Mal haríamos en decirles buenas tardes. Otra vez Colombia se llena de vergüenza. Andrés Escobar, jugador de la selección Colombia, fue cobardemente asesinado en Medellín. 12 disparos cegaron la vida de un hombre que se entregó entero por representar al país con dignidad. Los asesinos después de cada disparo, lo insultaban y le gritaban golazo.
Por Dios, qué locura es esta. Es el 2 de julio de 1994. En el estacionamiento de una discoteca en las afueras de Medellín, un hombre baja de una camioneta blanca y dispara seis veces contra otro que está sentado en su propio auto. La víctima es Andrés Escobar Salda Raga, defensor de la selección colombiana de fútbol y el mejor jugador de su posición en todo el continente.
Tiene 27 años, está 5 meses de casarse y aún afirma de convertirse en jugador del AC Milán de Italia. días antes había tenido un desliz desgraciado. Metió un gol en contra en el Mundial de Estados Unidos, acción que terminó con la eliminación de Colombia del torneo. Esos 10 días son toda la distancia que existe entre un estadio lleno ovvacionando y un estacionamiento vacío, que sería escenario de su crimen.
Pero no nos adelantemos. ¿Sabías que Colombia llegó a ese mundial como una de las grandes favoritas al título después de golear 5 a0 Argentina en Buenos Aires? ¿Sabías que los jugadores recibieron amenazas de muerte antes de jugar su segundo partido? Para entender cómo el equipo más brillante de la historia colombiana termina en un crimen a sangre fría, hay que retroceder hasta el día que mataron a Andrés Escobar, el caballero del fútbol.
A finales de los años 80, Colombia vive una contradicción que le va a costar décadas superar. Por un lado, se revela una generación de futbolistas extraordinarios, con talento suficiente para competir de igual igual con cualquier selección del planeta. Por el otro, el narcotráfico se ha infiltrado en el deporte de tal manera que los dos resultan casi inseparables.

Dos líneas de voltaje que convergen en un sistema sin capacidad para manejarlas sin riesgo de muerte. Todo comienza en 1989, cuando el Atlético Nacional de Medellín levanta la Copa Libertadores, el torneo de clubes más importante de América del Sur que se organiza cada año desde 1960 y reúne a los mejores equipos del continente.
Es la primera vez que un club colombiano lo consigue y toda la nación lo celebra. Pero detrás del festejo hay una sombra larga. Pablo Escobar Gaviria, jefe del cártel de Medellín y el narcotraficante más buscado del mundo. Fue accionista del club años atrás y seguía manteniendo vínculos con la institución, algo que nadie nombra en voz alta.
Escobar no es el único capo con un equipo de fútbol. El negocio del narcotráfico y el fútbol colombiano están tan entrelazados en esa época que los analistas lo llaman directamente narcofútbol. Pablo Escobar controla al Nacional y al Independiente Medellín. Su socio Gonzalo Rodríguez Gacha, apodado El mexicano, mete dinero en Millonarios de Bogotá, el club más ganador de la historia colombiana.
Y el cártel de Cali, la organización rival liderada por los hermanos Rodríguez Orejuela, respalda al América de Cali. La rivalidad entre esos equipos en la cancha es a su manera, el mismo duelo de poder que aparecen los titulares violentos bajo la forma de crónicas de violencia callejera. Los capos usan el fútbol para lavar dinero, pero también por pasión genuina.
Escobar en particular lo ve como un refugio en cada una de sus propiedades. Manda construir canchas, ve partidos sin descanso y trata a los jugadores de sus equipos como amigos personales. Les organiza encuentros en su hacienda, los premia cuando ganan títulos y los convoca cuando quiere celebrar algo. Los jugadores saben quién es y aunque todo se mantiene en una atmósfera amable, casi alegre, saben bien que no siempre tienen opción de negarse.
Hay una escena que resume esta época mejor que cualquier análisis. En 1991, cuando Escobar está recluido en la catedral, una cárcel que él mismo diseñó y negoció con el gobierno colombiano en las montañas de Envigado, convoca el plantel del Nacional para felicitarlos por la Libertadores. Los jugadores suben para almorzar con él y después organizo de fútbol.
El arquero René Guita paga un precio alto por esa relación. es en ese momento uno de los mejores porteros del mundo, conocido por su estilo temerario de salir muy lejos del arco y por un talento con el balón en los pies que ningún arquero de su época tiene, pero es detenido por haber intermediado en el secuestro de una menor vinculada al entorno de Escobar.
