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CUANDO TODO CALLA, DIOS HABLA: EL SECRETO DEL CARDENAL ROBERT SARAH PARA ESCUCHAR A DIOS

Hijas amadas en Cristo, la gracia y la paz de nuestro Señor estén con cada una de ustedes. Hoy, en medio del estruendo del mundo, de la prisa que nos ahoga y del ruido incesante que aturde nuestras almas, vengo a ustedes con una verdad fundamental, un secreto que el propio Espíritu Santo ha susurrado a los corazones de los santos a lo largo de los siglos.

Hablo a cada mujer cristiana, a cada alma que anhela la cercanía de Dios, pero que a menudo se siente sorda a su voz. Cuántas veces en la borágine de las obligaciones diarias, en la búsqueda incansable de la perfección o en la angustia por las preocupaciones materiales, nos hemos sentido alejadas de la presencia divina.

El mundo nos grita que busquemos la felicidad en lo externo, en la acumulación de bienes, en el reconocimiento humano, en la distracción perpetua. Pero la verdad es que la verdadera paz, la dirección clara y la voz inconfundible de Dios se hallan en un lugar que a menudo evitamos, el silencio.

 El cardenal Sara nos enseña con profunda sabiduría que Dios habita en el silencio, no en el silencio vacío, sino en aquel que se convierte en un templo para su presencia. Es en la quietud del alma donde el Señor puede hablar, donde podemos discernir su voluntad, donde el Espíritu Santo nos ilumina y nos guía. Nuestra época, obsesionada con el ruido y la actividad ha perdido la capacidad de escuchar a Dios porque ha perdido la capacidad de aquiietarse.

 Hemos llenado cada instante con distracciones, con conversaciones triviales, con información superflua, dejando poco o ningún espacio para que la voz de Dios resuene en nuestros corazones. El ruido no solo es externo, también es interno. Una algaravía de pensamientos, preocupaciones y deseos que nos impiden la comunión profunda con el creador.

 Hermanas, la puerta a la intimidad con Dios no es un camino ruidoso y concurrido, sino un sendero silencioso y solitario. en el silencio donde aprendemos a distinguir la voz de Dios de todas las demás voces que pugnan por nuestra atención. Es allí donde el alma se desnuda ante él, libre de pretensiones y máscaras, lista para recibir su gracia transformadora.

 El silencio es el preludio de la oración auténtica, el crisol donde se forja la fe verdadera y la obediencia radical. El silencio, queridas hijas, no es una ausencia, sino una presencia. No es un vacío, sino una plenitud. En la concepción del mundo moderno, el silencio es sinónimo de soledad, de aburrimiento, de falta de actividad.

se nos impulsa a llenar cada hueco, cada pausa con algún tipo de estímulo. Las redes sociales, la televisión, la música constante, las conversaciones superficiales, todo contribuye a crear una atmósfera de ruido perpetuo. Pero para el alma que anhela a Dios, el silencio es el verdadero tesoro. Es el espacio donde el alma respira, donde el espíritu puede moverse libremente.

 El cardenal Sara nos advierte que el hombre moderno ha desertado del silencio y al hacerlo ha desertado de Dios. Esta afirmación es un grito de alerta para todas nosotras. Si nuestra vida espiritual parece estancada, si nos sentimos perdidas en medio de las pruebas o si la oración nos parece un monólogo sin respuesta, quizás la raíz del problema sea la ausencia de un silencio auténtico en nuestras vidas.

Piensen en el tabernáculo, en la solemnidad de una iglesia vacía antes de la Eucaristía, en la quietud de la naturaleza al amanecer. En esos momentos la presencia de Dios se hace casi palpable. ¿Por qué buscamos la paz en el bullicio de las grandes ciudades o en la ajetreada vida social cuando la verdadera paz reside en la quietud del corazón? La mujer cristiana de hoy está llamada a ser una contracorriente, a desafiar la tiranía del ruido.

 Esto no significa que debamos vivir en un monasterio, sino que debemos aprender a crear oasis de silencio en nuestra vida diaria. Puede ser en unos pocos minutos antes de que la casa despierte en un paseo solitario en la meditación de la palabra de Dios sin distracciones o simplemente apagando todos los dispositivos electrónicos por un tiempo.

 El silencio nos permite escuchar no solo la voz de Dios, sino también la voz de nuestra propia alma, a menudo acallada por el estrépito exterior. Nos confronta con nuestras verdaderas inquietudes, con nuestras debilidades, pero también con la profunda capacidad de amar y ser amadas por Dios. Es en el silencio donde la fe se arraiga profundamente, donde la esperanza se fortalece y donde la caridad se nutre.

 La pobreza espiritual, queridas hermanas, no se mide por la falta de bienes materiales, sino por la carencia de esa intimidad con Dios que solo el silencio puede propiciar. El cardenal Sara subraya que la mayor pobreza de nuestro tiempo es no conocer a Dios. Es haber perdido el sentido de lo sagrado y del silencio que lo revela. ¿Cómo podemos conocer a Dios si no le damos espacio para hablar? ¿Cómo podemos experimentar su presencia si no nos detenemos para sentirla? Muchas mujeres, abrumadas por las responsabilidades del hogar, la familia, el trabajo y la

sociedad se sienten justificadas en su constante actividad. Pero es precisamente en medio de esa boráine donde el silencio se vuelve más necesario, no como un lujo, sino como una necesidad vital para la salud de nuestra alma. Sin ese espacio de quietud corremos el riesgo de vivir una fe superficial, una relación con Dios basada en fórmulas y ritos, pero desprovista de una experiencia personal y transformadora.

La generosidad, otro pilar de la vida cristiana nace también de este encuentro en el silencio. ¿Cómo podemos dar de lo que no tenemos? Si nuestra alma está vacía, reseca por la falta de comunión con Dios, ¿qué podemos ofrecer a los demás? Es en el silencio donde somos llenadas por el amor de Dios, donde recibimos su gracia en abundancia.

 Y es de esa plenitud que podemos derramar amor, compasión y servicio a nuestros hermanos. La caridad auténtica no es un mero activismo, sino el desborde de un corazón que ha sido tocado por el amor divino en la quietud. El silencio nos permite reconocer nuestras propias limitaciones y necesidades y nos abre a la providencia de Dios.

 nos enseña a confiar más en él y menos en nuestras propias fuerzas. Nos despoja de la ilusión de control y nos invita a la entrega confiada. El silencio es el camino para desaprender la arrogancia de la autosuficiencia y abrazar la humildad que nos hace dependientes de Dios. La oración, hijas mías, no es un monólogo, sino un diálogo.

 Y para que haya diálogo, debe haber escucha. El cardenal Sara insiste en que la oración es ante todo escucha silenciosa. Cuán a menudo reducimos la oración a una lista de peticiones, a un recitado de fórmulas, a un acto de hablar sin detenernos a oír. Nos acercamos a Dios con nuestras agendas, con nuestras preocupaciones, con nuestras ideas preconcebidas y luego nos sorprendemos cuando no sentimos su respuesta.

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