Caracas, 28 de septiembre de 1967. Los pasillos del Hospital José María Vargas no albergaban el ruido habitual de una institución médica. Esa madrugada, el aire se sentía espeso, cargado de una angustia que trascendía las clases sociales. No solo estaban allí los médicos y enfermeras; en las sombras se divisaban los rostros más famosos de la televisión venezolana. Renny Ottolina, el “Número Uno”, permanecía recostado contra una pared, sumido en un silencio impropio de su enérgica personalidad. Chelique Sarabia, el mentor, caminaba de un lado a otro. José Luis Rodríguez, quien años más tarde sería conocido mundialmente como “El Puma”, observaba sus manos sin saber qué hacer con ellas.
Afuera, una multitud de fanáticos, amigos y curiosos aguardaba un milagro. Entre ellos, una sacerdotisa de la religión de María Lionza, Beatriz Beit Tané, clamaba a los espíritus con una convicción que partía el alma a quienes la escuchaban. Ella juraba que él viviría. Pero dentro de la habitación, el cuerpo de un joven de apenas 23 años, que apenas tres semanas antes grababa en los estudios más prestigiosos de Milán, estaba perdiendo la batalla final. Su nombre era Alexis Enrique Navarro Velázquez, pero para el mundo siempre sería Cherry Navarro.

De Caripito al Estrellato: El Nacimiento de un Genio Autodidacta
Para entender la magnitud de la pérdida, debemos viajar a los orígenes, a un rincón del estado Monagas llamado Caripito. Allí, en el barrio Los Cerritos, nació una leyenda. Desde niño, Alexis demostró que la música no era algo que debía aprender, sino algo que ya habitaba en él. Sin profesores, sin partituras y sin métodos, dominaba el cuatro venezolano, el piano y el trombón con una naturalidad asombrosa.
A los 14 años, su madre, María de Jesús, tomó la decisión de mudarse a Caracas, instalándose en El Valle. Fue en este ambiente urbano donde Alexis se convirtió en Cherry. El apodo no surgió de un estudio de marketing, sino de una confitería local. El joven tenía una obsesión con una golosina de chocolate y galleta llamada “Cherry”. Sus amigos empezaron a llamarlo así, el nombre se filtró en su hogar y, finalmente, Alexis desapareció para dar paso a Cherry Navarro.
Cherry poseía una característica física que lo hacía inolvidable: un mechón blanco natural en su cabello negro, lo que le valió el sobrenombre de “Tongolele”. Aunque él detestaba ese apodo, su estilo era innegable. Conducía un Thunderbird con tapizado blanco por las noches caraqueñas, exudando el aura de una estrella antes de serlo oficialmente.
Dos Caminos, Un Destino Diferente: Cherry y “El Puma”
La historia de Cherry Navarro es inseparable de la de José Luis Rodríguez. Ambos se conocieron en la escuela del barrio El Valle y se volvieron inseparables de inmediato. Formaron el grupo “Canaima”, tocando en fiestas y reuniones familiares, dos jóvenes sin dinero pero con un magnetismo que no se puede comprar.
Ambos fueron descubiertos por Chelique Sarabia y presentados en el mismo programa de televisión. Ambos pasaron por las grandes orquestas: Cherry con “Los Melódicos” y José Luis con la “Billo’s Caracas Boys”. La industria intentó crear una rivalidad entre ellos, pero la amistad siempre prevaleció. Sin embargo, el tiempo los trató de forma distinta. Mientras José Luis viviría décadas de éxito internacional, Cherry se quedaría congelado en el tiempo, con su carrera truncada en el pico absoluto de su fama.
La Conquista de Milán y el Himno de una Generación
El ascenso de Cherry fue meteórico. Tras dejar la seguridad de la orquesta de Renato Capriles para lanzarse como solista, el éxito fue rotundo. Bajo la guía de Chelique Sarabia y con el apoyo incondicional de Renny Ottolina, Cherry se convirtió en el fenómeno cultural de Venezuela.
Su internacionalización lo llevó a Madrid, donde conoció a María de las Casas McGill, Miss Venezuela 1965. No fue solo un romance de alta sociedad; María se convirtió en su directora de relaciones públicas, abriéndole puertas en los círculos más exclusivos. Fue así como Cherry llegó a Polydor y a los estudios de Milán, Italia.
Allí grabó lo que sería su obra maestra: “Aleluya”, una versión del tema de Luis Eduardo Aute. Cuando la canción llegó a Venezuela, las radios se detuvieron. Fue un fenómeno sin precedentes. Cherry Navarro ya no era solo una estrella nacional; era un fenómeno global en potencia. Polydor preparaba una gira europea y el mundo entero esperaba la llegada del joven venezolano.
Las Heridas que No Cerraban: El Enemigo Silencioso
Pero mientras el éxito brillaba fuera, por dentro algo se apagaba. Durante sus giras por España y México, Cherry escribía cartas a sus amigos con una observación que parecía trivial: las pequeñas heridas del afeitado tardaban días en cicatrizar. Nadie supo leer entre líneas. La enfermedad, con su crueldad característica, se presentaba primero como una inconveniencia.

El diagnóstico final fue devastador: aplasia medular. La fábrica de sangre dentro de sus huesos se estaba deteniendo. En una época donde la medicina no contaba con los protocolos actuales, esta noticia era prácticamente una sentencia de muerte. El 18 de septiembre de 1967, tras una hemorragia nasal que no se detenía después de una actuación en el show de Renny, Cherry fue ingresado de urgencia.
Diez Días de Vigilia y un Final Inesperado
Venezuela entera se detuvo durante diez días. Se buscó un donante compatible y se encontró en su hermano menor, René Navarro. El trasplante se realizó, pero el cuerpo de Cherry, agotado por meses de lucha silenciosa, rechazó el procedimiento.