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Creyó que su condena estaba escrita después de aquella humillación pública, pero el patrón le puso una condición que lo arrastraría a un mundo de lealtad, miedo y culpa

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II.

Pablo permaneció inmóvil. Luego tomó una servilleta y se limpió el rostro lentamente, sin apartar los ojos de Rodrigo. El matón empezó a notar que algo andaba mal. Vio cómo varios hombres se levantaban de sus sillas. Vio el miedo en la cara de los clientes. Vio a su propio grupo retroceder.

Uno de sus amigos, más sobrio, reconoció al hombre sentado en la esquina. Palideció de inmediato y susurró con terror:

—Es Pablo Escobar.

Rodrigo tardó unos segundos en entender. Cuando lo hizo, sintió que las piernas se le aflojaban. Acababa de derramar cerveza sobre el hombre más peligroso de Colombia.

Pablo se levantó despacio. No gritó. No golpeó. Ni siquiera sacó un arma. Solo se acercó a Rodrigo y puso una mano sobre su hombro. La presión no fue violenta, pero sí suficiente para dejar claro quién mandaba.

Con una sonrisa que no tenía nada de amistosa, le dijo en voz baja:

—Mañana te espero en la Hacienda Nápoles a las 10 a.m. No faltes. Si no vienes, igual te voy a encontrar. Y créeme, vas a desear haber llegado por tu propia voluntad.

Después salió del bar seguido por sus hombres. Rodrigo se quedó ahí, paralizado, mientras sus amigos desaparecían uno por uno. En unos minutos había pasado de sentirse invencible a entender que quizá no viviría para ver otro día.

Esa noche no durmió. Se sentó en la cama del pequeño apartamento que compartía con su madre, Lucía Mendoza, una costurera humilde que había trabajado toda la vida para sacarlo adelante. Pensó en huir, cruzar a Venezuela o esconderse en algún pueblo. Pero sabía que el alcance de Pablo Escobar era enorme. Si huía, solo haría más lenta y más dolorosa su sentencia.

Al amanecer, se bañó, se puso su mejor pantalón gris y una camisa blanca planchada por su madre. Lucía lo miró con angustia.

—¿Qué pasa, hijo?

Rodrigo no pudo contarle la verdad.

—Tengo que resolver un problema, mamá.

Ella no preguntó más. Le sirvió café y arepas, pero las lágrimas le corrían en silencio por las mejillas.

A las 6 a.m., Rodrigo salió de casa sin saber si volvería. Tomó un autobús hacia Puerto Triunfo, el municipio más cercano a la Hacienda Nápoles. El viaje duró casi 4 horas. Desde la ventana vio montañas, pueblos pequeños y campesinos trabajando la tierra. Pensó que quizá sería la última vez que veía todo aquello.

Al llegar, preguntó cómo llegar a la hacienda. La gente lo miró con curiosidad y lástima. Un taxista aceptó llevarlo hasta la entrada, pero antes de dejarlo le dijo:

—Joven, no sé qué asunto tenga ahí adentro, pero tenga cuidado. Hay gente que entra a esa hacienda y nunca vuelve a salir.

Rodrigo pagó y bajó. Frente a él estaba la entrada imponente de la Hacienda Nápoles, con el famoso avión Piper PA18 sobre el arco. Dos guardias armados con AK-47 vigilaban el acceso.

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