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Creyó que su condena estaba escrita después de aquella humillación pública, pero el patrón le puso una condición que lo arrastraría a un mundo de lealtad, miedo y culpa

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II.

Esa noche no durmió. Se sentó en la cama del pequeño apartamento que compartía con su madre, Lucía Mendoza, una costurera humilde que había trabajado toda la vida para sacarlo adelante. Pensó en huir, cruzar a Venezuela o esconderse en algún pueblo. Pero sabía que el alcance de Pablo Escobar era enorme. Si huía, solo haría más lenta y más dolorosa su sentencia.

Al amanecer, se bañó, se puso su mejor pantalón gris y una camisa blanca planchada por su madre. Lucía lo miró con angustia.

—¿Qué pasa, hijo?

Rodrigo no pudo contarle la verdad.

—Tengo que resolver un problema, mamá.

Ella no preguntó más. Le sirvió café y arepas, pero las lágrimas le corrían en silencio por las mejillas.

A las 6 a.m., Rodrigo salió de casa sin saber si volvería. Tomó un autobús hacia Puerto Triunfo, el municipio más cercano a la Hacienda Nápoles. El viaje duró casi 4 horas. Desde la ventana vio montañas, pueblos pequeños y campesinos trabajando la tierra. Pensó que quizá sería la última vez que veía todo aquello.

Al llegar, preguntó cómo llegar a la hacienda. La gente lo miró con curiosidad y lástima. Un taxista aceptó llevarlo hasta la entrada, pero antes de dejarlo le dijo:

—Joven, no sé qué asunto tenga ahí adentro, pero tenga cuidado. Hay gente que entra a esa hacienda y nunca vuelve a salir.

Rodrigo pagó y bajó. Frente a él estaba la entrada imponente de la Hacienda Nápoles, con el famoso avión Piper PA18 sobre el arco. Dos guardias armados con AK-47 vigilaban el acceso.

Rodrigo levantó las manos.

—Vengo porque don Pablo me citó.

Uno de los guardias habló por radio. Después de varios minutos, lo dejaron entrar. Un jeep lo llevó por los caminos internos de la propiedad. Rodrigo quedó impactado. Había mansiones, jardines perfectos, lagos artificiales y animales exóticos: hipopótamos, jirafas, cebras, elefantes. Era como un reino privado construido en medio de Colombia.

Lo llevaron a una sala de espera dentro de una casa colonial. Otros hombres aguardaban ahí, todos con rostros tensos. A las 10 en punto, un hombre de traje oscuro pronunció su nombre.

Rodrigo se levantó con dificultad. Sentía que las piernas no le respondían.

Lo condujeron por un pasillo lleno de fotos familiares: Pablo jugando con sus hijos, abrazando a su esposa María Victoria, posando con animales de la hacienda. Aquellas imágenes mostraban un lado distinto del hombre al que todos temían.

Finalmente entró a una oficina amplia. Pablo estaba sentado detrás de un escritorio de caoba, vestido con jeans y camiseta blanca. Fumaba mientras revisaba documentos. A su lado estaban dos hombres de confianza.

Pablo levantó la mirada y lo observó en silencio.

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