Posted in

El Che Guevara LLORÓ a las 3AM — Su Guardaespaldas Americano REVELA el Secreto

65 años he cargado con un secreto y ya no puedo llevármelo a la tumba. En 1959, yo era el policía asignado para proteger a Chegevara en Washington. Todo el mundo pensaba que era un asesino. Yo también lo pensaba hasta que esa noche lo encontré llorando solo en el pasillo del hotel. El mundo lo conoce como revolucionario, pero yo esa noche vi a un hombre completamente diferente.

Mi nombre es Thomas McCarthy y tenía 24 años cuando recibí la orden más extraña de mi carrera. Era junio y el calor de Washington apenas se soportaba. Llevaba solo 3 años en el departamento de policía metropolitana cuando mi sargento me llamó a su oficina. Su rostro estaba serio, más serio de lo habitual.

me dijo que había sido seleccionado para una misión especial de protección diplomática. Cuando pregunté a quién debía proteger, el sargento tardó unos segundos en responder. Finalmente dijo un nombre que me heló la sangre, Ernesto Guevara, el comandante cubano. Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.

Me estaban pidiendo que protegiera a un comunista, a un enemigo de todo lo que mi familia representaba. Para entender lo que sentí en ese momento, debo explicar de dónde vengo. Mi padre, Patrick McCarthy, trabajó 40 años en una fábrica de acero en Baltimore. Era un hombre de manos enormes y corazón sencillo que creía en tres cosas: Dios, América y el trabajo duro.

Mi madre Ctherine limpiaba casas de familias ricas en Georgetown mientras nosotros crecíamos. éramos cinco hermanos y yo era el menor. Mi hermano mayor, Michael se alistó en el ejército cuando yo tenía 15 años. Era mi héroe, el hombre que quería ser cuando creciera. Michael me enseñó a lanzar una pelota de béisbol, me defendía de los brabucones del barrio y me prometió que cuando volviera de Corea me llevaría a ver a los senators jugar en el estadio.

Nunca cumplió esa promesa. En marzo de 1953 recibimos la noticia de que Michael había muerto en combate cerca del paralelo 38. Mi madre nunca se recuperó completamente. Mi padre comenzó a beber más de lo debido y yo, con 18 años juré que dedicaría mi vida a combatir a los comunistas que habían matado a mi hermano.

Ahora, 6 años después de la muerte de Michael, me ordenaban proteger a uno de ellos, no a cualquiera, sino a uno de los líderes de la Revolución Cubana, un hombre que, según los periódicos, había ejecutado a cientos de personas. Quise negarme. Quise decirle a mi sargento que buscara a otro, pero sabía que eso significaría el fin de mi carrera.

Además, una parte de mí sentía curiosidad. Quería ver de cerca a ese monstruo del que tanto hablaban. Quería mirarlo a los ojos y confirmar todo lo que creía sobre los comunistas. La mañana del primer día me presenté en el hotel Statler con mi uniforme impecable y mi revólver cargado. Había otros tres oficiales asignados a la misma tarea, pero yo era el único que hablaría algo de español.

Lo había aprendido de los trabajadores mexicanos que vivían en nuestro barrio cuando era niño. Nunca imaginé que esas palabras aprendidas en las calles de Baltimore me servirían para algo así. Esperamos en el lobby durante 2 horas hasta que finalmente llegó la comitiva cubana. Lo primero que noté fue que Ernesto Guevara no se parecía en nada a lo que esperaba.

Los periódicos lo describían como un gigante feroz con mirada de asesino. El hombre que bajó del automóvil negro era delgado, casi frágil, con una barba descuidada y ojos que parecían cansados. vestía un uniforme verde olivo arrugado que contrastaba con los trajes elegantes de los diplomáticos que lo acompañaban.

Caminaba con cierta dificultad, como si le costara respirar, y de vez en cuando sacaba un inhalador del bolsillo para aspirar profundamente. Más tarde supe que padecía asma severa desde niño. Cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez, no vi al monstruo que esperaba encontrar. Vi a un hombre de 31 años que parecía llevar el peso del mundo sobre sus hombros.

Me miró durante unos segundos, asintió levemente con la cabeza como saludo y siguió caminando hacia el interior del hotel. Ese simple gesto me desconcertó. Esperaba desprecio, arrogancia, odio. En cambio, recibí un reconocimiento silencioso, como de un hombre a otro. Los primeros dos días transcurrieron sin mayores incidentes.

Mi trabajo consistía en acompañar a Guevara durante sus desplazamientos por la ciudad, vigilar los pasillos del hotel durante la noche y reportar cualquier actividad sospechosa. Había manifestantes afuera del hotel, cubanos exiliados que gritaban insultos y amenazas de muerte. También había simpatizantes que lo vitoreaban como héroe.

Washington estaba dividida sobre este visitante inesperado. Durante esos primeros días, apenas intercambiamos palabras. Yo mantenía mi distancia profesional observándolo desde las sombras como me habían ordenado, pero no podía evitar notar pequeños detalles que contradecían la imagen del tirano despiadado. Lo vi dar dinero a un mendigo en la calle, algo que sus escoltas cubanos intentaron impedirle.

Lo vi detenerse para hablar con un grupo de niños que jugaban en un parque preguntándoles sobre sus vidas con genuino interés. Lo vi rechazar el lujoso menú del hotel para pedir simplemente arroz y frijoles, diciendo que no podía comer como rey mientras su pueblo todavía pasaba hambre. La noche del segundo día ocurrió algo que cambió mi percepción para siempre.

Eran las 3 de la madrugada y yo hacía mi ronda habitual por el piso donde se hospedaba la delegación cubana. El pasillo estaba en silencio, iluminado apenas por las lámparas de pared que proyectaban sombras alargadas sobre la alfombra. Cuando doblé la esquina hacia la suite principal, lo vi. Ernesto Guevara estaba sentado en el suelo con la espalda apoyada contra la pared, completamente solo.

Tenía la cabeza entre las manos y sus hombros temblaban. Al principio pensé que estaba enfermo, quizás otro ataque de asma, pero cuando me acerqué sigilosamente escuché los hoyosos. El comandante Guevara, el revolucionario temido, el ejecutor de la cabaña, estaba llorando como un niño perdido. Me quedé paralizado sin saber qué hacer.

Mi entrenamiento me decía que debía retirarme, darle privacidad, fingir que no había visto nada. Pero algo me mantuvo allí. Observando a este hombre que se desmoronaba en la soledad de un pasillo de hotel a miles de kilómetros de su hogar. Debía hacer algún ruido porque de pronto levantó la cabeza y me vio. Sus ojos estaban rojos, su rostro húmedo por las lágrimas.

Read More