Pasa 6 meses en la cárcel de la Modelo en Bogotá y pierde la oportunidad de jugar el mundial de 1994. La selección, que en ese momento es la carta de presentación de Colombia ante el mundo, no puede permitirse ese tipo de escándalos, pero los peores problemas están por llegar. Con figuras como Carlos Valderrama, Faustino Asprilla, Frederick Rincón y Andrés Escobar.
La selección colombiana de principios de los 90 es espectacular. El técnico Francisco Maturana, el primer entrenador colombiano en ganar una Copa Libertadores, construye un equipo que juega con una fluidez y una creatividad que no se ve en ningún otro equipo del continente. Las eliminatorias para el mundial de 1994 son una exhibición de habilidad en la que Colombia clasifica con comodidad, con solo dos goles en contra en toda la fase.
Andrés Escobar es una de las piezas centrales de ese equipo. Nacido en Medellín en 1967, defiende al Atlético Nacional desde los 19 años y es parte del plantel que ganó la primera Copa Libertadores de la historia colombiana. Como defensor central, su marca es la elegancia. Sale jugando desde el fondo, gana los duelos en el aire y nunca apela la infracción cuando puede resolver con la posición.
Sus compañeros y la prensa lo llaman el caballero del fútbol, un apodo que tiene tanto que ver con su forma de jugar como con su manera de ser. Siempre con traje, siempre educado, manteniendo la tranquilidad y midiendo tanto su juego como sus palabras ante la prensa. El partido que convierte a Colombia en favorita al título mundial ocurre el 5 de septiembre de 1993 en Buenos Aires.
La selección visita Argentina en el estadio Monumental ante su propia hinchada en un partido decisivo de eliminatorias. Argentina es en ese momento subcampeona del mundo y no perdió de local de forma aplastante en décadas. El resultado final es un inesperado y espectacular 5 a0. Dos goles de Asprila, dos de Rincón y uno de Valencia.
Nunca antes una selección visitante había ganado en el Monumental por esa diferencia. La hinchada local al terminar el partido aplaude de pie a los colombianos. En el vestuario visitante, los jugadores no terminan de creer lo que acaban de hacer. En Colombia el país entero se queda mirando las pantallas tratando de creerlo.
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El presidente César Gaviria, que lleva años intentando que el mundo vea algo diferente, además de la violencia y el narcoterrorismo, adopta a la selección como emblema nacional. Viaja con el equipo, aparece junto a los jugadores ante las cámaras y los proyecta como la imagen de un país nuevo. Los colombianos se identifican con ese equipo de una forma que va más allá del fútbol.
Es una mezcla de orgullo, esperanza y una muy necesaria sensación de que algo bueno es posible en medio de todo lo que está pasando. Hasta Pelé, el futbolista brasileño más célebre de la historia, señala a Colombia como candidata al título del Mundial de 1994. Entonces, en diciembre de 1993, Pablo Escobar muere en el tejado de una casa en Medellín, abatido por el bloque de búsqueda, una unidad especial del gobierno colombiano.
Para el mundo es el fin de una era. Para Colombia es el comienzo de un nuevo caos. La muerte del capo más poderoso del país no trae paz, sino una guerra entre los grupos que quedan por el control de sus rutas y de su dinero. En Medellín y en otras ciudades, los secuestros y las amenazas se vuelven parte de la vida diaria. En ese clima es que la selección termina de prepararse para viajar a Estados Unidos y a las promesas de una gloria desconocida.
Los jugadores saben que llevan sobre sus hombros algo que sobrepasa las tensiones del fútbol. Representan a un país que necesita una buena noticia, pero también saben, aunque nadie lo dice en voz alta, que hay personas muy peligrosas que han apostado cantidades enormes de dinero a su favor.
El fútbol mueve sumas astronómicas y todos lo saben, pero este circuito millonario clandestino no tiene nada que ver con la puja habitual del mundo del deporte. En la Colombia de 1994, las inversiones de cierta gente no admiten pérdidas sin consecuencias. El antecedente existe y es reciente. En 1989, un árbitro fue asesinado tras pitar en contra del Atlético Nacional en un partido decisivo.
El crimen fue atribuido al entorno de Pablo Escobar. Nadie en la selección ignora esta historia, ni el cuerpo técnico ni los directivos. saben que hay en juego mucho más que un título deportivo, aunque sea el más prestigioso del mundo. El primer partido del mundial es contra Rumania el 18 de junio de 1994 en el estadio de Rose Bowl en Pasadena, California.
