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CAE “EL ESPECTRO” SECUESTRADOR DE BANDA TACOMA CABRERA HUYÓ A HONDURAS PERO HOY VA AL CECOT

Bombazo de última hora desde San Salvador. Le decían el espectro. Era uno de los secuestradores de la temida banda Tacoma Cabrera, la misma que durante años aterrorizó a familias enteras en la capital salvadoreña. Y según se ha reportado, este sujeto es un secuestrador. Sí, secuestrador. Pero lo más fuerte de toda esta historia es que durante 25 años creyó que se había salido con la suya.

 huyó a Honduras, burló a tres gobiernos, dejó pasar el tiempo pensando que el caso se había enterrado para siempre. Hoy, fíjese usted, está en el Secot pudriéndose con una condena de 35 años encima. Y aquí le vamos a contar exactamente cómo cayó el hombre que durante un cuarto de siglo creyó que la justicia se había olvidado de él.

 Si a usted le hierve la sangre cuando escucha que esta gente son secuestradores y después se daba el lujo de huir tranquilamente al país vecino mientras la familia de la víctima cargaba el trauma. Suscríbase ahora mismo porque aquí vamos a seguir destapando estas historias que durante décadas muchos prefirieron callar. Antes de seguir, le cuento que para armar esta historia contrastamos la cobertura de siete medios salvadoreños que reportaron el caso.

 Esta semana revisamos los comunicados oficiales de la Fiscalía General de la República y rastreamos durante varios días los antecedentes públicos de la banda Tocomacabrera. Lo que se ha sabido hasta ahora es fuerte. Lo que todavía está saliendo a la luz es más fuerte todavía. Y sabe usted cuántas familias salvadoreñas pasaron noches enteras esperando una llamada de rescate de esta misma banda durante los años en que este hombre andaba operando libremente por San Salvador? José Walter Portillo Cruz.

 Ese es el nombre que durante 25 años quiso quedar borrado de los expedientes salvadoreños. Un hombre que, según se ha reportado, formaba parte de una de las estructuras criminales más activas y más temidas de la capital entre finales de los años 90 y principios de los 2000. La banda Tacoma Cabrera, un hombre que en San Salvador, fíjese usted, todavía hoy lo recuerdan quienes vivieron esa época con miedo metido en los huesos, porque era sinónimo de secuestros, de llamadas en la madrugada pidiendo rescate, de familias enteras destruidas por dentro,

sin haber perdido a nadie en cuerpo, pero sí en alma. Y este sujeto, este espectro, era uno de los integrantes que la Fiscalía General de la República llevaba años buscando. El crimen por el que ahora paga ocurrió en octubre del año 2000, un 25 años. Dese cuenta usted del tiempo que pasó.

 Según las versiones oficiales que se han manejado, esa estructura criminal secuestró a una persona en la colonia San Benito, una de las zonas más conocidas de San Salvador. Por respeto a esa víctima que hoy ya es adulta cargando una historia que ninguna persona debería cargar nunca. No vamos a entrar en los detalles dolorosos de lo que vivió.

 Esa parte es suya y solo suya. Pero lo que la fiscalía sí ha confirmado esta semana y lo que vamos a desmenuzar en unos minutos es la cifra exacta de años a los que fue condenado este sujeto y la forma exacta en que finalmente lo trajeron de vuelta al país sin que él se lo viera venir. Si usted llevaba años esperando ver caer a estos personajes que durante décadas creyeron que el tiempo los iba a proteger, suscríbase.

 Aquí vamos a contar uno por uno cómo se les va cerrando la puerta. Pongámonos en contexto, porque esto es importante para entender la magnitud de lo que pasó esta semana. La banda Tacoma Cabrera no era una banda cualquiera, no era un grupo de delincuentes comunes que asaltaban en las esquinas, era, según se ha reportado a lo largo de los años, una estructura organizada que se dedicaba específicamente al secuestro extorsivo en San Salvador y en zonas aledañas, operando durante los años más oscuros de la inseguridad salvadoreña, cuando los

gobiernos del FLN y de Arena dejaban que estos casos se acumularan en los expedientes sin que nadie hiciera Granada. Yo le voy a ser sincero con usted. Cuando uno escucha que un secuestrador estuvo 25 años fuera del país y nadie movió un dedo durante todo ese tiempo, cuesta no preguntarse cuántos casos más estarán enterrados en los archivos esperando que alguien tenga las ganas de removerlos.

 Y aquí viene la parte que de verdad cambia todo, porque en los gobiernos anteriores, según se ha reportado en múltiples ocasiones, estos expedientes de los años 90 y 2000 quedaban olvidados. Se archivaban, se perdían entre los pasillos burocráticos, nadie los tocaba y los criminales que habían oído podían dormir tranquilos, sabiendo que el tiempo jugaba a su favor.

 Pero hay un detalle de esta historia que casi ningún medio ha mencionado y es el momento exacto en que el nombre de este hombre volvió a aparecer en un expediente. Activo de la fiscalía después de más de dos décadas guardado en el olvido. Pero entonces llegó Bukele y con Bukele llegó una orden clara que cambió el funcionamiento de la Fiscalía General de la República.

Ningún caso queda cerrado por el tiempo. La FGR empezó a remover archivos viejos, a reabrir expedientes olvidados, a buscar nombres que llevaban décadas sin ser pronunciados en los pasillos judiciales. Y entre esos nombres, fíjese usted, apareció el de este sujeto. Apareció con todo lo que tenía encima, el secuestro de la colonia San Benito, los antecedentes con la banda Tacoma Cabrera, la orden de captura de 2001 que nunca se había ejecutado.

 ¿Y sabe usted dónde estaba viviendo este hombre exactamente cuando la fiscalía salvadoreña volvió a poner su nombre sobre la mesa? Las versiones que han circulado coinciden en algo que pone los pelos de punta. Este hombre, según se ha reportado, no se escondió en el monte ni en una cueva perdida. Se escondió a la vista, cruzó la frontera con Honduras y se mezcló entre la gente común, viviendo una vida aparentemente normal.

 Mientras allá en El Salvador, en la colonia San Benito, una familia seguía cargando el peso de lo que él había hecho. Imagínese usted sin saber dónde estaba el responsable, sin saber si algún día iba a haber justicia, sin saber si ese hombre estaba muerto, vivo, libre, rico, pobre, nada. El silencio absoluto de un sistema judicial que durante décadas le falló a las víctimas.

 Y mientras tanto, este sujeto, según las versiones que han trascendido, vivía su vida en Honduras. Tomaba café por las mañanas, salía a la calle sin esposas, compraba comida, hablaba con vecinos, quizás incluso formó otra familia bajo una identidad falsa. Mientras allá en San Salvador, la víctima de su crimen crecía cargando un trauma que nunca debió cargar.

 Pero lo que este hombre nunca calculó, y aquí está el detalle que lo cambió todo, es que la Fiscalía General de la República del Nuevo, El Salvador, no archiva expedientes viejos, los reabre y los reabre con la misma fuerza con la que se persiguen los crímenes recientes. Y entonces esta semana ocurrió lo que durante 25 años parecía imposible.

 El Tribunal Tercero de Sentencia de San Salvador dictó una condena que sacudió el ambiente judicial salvadoreño. 35 años de prisión, 35 años para un hombre que ya tenía 25 años de fuga encima. La cuenta es brutal. Fíjese usted, este sujeto va a salir si es que sale algún día, siendo un anciano que pasó más tiempo encerrado y huyendo que viviendo en libertad.

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