Para él la liturgia no es un espectáculo, sino participación en el misterio pascual de Cristo. Sus palabras resonaron en corazones sedientos de reverencia. Sara se convirtió así en una voz profética dentro de la iglesia, llamándola de vuelta a sus raíces litúrgicas y doctrinales. Muchos lo veían como un faro de ortodoxia en tiempos de confusión.
Sus discursos, siempre serenos y profundos, aportaban una claridad que muchos pastores y fieles anhelaban escuchar. A pesar de las presiones del ambiente eclesial, muchas veces dividido, Sara nunca se dio a modas ni a presiones ideológicas. Su fidelidad inquebrantable al magisterio de la Iglesia en toda su plenitud lo convirtió en referencia para los católicos fieles a la tradición.
un cardenal que no se doblegaba ante las mareas pasajeras del mundo. Sus libros como Dios o nada y la fuerza del silencio se convirtieron en bestsellers en el ámbito católico, traducidos a diversas lenguas. En estas obras, Sara expone su visión de una iglesia que debe reencontrar su identidad en el silencio, en la oración y en la fidelidad absoluta a Cristo.
Una verdadera escuela de espiritualidad y resistencia. El cardenal Sara no buscaba aplausos. Por el contrario, su camino era el de la cruz, de la renuncia y del testimonio silencioso. Para él, el futuro de la Iglesia no depende de estrategias humanas, sino de la santidad de sus hijos. Un pensamiento radicalmente evangélico, profundamente contracultural.
Su figura imponente y serena impresionaba a quienes se encontraban con él. Su mirada profunda, su voz calma, su modo de hablar pausado y firme comunicaban la gravedad de quien habla desde la intimidad con Dios. Sara era un hombre que venía del silencio para enseñar la verdad eterna. Ante un mundo en ebullición, muchos empezaron a vislumbrar en él a un posible papa.
Un papa que traería a la iglesia una renovación basada en la tradición y en la adoración a Dios. un pastor fiel que no temía el martirio de la impopularidad a cambio de la fidelidad al evangelio. Una señal de esperanza para tiempos difíciles. A medida que crecía su reconocimiento, también crecían las resistencias.
Dentro de la propia iglesia, sectores más progresistas veían en Sara una amenaza al espíritu de cambio que deseaban promover. Sin embargo, el cardenal no respondía con polémicas, sino con más oración y silencio. Su fuerza residía en la confianza absoluta, en la providencia divina. En las entrevistas que concedía, Sara reiteraba que la crisis de la iglesia era ante todo una crisis de fe.
Para él, el abandono del sentido de lo sagrado en la liturgia reflejaba una pérdida más profunda, la pérdida de la fe en el Dios vivo. Sus palabras, fuertes y al mismo tiempo serenas, desafiaban a un cristianismo tibio. Hablaba como un profeta moderno. Uno de los temas más queridos para Sara era la centralidad de la Eucaristía en la vida cristiana.
Lamentaba profundamente la banalización del santo sacrificio de la misa y la falta de respeto a la presencia real de Cristo en el altar. proponía con valentía reformas que rescataran la sacralidad del culto, entre ellas la orientación adorientem, vueltos hacia el Señor. El cardenal Sara defendía que la Iglesia necesitaba reencontrar su eje en Dios y no en sí misma.
Para él, una iglesia autocentrada, preocupada solo por su relevancia social, corre el riesgo de volverse espiritualmente irrelevante. Su visión era radicalmente cristocéntrica, centrada en el misterio de la cruz y de la resurrección. En África, muchos obispos y sacerdotes veían en Sara un ejemplo de fidelidad y valentía.
Su influencia entre el clero africano crecía, inspirando a una nueva generación de pastores comprometidos con la ortodoxia. África, tan frecuentemente marginada, se convertía ahora en una fuente de renovación para la Iglesia Universal. Sara era una de sus luces más brillantes. Su libro Dios o nada se convirtió en un hito del pensamiento católico reciente.
En él, Sara expone con claridad que no hay término medio. O Dios es todo o él es nada. Esa radicalidad evangélica, tan olvidada en tiempos de compromiso y relativismo tocaba profundamente los corazones. Era un llamado urgente a la conversión. El estilo de Sara era sobrio, pero nunca frío. En sus palabras se traslucía la pasión por el evangelio y por el bien de las almas.
