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Carlo Acutis convirtió a un Hindú al Cristianismo… y años después ocurrió el secreto que él dijo…

Yo vi a un niño de 7 años levitar durante la oración. Vi luz salir de su pecho cuando recibía la comunión. Vi como sus palabras curaban a personas que los médicos habían desauciado. Y cuando me miró a los ojos y me dijo, “Rajesh, Dios no está en las estatuas, está aquí vivo esperándote. Mi vida entera de 30 años buscando a Dios se derrumbó porque finalmente entendí que no había estado buscando en el lugar equivocado, simplemente Dios tenía un plan diferente para mí y ese plan tenía nombre.

Carlo Acutis, comenta ahora mismo. Me quedo hasta el final porque lo que voy a contarte en la próxima hora va a cambiar completamente tu forma de ver la fe, los milagros y la presencia real de Dios entre nosotros. Mi nombre es Rajesh Mohur. Tengo 62 años. Nací en una familia de sacerdotes hindúes en una pequeña isla llamada Mauricio, a 500 km al este de Madagascar, perdida en medio del océano Índico.

Y durante los primeros 33 años de mi vida, dediqué cada segundo a buscar a Dios con una intensidad que rozaba la desesperación. No era una búsqueda casual, era mi razón de existir. Ayunaba, meditaba, recitaba mantras durante horas hasta que mi voz se quebraba. Visitaba templos desde el amanecer hasta el anochecer. Estudiaba textos sagrados con maestros que dedicaron toda su vida al conocimiento espiritual.

Mi padre era el presidente de la Asociación Hindú de Mauricio. Yo nací literalmente en el regazo del hinduismo más devoto, más puro, más sincero que puedas imaginar. Y amo esa herencia. Amo la profundidad filosófica del hinduismo. Amo la búsqueda sincera de lo divino que mi Padre me enseñó. Amo el respeto por toda forma de vida, la comprensión del karma, la belleza de los rituales védicos.

Todo eso es parte de quién soy. Todo eso formó mi alma para lo que vendría después. Pero había algo que me inquietaba, algo que ningún gurú podía responder, algo que ningún texto sagrado parecía resolver. Yo no quería fundirme con el absoluto. Yo no quería dejar de existir como individuo para convertirme en una gota que se disuelve en el océano cósmico.

Yo quería conocer a Dios cara a cara, persona a persona. Yo a ti, tú a mí. Y esa búsqueda, esa sede insaciable de un Dios personal me llevó a través de tres continentes, cientos de templos, docenas de maestros espirituales, hasta que finalmente me llevó a un apartamento en Milán, Italia, donde un niño de 4 años con zapatillas Nike azules y cabello rizado me ofreció un chicle y me dijo, “Para ti, Ray, para que seamos amigos.

Ese niño era Carlo Acutis y lo que no sabía en ese momento era que ese chicle, ese gesto simple de un niño pequeño era el comienzo de la respuesta a 30 años de oraciones desesperadas. Si alguna vez has sentido que estás buscando a Dios, pero no sabes dónde encontrarlo, comenta ahora. Yo también estoy buscando porque esta historia es para ti.

Déjame llevarte al principio, al lugar donde todo comenzó. Port Lis Mauricio, una isla paradisíaca donde el cielo es tan azul que duele mirarlo, donde el océano índico rompe contra costas de arena blanca, donde el aroma del curri se mezcla con el olor del incienso de los templos hindúes que salpican cada esquina de la ciudad.

Nuestra casa estaba dentro del complejo del templo donde mi padre oficiaba. Eso significa que yo no iba al templo. Yo vivía en el templo. Me despertaba con el sonido de las campanas a las 5 de la mañana. Desayunaba mientras escuchaba los cánticos védicos. Hacía mis tareas escolares rodeado del olor del incienso y las flores de loto que mi padre usaba en las ofrendas.

Mi padre, Dios, cómo amaba a mi padre. Se llamaba Vishnu Mohur y era sin exageración el hombre más devoto que he conocido en mi vida. Se levantaba a las 4 de la mañana todos los días sin excepción ni en su cumpleaños, ni cuando estaba enfermo, ni cuando llovía tan fuerte que las calles se inundaban. A las 4 de la mañana se levantaba, se bañaba en agua fría, siempre fría, incluso en invierno, como acto de purificación, y entraba al templo para realizar el primer puja del día, el ritual de ofrenda a los dioses.

Encendía las lámparas de aceite, colocaba flores frescas, recitaba los mantras en sánscrito con una precisión que solo décadas de práctica pueden dar. Y yo lo observaba desde que tengo memoria. Yo me sentaba en una esquina del templo todavía con sueño, frotándome los ojos y observaba a mi padre ofrecer todo lo que tenía Dios.

Él me enseñó que la vida espiritual no es algo que haces, es algo que eres. Me enseñó los Vedas antes de que aprendiera a leer correctamente. Me explicaba el bagabat guita con una pasión que hacía que las palabras cobraran vida. me mostraba cómo cada ritual, cada gesto, cada ofrenda tenía un significado profundo.

No eran solo tradiciones vacías, eran formas de conectar con lo divino. Comenta si tu padre o tu madre te enseñó algo sobre Dios que todavía llevas contigo hasta hoy, porque esas semillas que plantan nuestros padres nunca mueren. éramos bramanes, la casta sacerdotal, la más alta del sistema hindú tradicional, y eso traía responsabilidades inmensas.

Teníamos que mantener pureza ritual. Eso significaba no comer carne, no tocar alcohol, no entrar en contacto con ciertas cosas consideradas impuras. Significaba estudiar las escrituras constantemente, significaba servir a la comunidad espiritual. significaba ser ejemplo. Y mi padre tomaba eso con una seriedad absoluta.

Recuerdo que cuando yo tenía 8 años, un niño de mi escuela me invitó a su cumpleaños. Iba a ver pastel, juegos, diversión. Yo estaba emocionado. Le pedí permiso a mi padre y mi padre me miró con esos ojos profundos que tenía. me puso la mano en el hombro y me dijo, “Rayesh, puedes ir, pero recuerda quién eres. Recuerda de dónde vienes.

Eres hijo de un sacerdote. Eres Brahán. Tu comportamiento refleja no solo en ti, sino en nuestra familia, en nuestra tradición, en nuestros dioses. Sé digno de eso. Esas palabras me marcaron porque entendí que la espiritualidad no era solo lo que hacías en el templo, era cómo vivías cada momento, cómo tratabas a la gente, cómo hablabas, cómo pensabas.

Y yo quería ser digno, quería hacer que mi padre se sintiera orgulloso, quería ser un buen hindú, un buen brahán, un buen hijo. Pero incluso entonces, incluso cuando era niño, había una pregunta que me carcomía por dentro, una pregunta que me hacía cada noche antes de dormir, mirando el techo de mi habitación, escuchando los grillos cantar afuera.

La pregunta era simple, pero devastadora. ¿Dónde estás? Dios, ¿por qué a pesar de todas estas oraciones, todos estos rituales, toda esta devoción, sigo sintiéndome vacío? Nunca le dije esa pregunta a mi padre. Tenía miedo de decepcionarlo. Tenía miedo de que pensara que yo no era lo suficientemente devoto, que no estaba haciendo bien las cosas, que no era digno de ser su hijo.

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