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Carlo Acutis le dijo a un mendigo Usted es profesor y tiene familia… él no recordaba nada

Lo veía en cada adolescente que pasaba por la calle. Escuchaba su risa en los parques. Soñaba con él cada noche y cada mañana despertaba con el golpe brutal de recordar que estaba muerto. El 15 de noviembre de 1999, exactamente 8 meses después del accidente, desperté en mi pequeño apartamento alquilado cerca de la universidad y no pude recordar el nombre de mi hijo.

Me quedé paralizado en la cama, buscando desesperadamente en mi mente, sabiendo que había algo crucial que debía recordar, algo relacionado con un dolor inmenso. Pero el nombre, el rostro, los recuerdos se escapaban como agua entre los dedos. Fui al baño, me miré en el espejo y no reconocí al hombre que me devolvía la mirada.

¿Quién eres?, Me pregunté en voz alta y no supe responder. Lo que los psiquiatras llaman fuga disociativa había comenzado. Mi cerebro, incapaz de soportar el peso del dolor, había decidido simplemente apagar todo, borrar mi identidad completa para protegerme de los recuerdos que me estaban matando.

Salí del apartamento ese día sin documentos, sin dinero, sin ningún objeto personal, excepto la ropa que llevaba puesta. Caminé por las calles de Milán sin rumbo, sin saber a dónde iba, sin saber quién era, sin saber que estaba abandonando mi vida entera. No recuerdo las primeras semanas en la calle, fragmentos borrosos de frío, de hambre, de miedo, me convertí en uno más de los invisibles de la ciudad.

Dormía donde podía bajo puentes, en estaciones de metro abandonadas por la noche, en los bancos del parque Sempione, cuando el clima lo permitía. Comía lo que encontraba en la basura de los restaurantes, las obras que otros descartaban sin pensar. La gente pasaba a mi lado sin mirarme, o peor, mirándome con asco y apartándose como si mi desgracia fuera contagiosa.

Ocasionalmente, algún trabajador social me llevaba a un refugio donde podía bañarme y dormir en una cama por una noche. Los doctores de estos lugares intentaban ayudarme. Me hacían preguntas que yo no podía responder. ¿Cómo te llamas? No lo sé. ¿De dónde vienes? No lo sé. ¿Tienes familia? No lo sé. Me diagnosticaron amnesia disociativa severa.

Me ofrecieron tratamiento psiquiátrico, pero yo huía cada vez que intentaban internarme. Algo en mi mente rota prefería la libertad de las calles a las paredes de un hospital. Algo en mí sabía, sin saber por qué, que había un dolor esperándome si recuperaba mis recuerdos. Un dolor tan grande que era mejor seguir perdido para siempre.

Los años pasaron. 2000. Pariate. 2000. un 2000 2000. El mundo seguía girando mientras yo permanecía congelado en mi existencia de fantasma. Aprendí las rutinas de supervivencia callejera, qué restaurantes tiraban la mejor comida, qué policías eran amables y cuáles te golpeaban por diversión, qué rincones de la ciudad ofrecían refugio del viento invernal.

Mi barba creció larga y descuidada. Mi ropa se convirtió en capas de harapos superpuestos. Olía a semana sin baño, a humanidad abandonada, a desesperanza materializada. Hablaba solo frecuentemente, conversaciones con voces en mi cabeza que no podía identificar, pero que me hacían compañía en la soledad absoluta. La gente me llamaba el loco de Cempione porque pasaba ahora sentado en las bancas del parque mirando a las familias felices, a los niños jugando, sintiendo una tristeza profunda cuyo origen no comprendía. A veces veía a un padre

jugando fútbol con su hijo adolescente y algo se retorcía dentro de mi pecho, algo que gritaba sin palabras, algo que lloraba sin lágrimas. Pero yo no sabía por qué. Mientras tanto, en Buenos Aires, mi familia me buscaba desesperadamente durante los primeros años de mi desaparición. María Teresa contactó a la policía italiana, contrató investigadores privados, viajó dos veces a Milán buscándome en hospitales y morgues.

El profesor Moretti reportó mi desaparición cuando dejé de ir al laboratorio. Hubo búsquedas, carteles con mi foto, reportajes en medios argentinos sobre el profesor universitario desaparecido misteriosamente en Italia. Pero nadie pensó en buscarme entre los mendigos. Nadie imaginó que el distinguido Dr. Roberto Ferreira, con su traje de tweet y sus publicaciones académicas, se había convertido en el vagabundo barbudo y maloliente que dormía bajo el puente cerca del castelo esforcesco.

Con el paso de los años, la búsqueda se enfrió. María Teresa tuvo que aceptar que probablemente estaba muerto. Hicieron un funeral simbólico en 2003 y 4 años después de mi desaparición. Mis colegas dieron discursos sobre mi brillante carrera truncada. Mis estudiantes lloraron por el profesor que los había inspirado, María Teresa y Valentina pusieron flores en una tumba vacía mientras yo, a 10,000 km de distancia rebuscaba en la basura de un restaurante buscando algo que comer.

Dios tiene un sentido del humor muy extraño, hermano. O este tal vez no es humor. Tal vez es un plan que nosotros no podemos comprender desde nuestra limitada perspectiva humana. En 2004, mi madre murió en Buenos Aires sin saber qué había sido de su hijo. María Teresa me lo contaría años después llorando.

Tu mamá rezó por ti cada día hasta el final. Roberto murió creyendo que estabas vivo en algún lugar esperando que volvieras a casa. Esas palabras me destrozaron cuando finalmente las escuché. Mientras mi madre agonizaba llamándome, yo estaba durmiendo en un cartón detrás de la estación central de Milán, completamente ignorante de quién era ella, de quién era yo, de todo el amor que había dejado atrás.

Pero Dios no me había olvidado, aunque yo lo había olvidado a él. De hecho, yo ni siquiera sabía si creía en Dios. Mi identidad de científico ateo también se había borrado junto con todo lo demás. Era una pizarra en blanco, un hombre sin pasado, ni creencias ni esperanzas. Solo existía a día, hora a hora, sobreviviendo sin saber para qué.

Hasta septiembre de 2006, cuando un adolescente con ojos extrañamente luminosos se sentó junto a mí en una banca del parque Senione y cambió absolutamente todo. La primera vez que vi a Carlo Acutis pensé que era una alucinación producida por mi mente deteriorada y solitaria. Era un sábado por la tarde. El sol de otoño pintaba las hojas de los árboles de tonos dorados y rojizos.

Yo estaba sentado en mi banca habitual, la tercera desde la entrada norte del parque con mis bolsas de plástico llenas de mis pocas posesiones a mis pies. Un chico de unos 15 años, vestido con jeans y una sudadera azul con el logo de algún videojuego, se acercó y se sentó a mi lado sin pedir permiso. Llevaba una bolsa de papel en las manos.

Buenas tardes, señor”, dijo con una sonrisa amable que me desconcertó completamente. “Le traje algo de comer. Mi mamá hizo pasta con salsa de tomate casera. Está muy rica.” Me extendió un recipiente de plástico con comida caliente. El aroma era increíble, tan diferente de la basura fría que normalmente consumía.

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