Nunca utilizaba tonos de condena, pero siempre llamaba a los fieles a la luz de la verdad. Su amor por la Iglesia era visible, incluso cuando necesitaba hacer advertencias duras. En el debate sobre la recepción de la sagrada comunión, Sara se posicionó con firmeza. Solo quien está en estado de gracia puede recibir el cuerpo del Señor.
Rechazaba cualquier intento de adaptación pastoral que contradijera la doctrina inmutable. Para él la misericordia nunca puede separarse de la verdad. Sobre la crisis vocacional en Occidente, Sara atribuía la causa a la falta de fervor espiritual y de amor a Dios. Sin oración, sin sacrificio, sin adoración, los seminarios se vacían.
Por ello, insistía en la necesidad de reconstruir la vida interior de los jóvenes. La santidad era el único camino para la revitalización de la Iglesia. Su visión sobre la sociedad moderna era igualmente clara. Denunciaba el materialismo, el relativismo moral y la ideología de género como amenazas gravísimas a la dignidad humana.
Sin miedo a ser acusado de conservador, Sara prefería ser fiel a la verdad de Dios que agradar al mundo. Era un verdadero confesor de la fe. En 2016, Sara causó repercusión al pedir que los sacerdotes celebraran la misa ad Orientem vueltos hacia Dios. La propuesta, fiel a la tradición litúrgica, fue acogida con entusiasmo por muchos, pero también encontró resistencia.
Sara, sin embargo, se mantuvo firme, insistiendo en que la liturgia debe dirigir toda la atención al Señor. Su concepción de reforma litúrgica era en realidad una restauración de la verdadera reforma deseada por el Concilio Vaticano Segundo. Para Sara, la liturgia debería ser simple, pero solemne, participativa, pero reverente, comprensible, pero misteriosa.
veía en ello no un retorno al pasado, sino un reencuentro con la fuente viva de la tradición. A pesar de las tensiones y críticas, Sara continuaba su trabajo con serenidad. No buscaba defender un proyecto personal, sino proteger el tesoro de la fe transmitido por los apóstoles. Sabía que al final lo que importa no son los aplausos ni las críticas, sino la fidelidad ante Dios.
una fidelidad que no hace concesiones. Su amistad con Benedicto X, marcada por gran respeto y sintonía espiritual, fue otra señal de la profundidad de su pensamiento. Ambos compartían la misma visión sobre la centralidad de la liturgia, la necesidad de la renovación espiritual y la defensa de la verdad católica. Una alianza espiritual para tiempos difíciles.
La publicación del libro Desde lo más profundo de nuestro corazón coescrito con Benedicto XV reavivó los debates sobre el celibato sacerdotal. Sara defendía el celibato no como una mera disciplina eclesiástica, sino como una exigencia espiritual profunda ligada a la entrega total a Cristo.
Para él, el sacerdote debe ser todo de Dios. Ante las controversias, Sara respondió con humildad y firmeza. negó haber actuado contra el Papa Francisco, reiterando su obediencia filial al sumo pontífice. Para él, la fidelidad a la verdad y la fidelidad al Papa caminan juntas. Su actitud demostraba la madurez espiritual de quien sabe sufrir en silencio.
Sara veía la crisis de la iglesia no como un motivo de desesperación, sino como un llamado a la santidad. En sus discursos animaba a los fieles a no desanimarse, sino a apoyarse en la oración, en la Eucaristía y en la palabra de Dios. Un verdadero líder espiritual para tiempos de tribulación.
En sus visitas alrededor del mundo, Sara encontraba multitudes sedientas de verdad y esperanza. Jóvenes, familias, religiosos. Todos veían en él una referencia segura. Su presencia silenciosa pero imponente transmitía paz y confianza, una señal visible de que Dios no abandona su iglesia. A pesar de la creciente presión para que la Iglesia se adaptara a los vientos del mundo moderno, Sara mantenía su posición de centinela.
Veía en el relativismo una amenaza mortal no solo para la fe, sino para la propia humanidad. La fidelidad a la ley natural y al evangelio era para él la única respuesta verdadera. Sus discursos en las asambleas sinodales fueron siempre claros y valientes. No hablaba para agradar a los oídos, sino para tocar los corazones.