Colombia es favorita y no es para menos. Tiene mejores jugadores, más ritmo y más capacidad ofensiva. Pero el fútbol no funciona así. Rumania, liderada por George Hagy, uno de los mejores mediocampistas de Europa en ese momento, desconecta Colombia de su juego habitual, sale al contragolpe y anota primero.
Colombia no puede reaccionar, pierde 3 a 1. Es la primera gran sorpresa del torneo. En el vestuario, el ambiente es de conmoción y no solo por la derrota. Desde Colombia empiezan a llegar noticias preocupantes. La familia de los jugadores reciben visitas de personas que no se identifican. aparecen pintadas en las paredes de algunas casas.
Nerviosos, los jugadores se comunican con sus familiares y confirman lo que temían. El ambiente es denso, los rumores corren y nubes negras se agrupan en un torbellino justo sobre sus cabezas. Entonces llega la amenaza directa. El técnico Francisco Maturana baja una noche al lobby del hotel con los ojos llorosos. Momento que los jugadores describen años después con una imagen que no se olvida más.

Dicen que es como ver llorar a un padre. Lo único que dice es que están amenazados. La amenaza es concreta. Uno de los jugadores titulares, Gabriel Gómez, apodado Barrabas, no puede jugar el siguiente partido porque si juega matan a alguien. No está claro quién está detrás de la amenaza. Lo que sí queda decidido es que tiene que ver con apuestas e intereses de quienes quieren que el reemplazante de Barrabaz gane protagonismo en el mundial para luego venderlo a un club europeo.
El fútbol colombiano, incluso en el escenario de un mundial, sigue siendo un territorio donde las inversiones se defienden sin importar los medios. Gabriel Gómez toma la decisión él mismo. No puede jugar sabiendo que la vida de otra persona depende de que se quede en el banco. Se lo comunica al equipo técnico y sale del equipo.
La selección enfrenta a Estados Unidos en ese estado, amenazada con el técnico desecho y con la presión de saber que una derrota más puede hacer la diferencia entre la gloria y la tragedia. Y es así como nuestra historia vuelve al principio. Es el 22 de junio de 1994. Colombia juega contra Estados Unidos en el Ross Bow y necesita ganar sí o sí para seguir en el torneo.
En el minuto 35, el delantero estadounidense John HK lanza un centro al área colombiana y Andrés Escobar sale al encuentro del balón, pero se queda corto. Entonces se lanza en una barrida e intenta despejar con el pie izquierdo. Logra interceptar la pelota, pero hacia la dirección equivocada, directamente a su propia portería.
El arquero no puede hacer nada. El balón entra y rebota contra la red. Escobar se queda en el piso unos segundos, se agarra la cabeza y aún hoy es imposible saber qué pasa por su mente. Colombia termina perdiendo 2 a 1 y queda eliminada automáticamente del Mundial antes de lo que nadie hubiera imaginado posible. La selección que pelea había señalado como candidata al título.
No puede siquiera salir de la primera ronda. En las calles de Colombia, en los bares, en las casas, el gol en contra se reproduce en bucle. La frustración es enorme, pero para algunos no es solo eso, sino una pérdida económica de proporciones que no se pueden hacer públicas. Las apuestas de los capos que habían invertido en la victoria colombiana acaban de convertirse en polvo y en ese mundo el que aparece en pantalla cometiendo el error es Andrés Escobar.
El jugador vuela de regreso a Colombia junto al resto de la delegación contra el consejo de quienes le piden que espere. Sus familiares insisten también en que no vuelva todavía, que deje pasar el calor del momento. Él se niega. Dice que hay que dar la cara, que la vida no termina ahí.
Esa frase que repite en privado y que publica Día después en una columna en el diario El Tiempo es lo último que escribe. La firma al pie dice Andrés Escobar Salda Raga, pero la culpa le pesa y pasa los primeros días después del mundial encerrado en su casa en Medellín. El ambiente en la ciudad es extenso. Hay patrullas custodiando las familias de varios jugadores.
