En el complejo escenario político colombiano, pocos nombres generan tanta polarización como el de Abelardo de la Espriella. El abogado, conocido durante años por su estilo de vida extravagante, sus gustos europeos y su abierta declaración de ateísmo, parece haber experimentado una “conversión” tan oportuna como estratégica. Recientemente, se ha revelado su creciente influencia dentro de las iglesias cristianas, donde está siendo presentado no solo como un candidato, sino como una figura providencial: el “Ciro de Colombia”.
Esta metamorfosis ha encendido las alarmas entre analistas y comunicadores, quienes ven en este movimiento un calco de las estrategias utilizadas por figuras de la derecha radical internacional como Jair Bolsonaro en Brasil o Javier Milei en Argentina. La referencia al rey Ciro el Persa no es gratuita; en la narrativa evangélica, Ciro fue un gobernante que, sin ser creyente, fue u
tilizado por Dios para salvar a su pueblo. Bajo esta premisa, de la Espriella intenta neutralizar las críticas por su pasado secular, presentándose como el instrumento necesario para la “salvación” del país.
Una estructura de poder bajo el manto de la fe

El epicentro de esta nueva alianza parece ser la iglesia Tabernáculo de la Fe y el respaldo de figuras tan controvertidas como el pastor Miguel Arrázola de la iglesia Ríos de Vida en Cartagena. Este cónclave religioso no es simplemente una reunión de oración; es la consolidación de una plataforma política con una capacidad de movilización que muchos partidos tradicionales envidiarían. La disciplina de voto dentro de estas congregaciones es comparada por expertos con estructuras militares por su nivel de lealtad y convicción.
Detrás de Abelardo de la Espriella no hay solo pastores, sino también una asesoría internacional de alto nivel. Se reporta que el equipo que impulsó a Nayib Bukele en El Salvador y a Milei en el sur del continente está moviendo los hilos de su campaña. El objetivo es claro: capitalizar el descontento social y canalizarlo a través de un discurso que mezcla la “patria y Dios”, un binomio que históricamente ha dado resultados contundentes en las urnas latinoamericanas.
La guerra de los memes y la desinformación
Uno de los puntos más oscuros de esta campaña es el uso intensivo de las redes sociales para el desprestigio de los opositores. Durante los debates y análisis recientes, se ha puesto de manifiesto cómo la maquinaria de de la Espriella utiliza memes y noticias falsas para atacar a figuras de la izquierda, como el senador Iván Cepeda. Imágenes manipuladas y ataques personales se difunden rápidamente entre seguidores que, en muchos casos, carecen de las herramientas para distinguir la ficción de la realidad.
Este fenómeno no es nuevo, pero la sofisticación con la que se está aplicando en esta campaña es preocupante. El uso de la inteligencia artificial y la psicología de masas permite que mensajes cargados de odio o desinformación penetren en sectores de la población que se informan exclusivamente a través de plataformas digitales. Según diversos comunicadores, la calumnia y la injuria se están convirtiendo en herramientas de uso cotidiano para alcanzar objetivos políticos, desafiando la legalidad y la ética democrática.
El retorno del uribismo radical y los apoyos mediáticos

La candidatura de de la Espriella también actúa como un imán para el uribismo más férreo. Figuras como la exministra Sandra Suárez han manifestado públicamente su apoyo, lo que arrastra consigo una compleja red de influencias que incluye a importantes medios de comunicación. La relación entre los asesores de la campaña y las directivas de grandes conglomerados mediáticos sugiere un blindaje informativo que busca proyectar una imagen heroica del candidato mientras se minimizan sus controversias pasadas como abogado.
El debate sobre las cifras de seguridad y la expansión de grupos armados, liderado por aliados como Paloma Valencia, también forma parte de esta narrativa de “mano dura” que de la Espriella promete ejecutar. Sin embargo, la falta de rigor técnico y la ausencia de fuentes claras en estas denuncias sugieren que el objetivo no es informar, sino generar un estado de miedo que justifique la necesidad de un líder con características mesiánicas.
Conclusión: ¿Hacia dónde va Colombia?
El ascenso de Abelardo de la Espriella como el “ungido” de las iglesias cristianas marca un hito en la política nacional. No se trata simplemente de un cambio de discurso, sino de la implementación de un modelo de control social y político que utiliza la fe como motor electoral. Mientras el abogado se desprende de su antigua piel de intelectual ateo para abrazar los símbolos religiosos, el país observa con incertidumbre si esta alianza es un camino hacia la estabilidad o el inicio de una era de fanatismo y división profunda.
La moneda está en el aire, pero algo es seguro: la mezcla de política, religión y desinformación digital ha creado una fórmula explosiva que dominará la conversación pública en los próximos meses. La ciudadanía se enfrenta al reto de mirar más allá del espectáculo y cuestionar las bases de estos “oscuros pactos” que pretenden decidir el futuro de la nación desde los púlpitos y las redes sociales.