Sus palabras, fundamentadas en la escritura y la tradición traían la fuerza de los profetas antiguos, una voz que no se callaba ante la confusión. En el fondo, Sara sabía que toda verdadera reforma en la iglesia pasa por la santidad personal. No son documentos o programas los que renuevan la Iglesia, sino los santos.
Por eso, su principal preocupación era formar almas que se entregaran totalmente a Cristo, un proyecto de renovación basado en la conversión. En sus oraciones, Sara confiaba todo a la Virgen María. veía en ella el modelo perfecto de silencio, de fe y de entrega. Como María deseaba solo decir, “Hágase en mí según tu palabra.” Su espiritualidad mariana era profunda y discreta, pero esencial en su vida interior.
Sara no deseaba títulos, cargos ni glorias humanas. sabía que la única verdadera gloria es ser encontrado fiel en el momento del juicio. Por eso se dedicaba totalmente a la misión que le fue confiada, sin reservas, sin cálculos, un verdadero servidor de la Iglesia en el espíritu de Cristo, siervo. En la cultura de la imagen y la autopromoción, Sara se destacaba por su humildad y desapego.
Rechazaba entrevistas sensacionalistas. Evitaba discusiones públicas inútiles, buscaba siempre el recogimiento. Un testimonio silencioso de que la verdadera grandeza cristiana se encuentra en la humildad. Al final de la década de 2010, muchos católicos veían en Sara un candidato ideal papado, un papá africano fiel a la tradición, profundo hombre de oración, capaz de guiar a la Iglesia con firmeza y ternura.
La providencia, sin embargo, reserva sus misterios. Sara continuaba su misión sin ambiciones, esperando todo de Dios. Mientras el nombre de Sara circulaba como posible candidato al trono de Pedro, el propio cardenal se mantenía en discreta oración. Sabía que los caminos de Dios a menudo sorprenden las expectativas humanas.
Para Sara, lo más importante no era el cargo que alguien ocupa, sino la fidelidad con la que sirve a Dios. Su vida seguía moldeada por el abandono confiado a la voluntad divina. En un futuro cónclave, muchos veían la necesidad de un Papa capaz de restaurar la reverencia, la claridad doctrinal y la firmeza pastoral.
Sara, con su experiencia de sufrimiento, fe inquebrantable y amor a la liturgia, parecía reunir todas esas cualidades, pero en su humildad nunca se veía como protagonista. Se veía solo como un siervo indigno. Sara creía que la verdadera fuerza de la Iglesia viene de los santos ocultos y no de los grandes administradores.
La santidad silenciosa, decía él, sostiene la Iglesia mucho más que las estructuras visibles. Para él, sin oración y penitencia, toda reforma externa sería vana. La verdadera renovación comienza en los corazones. En sus retiros espirituales, Sara insistía en la necesidad del recogimiento interior. En un mundo ruidoso, saturado de ruido y distracciones, el silencio se convierte en un acto de resistencia espiritual.
En el silencio, Dios habla y en el silencio, el alma aprende a escuchar su voz. Esta era la pedagogía espiritual que Sara predicaba y vivía. Sus encuentros con jóvenes estaban marcados por palabras fuertes y tiernas. Los animaba a no tener miedo de ser diferentes del mundo, a abrazar la cruz y a buscar la santidad. Para Sara, cada joven católico estaba llamado a hacer luz en las tinieblas, una luz que no se apaga ante las tormentas.
La defensa de la liturgia como fuente y culmen de la vida cristiana era el centro de su pensamiento. La misa para Sara no es un espectáculo humano, sino el sacrificio del calvario hecho presente. Esta conciencia debería transformar la manera en que los fieles participan en la celebración. La reverencia, la adoración y el temor sagrado eran indispensables.
Con la publicación de La Fuerza del Silencio, Sara profundizó aún más su reflexión sobre la vida interior. El libro se convirtió en un faro para todos aquellos que buscaban a Dios en medio del tumulto moderno. En él, Sara denuncia que la ausencia de Dios es el verdadero drama de la humanidad y el remedio es redescubrir el silencio habitado por la presencia divina.

Al visitar comunidades cristianas perseguidas en Oriente Medio, Sara mostró nuevamente su valentía pastoral. Consolaba a los fieles con palabras de esperanza, reafirmándoles que la cruz es el camino de la victoria. Para Sara, los mártires contemporáneos son los verdaderos héroes de la fe. Su presencia era bálsamo para las almas heridas.
