra hubiera podido pronunciar.

Read More