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Así Cayó El Narco Coronel Que Filtraba Operativos y Reclutó a sus Propios Hobres

Mientras tú dormías convencido de que alguien te protegía, el coronel que mandaba a los patrulleros de tu barrio recibía órdenes de un narco desde la cárcel. $85,000. Eso costó vender samborondón. Eso costó enterrar la ley. Lo que estás a punto de ver no es ficción. Es el proceso penal más grande en la historia de Ecuador.

Y este hombre estuvo en el centro. en los discos duros que encontraron esa noche. Había algo peor que fotos de armas o de dinero en efectivo. Había mensajes de un coronel de policía pidiendo instrucciones y lo que vas a descubrir en los próximos minutos va a cambiar para siempre la manera en que ves una patrulla en la calle.

Existe un momento exacto en que una institución deja de ser lo que promete ser. No es un instante dramático con sirenas y cámaras. No ocurre en público, ocurre en silencio, en una pantalla pequeña, en la oscuridad de una celda, cuando un hombre al que el estado le entregó armas, uniformes y autoridad sobre decenas de policías, escribe un mensaje encriptado y espera respuesta del narco más peligroso del país.

Ese hombre se llamaba Neer Lenin masón y Malesa y durante meses, quizá años, fue conocido en la red criminal de Leandro Norero con un solo nombre, táctico. No era un alias inventado al azar, era una descripción de función. Masón no era un simple contacto, no era un informante ocasional ni un policía que miraba para otro lado a cambio de unos billetes.

Era el operador, el que coordinaba, el que asignaba, el que reclutaba en el ecosistema del narcotráfico ecuatoriano. Los tácticos son los que convierten las órdenes del patrón en movimientos concretos sobre el terreno. Y masón era perfecto para ese rol porque tenía algo que ningún sicario, ningún testaferro, ningún abogado corrupto podía comprar fácilmente jerarquía institucional real.

Como jefe del distrito San Borondón, Masón no solo tenía un escritorio y un despacho, tenía mando, tenía subordinados, tenía acceso a los planes operativos de las unidades especiales, a los movimientos de inteligencia, a los patrullajes preventivos. controlaba un pedazo del mapa ecuatoriano que coincidía con una precisión casi quirúrgica con la zona donde Leandro Norero, alias el patrón, tenía su residencia principal.

La urbanización Riveras del Batán no fue una coincidencia, nunca lo es. Lo que este caso reveló no es solo la historia de un hombre que se corrompió, es la historia de cómo una red criminal diseñó una metodología para capturar a las instituciones del Estado desde adentro, eslabón por eslabón, rango por rango, hasta que la Policía Nacional dejó de proteger a los ciudadanos y empezó a proteger al crimen organizado.

Y el coronel Masón fue, durante un tiempo que todavía no está del todo claro, uno de sus piezas más valiosas. Los fiscales que investigaron el caso Metástasis encontraron su nombre entre más de 14,780 mensajes encriptados, 14,780 registros de una conversación paralela, de una cadena de mando alternativa, de un país dentro del país donde los narcos daban órdenes y los coroneles obedecían.

Esta es esa historia y lo más perturbador no es lo que hizo, es cuánto tiempo lo hizo sin que nadie lo detuviera. Lo que encontraron en el celular de Norero no era solo evidencia de un crimen, era el organigrama de un estado paralelo. Y antes de que entiendas cómo cayó todo, necesitas entender cómo se construyó.

Quédate porque esto es más retorcido de lo que imaginas. Para entender por qué el coronel Maón terminó respondiendo mensajes encriptados a las órdenes de un narco, hay que retroceder y entender quiénes eran estas dos figuras antes de que sus mundos colisionaran. Leandro Norero Tigrero, alias el patrón. No era un criminal de barrio, era lo que en los círculos del crimen organizado latinoamericano se conoce como un empresario del delito, alguien que había logrado construir una estructura lo suficientemente sofisticada como para operar desde adentro del sistema

penitenciario sin perder un gramo de control sobre sus operaciones en la calle. Capturado y enviado al centro de rehabilitación social Cotopaxi, Norero no desapareció del mapa criminal. Se reinventó desde su celda, rodeado de teléfonos que, según la versión oficial, no deberían haber existido dentro de un penal de máxima seguridad.

Norero dirigía una organización con tentáculos en múltiples provincias, con contactos en el sistema judicial, con operadores dentro de las fuerzas de seguridad y con una capacidad de comunicación encriptada que habría sido la envidia de cualquier corporación del sector privado. La herramienta clave era FRIMA, una aplicación de mensajería encriptada de origen suizo, diseñada para garantizar anonimato total.

Sin necesidad de número de teléfono ni correo electrónico para crear una cuenta. Cada usuario tenía un código de ocho caracteres. El código de masón en esa red era 8 EBKGFA. Esos seis caracteres representaban para la fiscalía la prueba más directa de una alianza que había doblegado la institucionalidad policial en uno de los territorios más exclusivos del Ecuador.

San Borondón no es cualquier lugar, es el municipio con el ingreso per cápita más alto de Ecuador, las urbanizaciones cerradas, los clubes privados, los centros comerciales de lujo, las mansiones con vista al río Daule. Es el lugar donde vive y hace negocios la élite económica del país y también según lo reveló el caso metástasis, donde el narco más buscado del Ecuador tenía su casa, su familia y su zona de confort.

Neser Lenin Mason y Malesa llegó a ese distrito como jefe. Eso significaba que era el máximo responsable del orden público en el territorio más estratégico del Guayas. sobre el papel. Su perfil era el de un oficial de carrera, alguien que había escalado dentro de la Policía Nacional a través de años de servicio.

Alguien con acceso a información sensible, con credenciales para tomar decisiones operativas de alto nivel. Era exactamente el tipo de perfil que una red criminal como la de Norero necesitaba conquistar. No se sabe con certeza cuándo fue el primer contacto. Las investigaciones no han logrado establecer una fecha precisa de inicio.

Lo que sí está documentado, lo que sí quedó grabado en los metadatos de Thema es que cuando la fiscalía logró acceder a los dispositivos de Norero después de su muerte en octubre de 2022, el nombre táctico aparecía en múltiples conversaciones con un nivel de familiaridad que solo se construye con el tiempo.

No era un contacto nuevo, era una relación establecida con rutinas, con códigos y con un historial de favores ya prestados. Dos hombres en dos mundos aparentemente distintos. Uno con uniforme y arma reglamentaria, otro con un teléfono encriptado y una red que llegaba hasta las aduanas, los juzgados y las fiscalías. y entre los dos, una zona de exclusividad geográfica que se convirtió en el laboratorio perfecto de la corrupción institucional ecuatoriana.

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