Posted in

El exídolo contestó una llamada desconocida al amanecer y escuchó algo que lo dejó helado: “El presidente quiere verlo”… pero nadie le dijo el verdadero motivo detrás de la invitación.

Signature: D43fyPYsDkf5Im/QGEa4GPFcvQnyBtM2tCigXTqQsiApMtDzPSezEXm0Rjao5jG/71HJ02AZT4FFE9YJQbZ0Q5fy812c4Lefgj/m6SJN76Bb0C+UBHDAfA2K7GI9T0OLuad/fTlMqxWbuxL+7N1D4LvFWHKTNWl2ogVN016gRSgpCK9sxyOK48ZTXX2b4ODWo8xv9ynIn/363ABnsIOhweDkhCbLg1RCBucJa3+gF/RDZedztuOzyrjW0MPgEtbOGAcXgAvd0/KOqsfjml+d1+YqH/3r+JsX/XDX4EdDx2/Ghcmi99AxkHlpfSrGmAyu6BxKLtmWtiEHmIzB3nBNVuT+wBGUwbw0RzaEA99jFfp/pSkfzZECxbsIxjS2cy+hSR77zlo0ytVi1Bg39LbrB/p0Y8zAWk+Tu4aowEz7wIq3hQZSQY5ODZT2DoFgFgsuFJcz3v++Xkp95G17ToOxm3PRlnZ21Pakon/XkYRA++vfybWm2HL82Ctl9lE/AR9/pOuj2BD95GFrzjwQbMBaUI2aNnbPQB3IlRqXEBPph4BP89qMdOz5APPt1yHUkz0Qu6YYbv+nx1rpsgRxPC3WAwhBTUiHQI+bsKotM4fmt4zdfC/ukJhSttrgg64MvTOvNN9w2LDxaBoZBk7bhILzFWX3WBvG1gzbXx4AFfLdUeEzc3qxUX0+5G1PpFncsqCwGWNDZhHhFSBsanDTh/nR93FvnLF426lzQcjkCh//omU+1t3k1me8Xnu8nY6FGXljbMmbcrI0yR/DfV35PIAorctheqonD0EbCPZCx6nBDi1IVYTEMwcf5ztIaBTfi5dKFtjpteH7KTjQZzq+gFajqZdxtSHVxcMa5E3NTWCmLUPYavmWs60RHgMD5Awt2oyP2iSbZeOlsbTfEW1zwIKHMVkr8vtZ68BAxdeSkcfqnmL4PANuNJao8qX/Qivay/DC9jd7Ga5fLJNRtrIRmVitWhmoQj+nOA9sWZKIyhdr4bA=

II.

Mientras preparaba su maleta para Brasilia, encontró una camiseta amarilla deslavada. Era la camiseta de la selección brasileña de la Copa de 2002, con el número 10 en la espalda. Pasó los dedos sobre la tela, sintiendo su textura, reviviendo el momento en que marcó aquel gol de tiro libre contra Inglaterra, cuando el mundo entero descubrió su sonrisa.

El avión aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Brasilia bajo un cielo de un azul casi irreal, típico de la meseta central. Ronaldinho observó por la ventana el diseño urbano de la capital, tan distinto de su Porto Alegre. Las líneas rectas, la arquitectura monumental, todo parecía calculado, planeado, lo contrario de su estilo de juego, siempre impredecible e intuitivo.

En la sala del aeropuerto, algunos fanáticos lo reconocieron. Una señora de unos 60 años se acercó tímidamente.

—Ronaldinho, ¿puedo tomarme una foto contigo? Mi nieto no lo va a creer.

Él sonrió, mostrando esa sonrisa característica que conquistó al mundo.

—Claro, claro. ¿Cómo se llama tu nieto?

—Gabriel. Juega en la escuelita del barrio y dice que quiere ser como tú.

Ronaldinho posó para la foto y luego escribió un mensaje para Gabriel en un pedazo de papel.

—Dile que el secreto es jugar siempre con alegría.

En el hotel, un sobre lo esperaba en la recepción. Dentro había una tarjeta con el escudo de la Presidencia de la República y un mensaje escrito a mano.

Ronaldo, tu presencia mañana significa mucho para nuestro país. Gracias por aceptar la invitación.

Lula.

Esa noche, Ronaldinho no pudo dormir bien. Daba vueltas en la cama del hotel de lujo, pensando en lo que podría ocurrir al día siguiente. No era ansiedad. Rara vez se ponía ansioso, incluso antes de las finales más importantes de su carrera. Era una especie de curiosidad mezclada con nostalgia.

Se levantó y fue hasta la ventana. Brasilia de noche era un espectáculo de luces ordenadas, con el Eje Monumental iluminado y el Congreso Nacional destacándose en el paisaje, tan diferente de las luces caóticas y vibrantes de Barcelona, o del brillo dorado de París, ciudades donde su magia había encantado a multitudes.

A la mañana siguiente, un coche oficial de la Presidencia lo esperaba en la entrada del hotel. El chofer, un hombre de mediana edad con postura militar, abrió la puerta.

—Buenos días, señor Ronaldinho. Es un honor transportarlo.

Durante el trayecto hasta el Palacio del Planalto, Ronaldinho notó que la ciudad parecía diferente. Había más movimiento de lo habitual, pequeños grupos de personas con carteles, algunas banderas de Brasil. Algo importante estaba ocurriendo.

—¿Hay algún evento especial hoy además de este al que fui invitado? —preguntó al chofer.

Read More