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BLUE DEMON: LA ASQUEROSA VERDAD QUE OCULTARON 20 AÑOS

Campeón mundial de la NWA, 41 años sin perder su máscara en combate, ídolo del pancracio mexicano. Y ese mismo hombre muriendo solo, tirado en una banca de parque, sin máscara, sin que nadie lo reconociera y sin que nadie llamara a una ambulancia. Hoy vas a saber cómo acabó así el hombre más temido del pancracio mexicano.

Y lo más asqueroso, ¿por qué Blue Demon escondió a su propio hijo de sangre durante 40 años? Pero antes de llegar a esa banca del parque del sábado 16 de diciembre del 2000, cuando un hombre de 78 años cayó hacia delante con la mano apretada contra el pecho y la máscara azul guardada dentro de una bolsa de tela negra a sus pies, hay algo que tienes que entender, porque lo que pasó esa mañana no empezó ese año.

Empezó 78 años antes en una ranchería pobre del estado de Nuevo León, donde nació un niño que iba a convertirse cuatro décadas después en uno de los ídolos más temidos del pancracio mundial. Alejandro Muñoz Moreno García, Nuevo León, 24 de abril de 1922. Hijo de campesinos pobres, el quinto de 12 hermanos, casa de adobe sin agua corriente, padre que pasaba todo el día en la milpa, madre que cocinaba para 14 personas en una nafre de leña.

Y aquí entra el primer caramelo de esta historia, porque Alejandro Muñoz Moreno, el niño que iba a ser Blue Demon, le decía a sus propios hijos décadas después una frase que nunca explicó del todo. Una frase de ocho palabras que su único hijo biológico, Alejandro Muñoz Lomelí, iba a guardar en su memoria durante el resto de su vida.

Yo nací en un lugar que no conozco. Esa frase, según el propio hijo biológico, iba a contarle años después al periodista cultural Carlos Moncibis durante una entrevista privada en el Museo del Estanquillo de la Ciudad de México. Era la única referencia que Alejandro Muñoz Moreno hizo en toda su vida sobre los primeros años de su infancia, sin fotografías, sin historias familiares, sin recuerdos del Rancho de García, como si ese niño de 12 hermanos hubiera nacido al mundo el día que decidió ponerse una máscara azul por primera

vez, pero esa máscara todavía está a muchos años de distancia. Lo que pasó primero fue otra cosa. Alejandro dejó la escuela a los 9 años. Trabajó en la milpa con su padre durante tres temporadas. A los 12 años se subió a un tren rumbo a Monterrey con 42 pesos en la bolsa del pantalón y una sola muda de ropa atada con un pañuelo.

Encontró trabajo como peón de vía en los ferrocarriles. Cargaba durmientes de madera de 12 horas al día. dormía en un cuarto compartido con otros seis trabajadores en una pensión obrera de la colonia Mirador. Y en esa pensión obrera de Monterrey, una tarde del verano de 1946, ocurrió algo que cambió todo. Algo que la prensa deportiva mexicana, ocupada años después en celebrar al ídolo enmascarado de cuatro décadas de carrera, decidió pasar por alto.

Una pelea callejera. Alejandro Muñoz Moreno, 24 años, peón de los ferrocarriles, salió de un billar de la colonia Mirador. A las 11:30 de la noche de un sábado, tres hombres lo siguieron por una calle oscura. Lo asaltaron con una navaja. Alejandro respondió con los puños y cuando llegó la policía municipal al callejón, los tres asaltantes estaban tirados en el suelo, uno de ellos con la mandíbula rota, otro con tres dientes fuera de su sitio, el tercero inconsciente contra una pared.

El oficial que llegó al lugar esa noche se llamaba Rolando Vera. Y Rolando Vera, además de oficial municipal de Monterrey, era luchador profesional retirado de la lucha libre mexicana. Aquí entra la persona que cambió la vida de Alejandro Muñoz Moreno para siempre. Rolando Vera no detuvo a Alejandro esa noche.