También se mostraba profundamente atento a las familias que consideraba células vitales de la Iglesia. defendía el matrimonio cristiano como alianza sagrada y denunciaba las ideologías que buscan destruirlo. Para Sara, proteger la familia era proteger el futuro de la fe, un futuro que pasa por la fidelidad de los hogares cristianos.
En sus audiencias privadas con el Papa Francisco, Sara siempre demostró lealtad y respeto. Incluso cuando algunas interpretaciones mediáticas intentaban crear divisiones, su postura era de unidad. Sara sabía que la comunión con el Papa es esencial para la vida de la Iglesia, unidad en la caridad sin renunciar a la verdad.
Sara también dedicaba especial atención a la formación de los sacerdotes. Defendía que el seminario debía ser una verdadera escuela de santidad y no solo un centro académico. La oración, la vida sacramental y el acetismo eran para él esenciales en la formación presbiteral, pues solo sacerdotes santos pueden renovar la iglesia.
La iglesia decía Sara debe ser pobre de bienes, pero rica de fe. Advertía contra el peligro de una iglesia mundanizada, más preocupada por la influencia política que por la salvación de las almas. Para él, el éxito de la Iglesia no se mide por números o poder, sino por la fidelidad al evangelio, una visión clara y profética.
En sus intervenciones públicas, Sara hablaba con la libertad de los verdaderos hijos de Dios. No temía abordar temas difíciles como la defensa de la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Para él, el aborto y la eutanasia eran abominaciones que clamaban al cielo. La vida es un don sagrado, inviolable y precioso. Su testimonio sobre la importancia de la adoración eucarística renovaba comunidades enteras.
Sara enseñaba que los momentos de adoración silenciosa ante el santísimo sacramento transforman el alma. Sin esta intimidad con el Señor, decía él, toda acción apostólica pierde su vigor. El secreto de la fecundidad espiritual es la adoración. El cardenal Sara veía con tristeza la pérdida del sentido del pecado en muchas partes de la iglesia.
Sin la conciencia del pecado se pierde también la alegría de la misericordia. Por ello, llamaba a una renovada práctica del sacramento de la confesión. Sin conversión no hay verdadera renovación cristiana. Con humildad, Sara reconocía que la crisis actual es también una crisis de pastores. Sacerdotes y obispos deben ser los primeros en buscar la santidad y la conversión.
No basta denunciar los errores del mundo. Es preciso ser ejemplo vivo del evangelio. Para él, la reforma comienza en el altar y en el confesionario. En la cuestión de la liturgia, Sara veía no solo una cuestión estética, sino una cuestión de fe. La manera en que rezamos moldea lo que creemos. Si la liturgia pierde su carácter sagrado, la fe se debilita.
Por eso defendía con tanta vehemencia la reforma de la reforma litúrgica basada en los principios auténticos del Concilio Vaticano Segundo. Sus escritos insistían en que el verdadero progreso es aquel que permanece fiel a las raíces. Innovar sin tradición es traicionar la propia identidad de la Iglesia.
Sara veía en la ruptura litúrgica y doctrinal el gran error del postconcilio. No se trata de volver al pasado, sino de reencontrar la fuente para construir el futuro. El sufrimiento personal nunca estuvo ausente de la vida de Sara. Desde la infancia marcada por la pobreza, pasando por la persecución política hasta las críticas internas en la iglesia, él llevó su cruz en silencio.
Su respuesta a todo era siempre más oración, más entrega, más confianza, un verdadero discípulo de Cristo. En sus últimos años en la congregación para el culto divino, Sara enfrentó incomprensiones y desafíos. Aún así, continuó trabajando con dedicación y alegría. Para él servir a la iglesia, incluso en las cosas pequeñas, era un honor inmerecido, una lección de humildad para todos los servidores del Señor.
Cuando su renuncia fue aceptada en 2021, Sara dejó el cargo con paz en el corazón. Sabía que había cumplido su misión. continuaría sirviendo a la iglesia de otras formas, principalmente mediante la oración y la escritura. Su vida entraba en una nueva fase, la del testimonio silencioso y contemplativo. Incluso fuera de cargos oficiales, su voz continuaba resonando en el corazón de los fieles.
Sus palabras, sus libros, sus conferencias eran buscados por quienes buscaban luz en tiempos oscuros. Sara se había convertido en una referencia espiritual más por lo que era que por lo que decía. Un hombre que vive lo que predica. El cardenal Sara siempre advertía, “La Iglesia vencerá no por la fuerza humana, sino por la santidad de sus miembros.
