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El expresidente más pobre recibió una invitación del régimen más cerrado del planeta… y cuando dijo “el poder es prestado”, todos en la sala guardaron silencio

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II.

Ignacio respiró hondo.

—No lo sabemos. Puede ser propaganda, curiosidad real o un intento de abrir un canal diplomático diferente. Lo único seguro es que estas invitaciones casi nunca ocurren.

Mujica miró por la ventana hacia la pista del aeropuerto.

—El mundo está lleno de muros. Algunos se ven, otros no. Tal vez tenga sentido abrir una ventanita, aunque sea para que entre un poco de aire.

El viaje fue largo. Volaron primero a Pekín y desde allí tomaron uno de los pocos vuelos permitidos hacia Pyongyang. Durante el trayecto, Laura le explicó detalles culturales, protocolos y riesgos.

—En Corea se respeta mucho la edad y la experiencia. Eso le dará cierto margen, pero cada palabra será observada.

—No vine a gustarles —respondió Mujica—. Vine a entender, si se puede.

Cuando aterrizaron en Pyongyang, la primera impresión fue de orden absoluto. Avenidas amplias, edificios monumentales, carteles de propaganda, retratos gigantescos de antiguos líderes y un silencio extraño para una capital.

En la pista los recibió el viceministro Choy, un hombre rígido, de rostro severo.

—Bienvenido a la República Popular Democrática de Corea, presidente Mujica. Es un honor recibirlo.

Mujica le estrechó la mano con naturalidad.

—Gracias por la invitación. El honor es mío.

Le asignaron una suite lujosa en un hotel para visitantes extranjeros. Era más grande que su casa entera. Esa noche, reunido con su pequeña delegación, Laura habló en voz baja.

—Todo está vigilado. Habitaciones, pasillos, conversaciones.

Mujica sonrió.

—No tengo nada que ocultar. Si quieren escuchar a un viejo hablar de tomates y filosofía barata, que escuchen.

Pero cuando quedó solo frente a la ventana, mirando las luces perfectamente ordenadas de Pyongyang, su rostro se volvió serio. Al día siguiente estaría frente a un hombre joven con poder absoluto, criado entre símbolos, miedo y obediencia.

Se preguntó qué podía decirle alguien como él a alguien como Kim Jong Un.

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