Lo llevó a un puesto de tacos de la calle Madero, le pagó la cena y le hizo dos preguntas concretas. La primera fue si había peleado profesionalmente alguna vez. Alejandro le contestó que no. La segunda fue si le gustaría aprender a hacerlo. Alejandro tardó 3 segundos en contestar y le dijo que sí. Rolando Vera entrenó a Alejandro Muñoz Moreno durante 18 meses en un gimnasio de la colonia industrial de Monterrey, sin paga, sin contrato, solamente con la promesa de que cuando Alejandro estuviera listo iba a tener su primera pelea profesional en una arena pequeña

de Laredo, Texas. Esa pelea llegó el 12 de marzo de 1948. Comornó. Alejandro Muñoz Moreno, 25 años, debutó en el ring contra un luchador llamado Chema López. Ganó la pelea en tres caídas. Salió del ring sin máscara, con el rostro descubierto, usando el nombre artístico que Rolando Vera le había sugerido para esa noche, el Tosco.

Pero ese nombre, el Tosco, le iba a durar a Alejandro Muñoz Moreno apenas 6 meses, porque en septiembre del mismo año, Rolando Vera lo llamó por teléfono al cuarto compartido de la Pensión Obrera de Monterrey. Le pidió que tomara el tren hacia la Ciudad de México. le dijo que había conseguido una pelea para él en la Arena México y le pidió una sola cosa específica, que llegara al vestidor con una bolsa.

Adentro de la bolsa tenía que estar una máscara, una máscara de piel sin diseño, color azul, sin antifaz ni adornos, mandada a hacer por Rolando Vera, con un talabartero del barrio de Tepito de la Ciudad de México durante las semanas anteriores. Esa pieza de cuero azul iba a cambiar para siempre el rostro público de Alejandro Muñoz Moreno.

El 22 de septiembre de 1948 en la Arena México ante un público de 4000 personas, Alejandro Muñoz Moreno se puso esa máscara azul por primera vez salió al ring sin que nadie supiera quién era. ganó la pelea en dos caídas y cuando el locutor preguntó al final del combate cuál era el nombre del enmascarado misterioso, Rolando Vera, desde la esquina del ring, le contestó en voz alta una frase de tres palabras que el locutor repitió por el micrófono al público. Blue Demon, el demonio azul.

Esa noche nació la leyenda y esa misma noche, sin que el público de la Arena México lo supiera, Alejandro Muñoz Moreno tomó la decisión más oscura y silenciosa de toda su vida. La decisión que 41 años después iba a explicar por qué un hombre de 78 años murió tirado en una banca de parque sin máscara, sin que nadie lo reconociera, agarrándose el pecho con la mano izquierda.

Porque aquella noche del 22 de septiembre de 1948, después de quitarse la máscara azul en el vestidor de la Arena México, después de guardarla en una bolsa de tela negra, después de despedirse de Rolando Vera con un abrazo seco, Alejandro Muñoz Moreno regresó a su Pensión obrera de Monterrey por última vez.

recogió sus dos mudas de ropa, pagó la deuda pendiente al casero y se subió a un tren rumbo a la Ciudad de México. Pero antes de subirse al tren en la estación de ferrocarril del centro de Monterrey, le entregó a una mujer dos cosas concretas. Esa mujer se llamaba Concepción. Tenía 22 años. Trabajaba como mesera en el mismo billar de la colonia Mirador, donde Alejandro Muñoz Moreno había peleado contra los tres asaltantes la noche que conoció a Rolando Vera 2 años antes.

Concepción llevaba puesto un vestido de algodón color crema y unas sandalias de cuero gastadas. Estaba embarazada de 4 meses. Lo que Alejandro Muñoz Moreno le entregó a Concepción esa tarde en la estación de ferrocarril del centro de Monterrey, frente a la fila de pasajeros que estaban subiendo al tren. Fueron dos cosas.

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