La crisis actual es ante todo una crisis de fe y de identidad. Solo un retorno radical a Cristo podrá curarla. Un llamamiento urgente hecho con amor y con lágrimas. Su legado será, sin duda, un llamado a la radicalidad del evangelio, no al confort fácil, no a la adaptación al mundo, sino a la fidelidad sin reservas a Jesucristo. Sara, con su vida y sus palabras es un icono de este llamado, un profeta de nuestro tiempo, nacido de la tierra africana para el mundo entero.
En todas sus obras brilla una certeza fundamental. Dios es suficiente. Quien tiene a Dios nada más necesita. Toda reforma de la Iglesia comienza por poner a Dios en el centro nuevamente. Este es el clamor que el cardenal Robert Sara deja grabado en el corazón de la Iglesia. Incluso ya retirado de cargos oficiales, el cardenal Sara continuó viajando, predicando retiros y dando conferencias.
En cada encuentro su testimonio era esperado con gran expectación. Como un padre espiritual hablaba a los corazones, no solo a las mentes. Sus palabras impregnadas de oración traían el soplo de la gracia. El tema de la oración, especialmente de la oración silenciosa, permaneció en el centro de sus mensajes.
Sara advertía, “Sin silencio interior no es posible escuchar la voz de Dios.” En una civilización saturada de ruidos, recordaba que el cristiano debe ser aquel que cultiva el recogimiento. El silencio es el espacio donde Dios transforma el alma. En sus homilías, Sara mencionaba a menudo la necesidad de una nueva generación de santos.
No basta reformar estructuras, es preciso reformar vidas. Cada bautizado está llamado a la santidad heroica. Para Sara, la mediocridad no tiene lugar en la vida cristiana auténtica. La visión escatológica también permeaba su espiritualidad. Sara recordaba que nuestra vida es una preparación para la eternidad.
Toda elección debe ser iluminada por la perspectiva del cielo o del infierno. La iglesia, decía él, necesita volver a anunciar con claridad las últimas cosas: muerte, juicio, cielo e infierno. Con una claridad pastoral impresionante, Sara hablaba sobre la importancia de la penitencia y el sacrificio. El cristianismo sin cruz, decía él, es una ilusión diabólica.
Solo por la renuncia a sí mismo, el discípulo puede verdaderamente seguir a Cristo. Un mensaje duro, pero profundamente liberador. En sus obras recientes, Sara profundizó la reflexión sobre la crisis de identidad sacerdotal. Muchos sacerdotes, advertía él, se pierden cuando se convierten en meros gestores o animadores sociales.
El sacerdote debe ser ante todo un hombre de Dios, un alter cristus configurado radicalmente con Cristo. Sobre la evangelización, Sara insistía en que no se puede anunciar a Cristo sin primero conocerlo íntimamente. Evangelizar es transmitir aquello que primero transformó nuestra vida. Sin oración, sin sacrificio, sin amor a Dios, el anuncio se vuelve vacío.
La autenticidad es el secreto de la misión. Durante la pandemia de COVID-19, Sara se pronunció en defensa de la dignidad de la liturgia y de los sacramentos. Alertó el peligro de una fe virtualizada, desconectada de la realidad sacramental. Para él, la Eucaristía es esencial, no un bien opcional.
Sin la misa, la vida cristiana enferma gravemente. Tras su jubilación, Sara empezó a vivir de manera aún más recogida. La oración, la meditación y la escritura ocupaban su tiempo. Aún así, seguía atendiendo las peticiones que le llegaban, especialmente para orientar espiritualmente a sacerdotes y obispos. Su misión no terminaba, solo cambiaba de forma.
Sara siempre veía el sufrimiento como una escuela de amor. Desde su juventud pobre hasta las críticas sufridas en el Vaticano, jamás murmuró contra Dios. Cada dolor era para él una oportunidad de unirse más profundamente al Cristo sufriente. Esta actitud de aceptación amorosa es el secreto de los santos.
En su visión, el futuro de la Iglesia pasaba inevitablemente por una minoría fiel, fervorosa y convencida. No era pesimista, sino realista. Prefería una iglesia pequeña y santa a una iglesia grande y mundana. Para él, la victoria de la iglesia será espiritual, no estadística. Sara reconocía las señales de los tiempos, la confusión moral, la persecución creciente, la apostasía silenciosa en muchas regiones, pero nunca se dejaba llevar por la desesperación.
