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¿El Cardenal Robert Sarah Cambiará la Iglesia?

En el corazón de África, en una humilde aldea de Guinea, nació quien llegaría a ser uno de los pilares de la ortodoxia católica contemporánea, Robert Sara. Desde temprano, su vida estuvo marcada por una profunda fe heredada de sus padres, humildes agricultores convertidos al catolicismo.

 El pequeño Robert crecía entre plantaciones y oraciones, en un ambiente donde la presencia divina era más fuerte que las dificultades materiales. La semilla de la vocación germinaba en tierra bendita. Su bautismo a un niño fue un acto de valentía en una época en que el cristianismo enfrentaba oposición cultural y social en aquella región.

 Sus padres, convertidos por misioneros espiritanos, le inculcaron un amor por la Iglesia que superaba cualquier miedo. Desde entonces, la misa diaria y la catequesis se convirtieron en el centro de su vida. La cruz que abrazaría en el futuro ya se delineaba en su joven alma. A los 12 años, Robert ingresó en el pequeño seminario de Santo Augustán en Bingerville, en costa de Marfil.

 Allí enfrentó el primer gran desafío de su vida, estar lejos de la familia y de su tierra natal. Entre estudios rigurosos e intensa disciplina, el muchacho perseveraba alimentado por la esperanza de servir plenamente a Dios algún día. Su fortaleza de espíritu empezó a forjarse en el silencio de la obediencia. En el seminario, sus maestros pronto percibieron en él algo singular, una sed de Dios que iba más allá de lo normal para su edad.

El contundente presagio sobre el cardenal Robert Sarah que sumaría tensión al Vaticano: “Una ruptura” – Radio Mitre

 Estudioso, reservado y profundamente piadoso, Robert se sumergió en los estudios de filosofía y teología. La liturgia, especialmente la solemnidad del rito romano, fascinaba su alma. Veía en la belleza del culto el reflejo de la gloria de Dios. La persecución religiosa en Guinea no tardó en alcanzar también a la iglesia. En medio de la hostilidad del gobierno marxista de Sekuturé, los misioneros fueron expulsados y los católicos quedaron desamparados.

Robert, a un joven seminarista, se vio privado de sus formadores espirituales. Aún así, lejos de desanimarse, arraigó aún más su esperanza en Cristo. Decidido a proseguir su formación, Robert fue enviado a estudiar en seminarios de Senegal y luego en Francia. Más tarde, en Roma, profundizó en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana.

 Allí experimentó la universalidad de la Iglesia y consolidó su adhesión irrestricta a la doctrina católica. Su mente brillante y su corazón fiel se moldeaban bajo la dirección del Espíritu Santo. En 1969, con apenas 24 años, Robert Sara fue ordenado sacerdote para la Arquidiócesis de Conacri. Su juventud no impidió que se convirtiera en una luz para los fieles oprimidos de su país.

Siempre discreto, pero intransigente en la fe, se convirtió rápidamente en una figura de confianza y esperanza. Dios lo preparaba para misiones aún mayores. La lucha de la iglesia en Guinea era silenciosa y heroica. Sin apoyo extranjero, bajo constante vigilancia del Estado, la pequeña comunidad católica resistía.

 El padre Sara visitaba incesantemente a los fieles, llevándoles la Eucaristía, consolando, bautizando, sosteniendo la llama de la fe. Su valentía silenciosa hablaba más alto que cualquier discurso. En 1979, Juan Pablo II, al percibir la grandeza escondida de aquel joven sacerdote, lo nombró arzobispo de Conacri con apenas 34 años.

 era el arzobispo católico más joven del mundo en aquel momento. Un título que no le trajo vanidad, sino responsabilidad, conducir el rebaño de Dios en tiempos de tiranía. Su consagración episcopal fue un acontecimiento histórico para la iglesia africana. A pesar de las presiones del gobierno local, que veía con sospecha cualquier influencia proveniente de Roma, Sara asumió su cátedra con firmeza y humildad.

 Siempre fiel a Pedro, nunca se dió a las tentaciones del nacionalismo político. Su único partido era Cristo. Como arzobispo se dedicó a la formación del clero, a la promoción de una liturgia digna y a la defensa de los derechos humanos. Pero su mayor pasión siempre fue la Eucaristía. Para Sara, la misa era el corazón del mundo y la adoración silenciosa ante el santísimo sacramento era su fuente diaria de fuerza.

Su espiritualidad era profundamente eucarística. Al visitar las comunidades aisladas, caminaba horas bajo el sol abrasador, enfrentando a menudo peligros de represalias políticas. A cada hogar visitado llevaba palabras de fe, esperanza y caridad. Las personas veían en él más que un líder. Veían a un verdadero padre espiritual.

 Su vida reflejaba el evangelio. La espiritualidad de Sara, anclada en el silencio, empezaba a ganar reconocimiento más allá de las fronteras africanas. Su testimonio discreto pero elocuente atraía la atención de obispos y cardenales en Roma, un pastor que unía fortaleza y dulzura, vigor doctrinal y compasión pastoral.

 una combinación rara y preciosa. En 2001, Juan Pablo II convocó a Robert Sara para servir en la curia romana, nombrándolo secretario de la Congregación para la evangelización de los pueblos. Era el comienzo de una nueva etapa. De pastor local pasaba a pastor de la Iglesia Universal. El mismo celo que tenía en las aldeas de Guinea lo dedicaría ahora a las periferias del mundo.

 Sirviendo en Roma, Sara mantuvo la sencillez y el espíritu de oración que siempre lo caracterizaron. Nunca buscó proyección personal, al contrario, evitaba los medios y cultivaba un estilo reservado. Su única ambición era ser fiel al Señor y obedecer a su Iglesia. Su silencio hablaba más alto que las palabras. En el consistorio de 2010, Benedicto X lo elevó al cardenalato, reconociendo en él a un hombre de profunda ortodoxia y gran capacidad espiritual.

 Sara se convirtió en cardenal diácono de San Giovanni Bosco, Invía Tuscolana. Era el reconocimiento de la iglesia a un siervo fiel, cuya vida discreta ahora resplandecía ante los ojos del mundo católico. Poco después fue nombrado presidente del pontificio consejo Cor Unum, encargado de coordinar las acciones de caridad de la Iglesia.

 En esa misión, Sara se destacó por la defensa de los más pobres, viendo siempre en ellos el rostro sufriente de Cristo. Su acción social era inseparable de su fidelidad a la verdad evangélica. En 2014, bajo el pontificado de Francisco, fue nombrado prefecto de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos.

Ahora su misión era proteger y promover la liturgia de la Iglesia, ese tesoro sagrado amenazado en tantos lugares. Sara veía en esa tarea un honor y una pesada carga. Desde el inicio de su mandato en la congregación, el cardenal Sara enfatizó la necesidad de recuperar el sentido de lo sagrado. Advertía contra la banalización del culto y la pérdida del espíritu de adoración.

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