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Así Vive Cesar Acosta En El Rancho…Dinero y una Vida Alejada del Escándalo

Pocas personas saben que detrás de uno de los rostros más amables de la televisión y la música mexicana se esconde una historia que va mucho más allá de los suéteres, las sonrisas y las canciones románticas. Hoy vamos a descubrir cómo construyó César Costa, el chico del suéter, una fortuna sólida y discreta en una industria que devora a sus propios ídolos.

Vamos a recorrer las propiedades que acumuló durante seis décadas de trabajo ininterrumpido, los conflictos silenciosos que sacudieron su matrimonio, su familia y su carrera, y el precio real que pagó por ser el hombre más querido y menos escandaloso del espectáculo latinoamericano. Acompáñanos a conocer al hombre que conquistó a tres generaciones sin levantar jamás la voz, al artista que construyó un patrimonio millonario mientras todos miraban hacia otro lado y al ser humano que cargó durante décadas con contradicciones que muy pocos

conocen. Al terminar este recorrido, entenderás por qué César Costa es mucho más que una leyenda. Es la prueba de que el verdadero poder en el mundo del espectáculo no siempre hace ruido. Comencemos. Para entender el dinero hay que entender primero al hombre. Y para entender al hombre hay que volver al principio, a una ciudad de México que en los años 40 todavía olía a provincia, aunque ya empezaba a sentir el peso del siglo que se le venía encima.

César Antero Roel nació el 16 de agosto de 1941 en el Distrito Federal, en el seno de una familia de clase media, ni pobre ni adinerada, pero sí profundamente educada. Su madre, Josefina era pianista de concierto, una mujer que llenó la casa de música desde que César abrió los ojos por primera vez. Su padre, hombre de trabajo y de principios, impuso en el hogar un código de conducta que César nunca abandonaría, ni cuando la fama lo tentó, ni cuando el dinero llegó a Raudales, ni cuando la industria del entretenimiento intentó doblegarlo. La

Ciudad de México de los años 40 era un organismo que cambiaba de piel. El país vivía el llamado milagro mexicano, ese periodo de crecimiento económico sostenido que entre 1940 y 1970 multiplicó el producto interno bruto varias veces, creó una clase media urbana hambrienta de cultura y convirtió a la capital en el corazón palpitante de todo lo que era moderno en América Latina.

Era el México del cine de oro, de Jorge Negrete y María Félix, de los cabarets del centro y de los primeros televisores que empezaban a aparecer en las ventanas de las casas de Polanco y la colonia del Valle. En ese contexto, nacer con una madre pianista y un padre disciplinado era un privilegio silencioso. No era una fortuna heredada en pesos y centavos.

Era algo más valioso, una brújula emocional y cultural que orientaría a César durante toda su vida. El joven César aprendió piano antes de aprender a multiplicar. Josefina lo sentaba frente al instrumento con una paciencia que solo tienen las madres que saben que están plantando una semilla para el futuro. Pero fue la guitarra la que lo sedujo de verdad, ese instrumento accesible, callejero que cualquiera podía tocar en un portal o en una azotea, que sonaba igual en una sala de conciertos que en un cuarto de vecindad. Cuando César tomó

la guitarra por primera vez siendo adolescente, algo dentro de él se acomodó en su lugar. Supo, con esa certeza irracional que solo viene de las vocaciones verdaderas, que eso era lo que quería hacer con su vida. Y sin embargo, a diferencia de muchos artistas que abandonan todo por su pasión, César nunca creyó que el talento solo era suficiente.

Por eso también ingresó a la Universidad Nacional Autónoma de México a estudiar derecho, no para ser abogado, para ser un hombre completo. Ese detalle, aparentemente menor definiría toda su relación con el dinero y la fama. César Costa nunca fue un artista que firmara contratos a ciegas. Nunca fue el tipo de estrella que entregaba su carrera a un manager sin entender lo que decía el papel.

Estudiar derecho lo volvió un negociador, un lector de letras pequeñas, un hombre que sabía cuándo decir que no y por qué, en una industria donde los abusos contractuales eran moneda corriente, donde las disqueras se quedaban con los derechos de las canciones y los artistas terminaban trabajando décadas sin ver un solo peso de regalías, César Costa construyó algo extraordinariamente raro, control sobre su propio trabajo.

Esta conciencia jurídica temprana le permitió acumular un patrimonio que sus contemporáneos, muchos de ellos más talentosos o más famosos en ciertos momentos, nunca lograron mantener. Pero antes de la fortuna vino el hambre, no el hambre de comida. César nunca pasó necesidades materiales graves, sino el hambre de reconocimiento.

En 1958, siendo todavía un adolescente, se integró a los Black Jeans, uno de los primeros grupos de rock en español de México. La escena era pequeña, salvaje y absolutamente apasionante. El rock and roll había llegado desde Estados Unidos con la fuerza de un maremoto cultural y los jóvenes mexicanos lo absorbieron con una voracidad que asustó a sus padres y encantó a los empresarios que olieron el negocio.

Traducir canciones de Elvis Presley, Buddy Holly y Paul Anka al español era una industria en sí misma. Los jeans lo hacían y lo hacían bien, pero el grupo se disolvió pronto, como suelen hacerlo las cosas que nacen de la urgencia juvenil y no de la disciplina. Fue entonces cuando César tomó la decisión que cambiaría todo. Decidió reinventarse como solista y eligió su nombre artístico con una precisión casi quirúrgica.

César Costa, en honor a la reglista don Costa. El hombre detrás del sonido de Paul Anka no fue un capricho, fue una declaración de intenciones. César no quería ser un imitador, quería estar en conversación directa con los mejores del mundo, aprender de ellos, adaptarlos a su idioma, a su cultura, a su gente. Y así lo hizo. Su primer sencillo como solista fue Mi pueblo.

La versión en español de My Hometown de Paul Anca. La canción llegó a las radiodifusoras de México en 1959 y el resultado fue inmediato y contundente. César Costa se convirtió en una estrella. Lo que vino después fue una avalancha que no se detendría en décadas. Diana, La cucaracha, historia de mi amor. Tierno.

Canciones que sonaban en la radio, en los tocadiscos de las quinceañeras, en las fiestas de cumpleaños de la Ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, Bogotá, Buenos Aires, Lima y Madrid. El mercado hispanohablante era enorme y hambriento, y César Costa lo conquistó con una mezcla perfecta de romanticismo, accesibilidad y esa imagen que lo hacía diferente a todos los demás.

El suéter, un accidente, ya lo dijimos, pero un accidente que se convirtió en símbolo. Los fans comenzaron a enviarle suéteres de Colombia, Ecuador, Argentina, docenas a la vez. César los usaba en el escenario como forma de agradecer a sus seguidores. Lo que era ropa se volvió liturgia. Ahora bien, ¿cuánto valía todo eso en términos concretos? En México, a finales de los años 50 y principios de los 60, un artista de primera línea con presencia en radio, televisión y conciertos podía generar ingresos que hoy equivaldrían a cifras considerables.

Los contratos discográficos de la época no eran los multimillonarios acuerdos que conocemos hoy, pero sí representaban ingresos estables y en ascenso para quienes lograban acumular catálogos de éxitos. César Costa durante la primera mitad de los años 60 grabó más de una decena de sencillos de alto impacto comercial y los derechos de ejecución de esas canciones reproducidas en la radio durante décadas representarían un flujo de ingresos que se extendería mucho más allá del momento de popularidad inicial.

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