Dios es fiel, decía él, y nunca abandonará a su pueblo. La esperanza cristiana brilla más fuerte en las noches oscuras. Su profundo amor por la liturgia llevó a muchos jóvenes sacerdotes a reencontrar la belleza del rito romano. Sara enseñaba que la liturgia bien celebrada forma una fe sólida, una vida interior robusta. Liturgia y vida son inseparables.
En el altar aprendemos a ofrecer toda nuestra existencia a Dios. Al ser preguntado sobre la posibilidad de llegar a ser Papa, Sara siempre respondía con humildad. Solo Dios conoce sus planes. No buscaba el papado, ni lo temía. Para él la mayor dignidad está en ser un siervo fiel. La gloria verdadera es ser hallado fiel en el momento final.
En sus visitas a Oriente Medio y a África, Sara atestiguaba la alegría de las comunidades cristianas pobres. La pobreza material, decía él, no es un obstáculo para la grandeza espiritual. Al contrario, donde hay fe viva hay verdadera riqueza. Su visión era profundamente evangélica. Bienaventurados los pobres de espíritu.
En sus discursos sobre Europa, Sara advertía sobre la crisis de identidad cristiana del continente. Sin Dios, Europa está condenada a desaparecer, advertía él. Solo un retorno a la fe podrá salvar la civilización. Sus palabras aún duras estaban cargadas de amor y deseo de conversión. Su testimonio personal como africano que abrazó la fe cristiana desafiaba muchos estereotipos.
Mostraba que el cristianismo no es una imposición cultural, sino una respuesta libre al llamado de Dios. Sara era una señal de que la Iglesia es verdaderamente católica, universal, abierta a todos los pueblos. Incluso entre sufrimientos e incomprensiones, Sara cultivaba la alegría cristiana. Su alegría venía de la certeza de que Dios reina y de que al final el cordero triunfará.
La verdadera alegría, decía él, nace de la cruz abrazada con amor. La cruz, lejos de ser un fracaso, es la victoria del amor. Al tratar de las ideologías modernas, Sara no dudaba en denunciar los ataques a la dignidad humana. Alertaba contra la ideología de género, el aborto, la destrucción de la familia. Estas ideologías, decía él, son instrumentos de destrucción del hombre.
La Iglesia debe resistir con valentía y caridad. El cardenal Sara veía el martirio como una posibilidad real para los cristianos de nuestro tiempo. No solo el martirio de sangre, sino el martirio de la fidelidad diaria, del rechazo, de la burla, preparaba a los fieles para ser testigos firmes en tiempos de persecución.
Un llamado al coraje y a la perseverancia. En los encuentros con seminaristas, Sara insistía, “Sin amor por la cruz no hay sacerdocio verdadero. Un sacerdote está llamado a ser otro Cristo y Cristo salvó al mundo por la cruz. Por lo tanto, formar sacerdotes es formar crucificados con Cristo.” Una visión que renovaba la identidad sacerdotal.
En sus meditaciones sobre la Iglesia, Sara veía en ella la esposa inmaculada de Cristo, aunque herida por nuestros pecados. Amaba a la iglesia con amor filial, dispuesto a sufrir por ella, nunca a abandonarla. Incluso en las tempestades sabía que la barca de Pedro no se hunde. Cristo está al timón.
Su espiritualidad, profundamente enraizada en la palabra de Dios, se transparentaba en cada gesto, en cada palabra. Sara se alimentaba diariamente de las Sagradas Escrituras. Allí encontraba fuerza, sabiduría y dirección. La Biblia era para él como pan y luz, indispensables para la caminata espiritual. Al mirar su vida, Sara veía una continua acción de la misericordia divina.
Desde la infancia sencilla hasta los pasillos de la curia romana. Todo era gracia. La providencia de Dios lo había guiado en cada etapa. Por eso, toda su vida era un himno de gratitud. Así el cardenal Robert Sara permanece como un faro para la iglesia del siglo XXI, un faro de fe, de fidelidad, de esperanza y de amor silencioso.
Un hombre que con su vida nos recuerda que Dios basta y que al final la victoria es de aquellos que permanezcan fieles hasta el fin.