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CRISTINA SARALEGUI: Sonreía en TV Mientras su Hijo Se Moría. Por ESTO Univisión la Botó Sin Piedad

Es una noche cualquiera de un lunes de otoño en Miami. El estudio principal de Univisión en Doral está iluminado como cada semana. Las cámaras encendidas, el público en las gradas, la banda calentando los acordes de la salsa que abre el programa más visto de la televisión hispana en Estados Unidos.

Y dentro de un camerino con foco redondo y espejo iluminado, una mujer de 57 años sostiene un teléfono y deja de respirar durante varios segundos. Cristina Saralegui acaba de recibir la llamada que ningún padre quiere recibir. Su hijo John Marco, de 19 años se ha manejado solo hasta el hospital que queda en la esquina de su casa.

Ha entrado al área psiquiátrica. Se ha firmado a sí mismo el ingreso. Acaba de intentar quitarse la vida. En menos de 15 minutos, Cristina debe salir a un escenario lleno de luces, mover las caderas con la música cubana, sonreír a la cámara y hacer feliz a millones de mujeres latinas pegadas a la televisión. Mujeres en Miami, en Houston, en Los Ángeles, en Ciudad de México, en Bogotá, en San Juan, en Caracas.

Mujeres que la querían porque la sentían suya. Mujeres que la veían como tú, probablemente la veías en tu propia sala cada lunes por la noche, como si fuera una amiga que venía de visita. La maquilladora le retoca el labial, la asistente le ajusta el micrófono inalámbrico, el productor del show cuenta hacia atrás desde 10.

Y la mujer que tenía el rating más alto de la televisión hispana en Estados Unidos, abre la cortina, sube al escenario y con sus propias palabras dichas años después, en una entrevista pública, “Esa noche la cubana llevó a bailar a los americanos salsa porque era lo que yo tenía que hacer.” Esa frase dicha así, sin adornos, es la confesión más brutal que jamás dio una figura pública latina sobre el precio de la fama.

Tu hijo se está muriendo y tú sales a bailar. Esa fue la vida secreta de Cristina Saralegui durante años y nadie, absolutamente nadie de los millones de personas que la veían sabía lo que estaba pasando dentro de esa casa de Miami Beach. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre Cristina Saralegui. Primero, la noche exacta en que su hijo John Marco se manejó solo al hospital psiquiátrico para intentar quitarse la vida y lo que pasó en su camerino antes de que ella subiera al escenario y bailara salsa frente al público.

Segundo, el alcoholismo silencioso que la consumió durante años mientras presentaba el programa más visto de la televisión hispana, la herencia que arrastraba desde su propia madre y la frase exacta que su esposo le dijo una mañana y que la salvó de morir como había muerto su mamá. Tercero, lo que pasó en agosto de 2010 en una sala de juntas de Univisión.

La pregunta que le hizo César Conde a la cara, la respuesta seca con la que ella se levantó de esa silla y los dos Martinis con los que cerró 21 años de su vida. Y cuarto, lo que Univisión hizo después de ella con don Francisco, con María Celeste Ararás, con Bárbara Bermudo y por qué Cristina reapareció en enero de 2024 a los 76 años diciendo cinco palabras que dejaron a la audiencia callada.

Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender cómo fue posible que esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que construyó a esta mujer. Esta historia no empieza la noche del hospital, empieza mucho antes. Empieza en una isla a 90 millas de Miami con una niña de 12 años que cruzó el estrecho de la Florida con una maleta y un apellido vasco.

Empieza con una industria de la televisión hispana que la levantó hasta el cielo y luego, cuando dejó de ser barata, la tiró a la basura. Empieza en realidad con algo que tú probablemente viste con tus propios ojos en tu sala. Porque si tienes más de 50 años, tú fuiste testigo de todo esto. Cristina María Saralegui nació el 29 de enero de 1948 en el barrio Miramar de la Habana.

Su familia no era cualquier familia cubana. Su abuelo paterno había emigrado desde el País Vasco a principios del siglo XX y había construido un imperio editorial en la isla. Le decían el zar del papel porque importaba toda la materia prima con la que se imprimían los periódicos cubanos. La pequeña Cristina creció rodeada de revistas, tinta y rotativas.

Aprendió a leer antes de cumplir 4 años. La televisión en aquella casa de Miramar era un mueble nuevo y ruidoso. Lo que mandaba en su casa era el papel. Y entonces llegó enero del 59. Fidel Castro entró a la Habana. La familia Saralegui, como muchas familias de la burguesía cubana, comenzó a hacer maletas. Tardaron un año más en irse.

En 1960, con 12 años cumplidos, Cristina cruzó el estrecho de la Florida y aterrizó en Miami, Callo Bizcao Keiskain, esa isla pequeña donde los cubanos exiliados intentaban reconstruir lo que habían perdido. Allí estudió en la Academy of the Assumption. Allí se graduó en 1966 y allí entró a la Universidad de Miami a estudiar periodismo, igual que el abuelo que había construido un imperio editorial al otro lado del mar.

Pero el imperio del abuelo se había quedado en Cuba y Cristina tenía que empezar de cero. A los 16 años entró a trabajar a una redacción en Miami. Le pagaban poco, le hacían los trabajos que nadie quería, subía a cafés, pasaba a máquina los textos de los redactores, se quedaba hasta tarde leyendo los borradores de la edición.

Aprendía tú que quizá también empezaste a trabajar desde niña, que quizá no pudiste estudiar lo que querías, que quizá tuviste que sacar adelante a tu familia con un sueldo menor del que merecías. Entiendes perfectamente lo que le estaba pasando a esa muchacha de pelo rubio que llegaba todos los días a la redacción antes que nadie.

En 1979 con 31 años Cristina llegó a la dirección de la edición en español de la revista Cosmopolitan. Allí estuvo 10 años, una década entera. Imagínate eso un momento, 10 años escribiendo y editando para mujeres latinas en Estados Unidos sobre temas que en la cultura hispana no se hablaban en voz alta. El sexo dentro del matrimonio, el divorcio, la independencia económica de la mujer, el aborto, los hombres que pegan, las suegras que envenenan los matrimonios.

Cristina rompió tabús desde la página impresa antes de romperlos en la pantalla, pero la pantalla estaba esperando. Recuerda este nombre, Marcos Ávila. Vas a necesitarlo varias veces en esta historia. En 1982, Cristina, que ya estaba divorciada de su primer esposo, Tony Menéndez, y tenía una hija de 5 años llamada Cristina Amalia, a la que todos en casa le decían Titi, conoció a un músico cubano 11 años menor que ella.

Marcos Ávila era el bajista del legendario grupo Miami Sound Machine. Sí, ese mismo, el de Gloria y Emilio Stefan, el de Conga, el de Rhythm is gonna get You. Marcos era el chico de 24 años que tocaba el bajo mientras Cristina, con sus 35 lo miraba desde la primera fila de un concierto en Miami. Se casaron ese mismo año.

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