Sus compañeros de equipo permanecen en sus casas. El recibimiento en el aeropuerto no fue como todos temían, sino que el público colombiano los recibió con aplausos y alentando. Y probablemente eso es lo que hace que Escobar baje la guardia. El 2 de julio, su amigo Juan Jairo Galeano lo convence de salir. Van a una discoteca llamada El indio en la vía Las Palmas en las afueras de Medellín y Escobar está acompañado por su novia Pamela Cascardo, una odontóloga con quien llevaba 5 años de relación y se va a casar en noviembre. Desde una
mesa cercana, un grupo de hombres empieza a gritarle burlas por el gol en contra hasta que Escobar se acerca y pide respeto. Los hombres son los hermanos Pedro y Santiago Gallón Nao, narcotraficantes con vínculos paramilitares que habían sido socios de Pablo Escobar y que luego colaboraron con los Pepes, el grupo de enemigos del capo que contribuyó a su localización y su muerte. El jugador vuelve a su mesa.
Cuando va a retirarse y sale el estacionamiento, los Gallón lo interceptan de nuevo con una camioneta. Y la discusión se reanuda. Santiago Gallón, el mayor de los hermanos, le dice, “Usted no sabe con quién se está metiendo.” En ese momento, Humberto Muñoz Castro, el chóer de los hermanos, baja de la camioneta, se acerca al auto de Escobar y dispara seis veces.
Todos los tiros impactan en el cuerpo del futbolista. El pulmón, el estómago, el cuello y el antebrazo izquierdo. Pamela Cascardo se pone al volante y conduce hasta el hospital más cercano a toda velocidad. Pero Andrés Escobar muere 45 minutos después de recibir el último disparo. Tiene 27 años y estaba 5 meses de casarse.
Era el candidato natural a ser el próximo capitán de la selección colombiana y el técnico Maturana lo declaraba así públicamente desde hacía meses. Humberto Muñoz Castro es detenido en menos de 24 horas y condenado a 43 años de prisión. Los cambios posteriores en el Código Penal colombiano reducen esa condena a 23, pero con los beneficios por buena conducta y la libertad condicional.
Termina cumpliendo 11 años de cárcel y sale en 2005. Los hermanos Gallónenao son condenados a 15 meses de prisión por encubrimiento. Pagan una fianza de 1 millón de pesos colombianos y quedan libres antes de cumplir los 3 meses. Años después, uno de ellos recibe una condena adicional de 3 años por financiación de grupos paramilitares, pero nada más.
La investigación tiene una particularidad que el fiscal del caso, Jesús Albeiro Yep, describiría públicamente años después. Varios narcotraficantes que habían sido perdonados por el estado colombiano por colaborar contra el cártel de Medellín aparecen ante la fiscalía declarar a favor de los Gallón. Según el propio fiscal, los Gallón no solo tenían dinero, sino poder y amigos dentro del Estado.
La hipótesis de que el crimen fue ordenado por algún capo que perdió dinero en apuestas nunca pudo probarse. La investigación oficial concluye que todo fue una pelea espontánea en un estacionamiento. Muchos, incluyendo compañeros de equipo, amigos y el propio técnico Maturana, creen que la verdad es más complicada.
El técnico lo resume con una frase que queda registrada para la historia. estaba en el lugar equivocado. En el momento equivocado, al funeral de Andrés Escobar asisten cerca de 120,000 personas en el cementerio Campos de Paz de Medellín, que se llena de verde y blanco, los colores del Atlético Nacional. En los días siguientes, los jugadores de la selección salen a la calle con escolta reforzada.
Los compañeros de Escobar, muchos de los cuales lo conocen desde la infancia, no pueden hablar ante las cámaras. La fatalidad deja su marca en la historia de Colombia, justo en la línea que divide la pasión de las masas, de las bajas pasiones del mundo mafioso. En Colombia, Escobar es apodado desde entonces, el inmortal número dos, el número que llevaba en su camiseta tanto en el Atlético Nacional como en la selección.
El club crea la orden de mérito Andrés Escobar Salda Raga para reconocer cada año a quienes contribuyen al crecimiento de la institución dentro y fuera de la cancha. Su familia funda el proyecto Andrés Escobar, una organización que da a jóvenes de barrios vulnerables la oportunidad de aprender fútbol en lugar de estar en la calle.
Su padre Darío Escobar, un empleado bancario que había fundado una organización similar cuando Andrés era niño, sigue al frente del proyecto, décadas después, el fútbol colombiano de esa época quiso mostrar al mundo que el país era más que violencia, pero la violencia estaba tan dentro del fútbol que no había manera de separarlos.
Andrés Escobar lo entendió demasiado tarde o quizás desde el principio y decidió no cambiar quién era. Para muchos amantes del deporte, eso lo dice todo.