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Claudia Sheinbaum traiciona a Harfuch frente al gabinete… ¡y él reacciona como nadie esperaba!

En el salón más solemne del Palacio Nacional, el aire se volvió denso, casi imposible de respirar. La presidenta clavó su mirada en él y cada miembro del gabinete contuvo el aliento esperando una explosión que nunca llegó. Lo que hizo Omar García Jarfuch a continuación, frente a todos. Nadie lo vio venir. Antes de continuar, suscríbete al canal ahora, deja tu like y comenta desde dónde nos estás viendo.

Tu apoyo es muy importante. Eran las 5:10 de la mañana cuando Omar García Harfuch cerró la puerta de su departamento en la colonia Polanco, en la Ciudad de México. Apenas había dormido 3 horas. La luz amarillenta del pasillo todavía no se apagaba del todo y el frío de finales de abril se metía por debajo de la chamarra oscura que cargaba sobre los hombros.

En la calle, la camioneta blindada lo esperaba con el motor encendido. Su jefe de escolta, un hombre de unos 40 años, robusto, con mirada serena pero atenta, lo saludó con un movimiento de cabeza. Buen día, secretario. Buen día, Mateo. ¿Cómo amaneció todo? Tranquilo, jefe, sin novedades en el trayecto.

Le tengo el café como le gusta. Omar sonrió apenas, agradecido, subió a la parte trasera del vehículo y, antes de cerrar la puerta miró hacia el cielo. Aún era oscuro, pero ya se asomaba un tono lila por el lado del oriente, como si la ciudad estuviera pensando si valía la pena despertar otra vez. Él sí había despertado, o mejor dicho, nunca había terminado de dormir.

Llevaba tres semanas durmiendo a pedazos, revisando carpetas, atendiendo llamadas, repasando mapas, coordinando con los gobernadores, los fiscales, los mandos de la Guardia Nacional. El mundial estaba a la vuelta de la esquina y cada error podía costarle al país muchísimo más que una mala imagen.

La camioneta avanzó por reforma. Las luces de los rascacielos todavía estaban encendidas. Omar abrió el termo de café, tomó un sorbo y dejó que el calor le bajara despacio por el pecho. Sacó el celular. Tenía 38 mensajes nuevos. Los recorrió rápido hasta que se detuvo en uno. Era de su madre. Mi hijo, no se te olvide comer. No me gusta como te oíste anoche.

Te quiero. María Sorté tenía esa costumbre desde siempre. No importaba si Omar era jefe de la policía de investigación, secretario de seguridad de la Ciudad de México o ahora secretario del gobierno federal. Para ella seguía siendo el mismo niño que se asomaba a la ventana esperando verla regresar de los foros de televisión.

Omar respondió con un mensaje breve. Voy a comer, ma. No te preocupes. Hoy va a ser un día largo. Te llamo en la noche. Apagó la pantalla y la dejó sobre la pierna. Por la ventanilla vio pasar el monumento al ángel de la independencia, todavía iluminado. Más adelante, la fuente de la diana cazadora. Las calles aún estaban casi vacías, salvo por los barrenderos del gobierno capitalino que recogían las hojas secas que el viento de la madrugada había arrastrado desde Chapultepec.

La camioneta siguió por Bucarelli, dobló por Avenida Juárez y el centro empezó a abrirse frente a sus ojos como una postal vieja que nunca terminaba de envejecer. Cuando llegaron a la entrada de Palacio Nacional, el guardia lo saludó con respeto y abrió la reja. Omar bajó, aspiró el aire frío, se acomodó el saco, caminó por el patio empedrado, donde los faroles de hierro forjado todavía brillaban con esa luz ámbar que tanto le gustaba.

Dos asistentes lo recibieron en la entrada del salón de acuerdos. Secretario, ya están casi todos. La presidenta llega en 15 minutos. Gracias, Patricia. Omar avanzó por los pasillos, saludó con la cabeza al personal de protocolo. Tres meses atrás, en febrero, había sido él quien había anunciado desde ese mismo edificio una de las acciones más importantes de la administración.

Aquella mañana había salido frente a los micrófonos con el mismo traje oscuro que usaba siempre y con la voz firme había informado al país sobre los resultados de un operativo que llevaba meses en preparación. Pero hoy no era un día de anuncios. Hoy era un día distinto. Lo sentía en el estómago.

En el camino alcanzó a ver por una ventana el patio interior. Recordó las primeras veces que había entrado a Palacio Nacional hace ya bastantes años, cuando aún era un policía joven que apenas empezaba a entender de verdad cómo funcionaba el aparato del estado. Aquellas veces caminaba con cierta solemnidad, como temiendo que las paredes lo escucharan.

Ahora caminaba distinto, con la calma de quien ya conoce todos los pasillos, pero también con un peso que entonces no cargaba. Llegó al salón tesorería, empujó la puerta de madera labrada. Adentro ya estaban siete miembros del gabinete sentados alrededor de la mesa larga. Lo recibieron con saludos cordiales, pero con esa formalidad ligera que se siente cuando todos saben que algo importante está por discutirse.

Reconoció enseguida a la secretaria de Gobernación, que repasaba papeles con un marcador amarillo. A su lado, el canciller hablaba en voz baja con el secretario de la defensa nacional. Más allá, la fiscal general de la Ciudad de México, Ernestina Godoy, ahora consejera jurídica, leía una carpeta con anotaciones a mano.

Todos levantaron la vista cuando Omar entró. “Buen día”, dijo él. “Buen día, secretario, respondieron casi en coro. Omar se sentó en su lugar habitual, a la derecha del lugar de la presidenta, acomodó su carpeta, sacó una pluma. Sus manos tenían pequeños temblores que solo él conocía. No por miedo, por cansancio, por una mezcla de café, falta de sueño y la sensación cada vez más fuerte de que la responsabilidad que cargaba no admitía pausas.

A su izquierda, el secretario de la defensa, un general de carrera, le pasó un sobre cerrado. Lo de anoche, secretario, para que lo tenga a la mano. Gracias, general. Omar abrió el sobre con discreción. Era un informe sobre coordinación interinstitucional. Lo leyó con rapidez. asintió. Lo guardó en su carpeta.

A las 6:2 minutos la puerta se abrió. Entró Claudia Shinbaum. Llevaba un saco color hueso, una blusa negra y el cabello recogido como solía traerlo en las reuniones serias. Caminaba con el paso firme que la caracterizaba. Saludó a cada uno con un movimiento de cabeza. Antes de sentarse, miró a Omar. Su mirada era cordial, pero había algo distinto, algo que él, que la conocía desde hace años, supo leer enseguida.

No era enojo, era preocupación, una preocupación contenida, profesional, pero presente. Buen día a todas y a todos, dijo ella. Gracias por estar aquí tan temprano. Sé que muchos llevan días sin dormir bien, pero hoy necesitamos hablar de varios temas pendientes y sobre todo de uno que me preocupa especialmente. Hizo una pausa.

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