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Así Cayó Angel Lindao: El Juez que le Devolvió al N4rc0 lo que el Estado le Había Confiscado

Las cámaras de los noticieros mostraron a los agentes sacando cajas y más cajas de la propiedad, lingotes de oro físico que tuvieron que ser pesados uno por uno, carteras de marcas de lujo apiladas como en una tienda de departamentos, documentos que prometían destapar una red enorme.

 La opinión pública durante unos días sintió que el estado finalmente había golpeado donde dolía, que la mansión simbólica del narco estaba en manos de la nación, que algo por fin estaba cambiando. Pero esa sensación, esa esperanza, duraría apenas lo que tarda una firma en estamparse sobre un documento de acción de protección emitido a 70 km de distancia.

El precio de un alma humana, dicen los teólogos, es infinito. El precio del alma de Ángel Indao cabía en una mochila escolar. Antes de la caída hubo un encuentro. Antes del encuentro hubo dos hombres que jamás debieron cruzarse. Uno tenía el oro, el otro tenía el sello. Para que entiendas la magnitud de lo que pasó después, necesito que conozcas a los dos protagonistas de esta tragedia.

 Y te lo prometo, porque si no te metes en sus zapatos, si no caminas un rato por sus mundos opuestos, no vas a poder dimensionar la traición que viene. Quédate porque acá empieza a entenderse por qué el sistema entero estaba podrido. El primero de nuestros protagonistas vivía en una mansión de cristales y mármol importado.

Exjuez Ángel Lindao suma segunda sentencia en su contra y es procesado por un caso más - El Comercio

 Leandro Norero Tigua había construido su fortuna durante más de una década, moviendo cocaína desde los puertos del Pacífico Ecuatoriano hacia Centroamérica, hacia México, hacia Europa. Era un hombre obsesivo con los detalles, paranoico con la lealtad, generoso con el dinero. Tenía sicarios, tenía contadores, tenía abogados, tenía relaciones públicas, tenía operadores políticos, tenía amigos en uniforme, tenía sobre todo una visión empresarial del crimen.

 Su casa en Riveras del Batán, esa urbanización amurallada donde viven los apellidos más ricos del Ecuador, era el símbolo de su ascenso. Cuando la policía finalmente logró entrar en ella, lo que encontró parecía una escenografía de película. Lingotes de oro físico, no como inversión, sino como objeto de decoración. Carteras de marcas como Hermés y Luis Witton apiladas en closets enteros.

 Ropa de diseñador con etiquetas que valían lo que un trabajador ecuatoriano promedio gana en un año. Botellas de whisky escocés de añejamientos que en el mercado se cotizan en miles de dólares cada una. Equipos de sonido importados y escondido entre todo eso, documentos, libretas, dispositivos electrónicos que serían superdición póstuma.

 A 70 km de allí, en el cantón La Concordia, provincia de Santo Domingo de los Chilas, vivía nuestro segundo protagonista. Ángel Lindao Vera era exactamente lo contrario, un funcionario de carrera, un juez de unidad multicompetente, esos jueces de provincia que hacen un poco de todo porque en los pueblos no hay especialización.

 Lindao manejaba casos civiles, casos de tránsito, casos de familia, casos penales, garantías constitucionales, todo. En su despacho mugriento con paredes descascaradas y ventiladores oxidados, pasaban por sus manos los problemas más diversos de una comunidad rural pobre. Lindao tenía un salario digno, sí, tenía un puesto estable, tenía estabilidad laboral, pero no tenía riqueza.

 No tenía mansiones, no tenía lingotes y en algún punto de su carrera, en algún momento que los investigadores aún tratan de precisar, alguien le susurró al oído que esa diferencia se podía corregir. Los vecinos de la Concordia, que conocían a Lindao antes del escándalo, lo describen con palabras que rozan la ironía. Un hombre tranquilo, dicen, educado, discreto.

 Asistía a la iglesia, saludaba en la calle, manejaba un auto común, vivía en una casa modesta, no daba motivo para sospechar nada. Era en todos los sentidos el rostro perfecto de la corrupción moderna. Esa corrupción que no llega vestida de smoking. Esa corrupción que no se acompaña de mansiones llamativas ni de yates en el muelle. esa corrupción gris, ordinaria, oficinista, que se esconde detrás de un escritorio cualquiera y de un sello cualquiera y que justamente por eso resulta tan difícil de detectar y tan poderosa cuando finalmente actúa. Entre

estos dos mundos, entre la opulencia obscena del narco y la mediocridad burocrática del juez, hacía falta un puente, un traductor, un facilitador, y ese papel lo cumplía un hombre que en los chats aparecía bajo el alias de estimado. Su nombre verdadero era Elibe Angulo. era el administrador de bienes de Norero, su hombre de mayor confianza para mover propiedades, lavar dinero y, como veremos pronto, comprar conciencias.

 Estimado no era abogado, estimado no era contador certificado. Estimado era algo mucho más útil para el negocio. Era un facilitador, un hombre que conocía a la gente, que sabía a quién llamar para resolver cada tipo de problema, que tenía la paciencia para construir relaciones de largo plazo con funcionarios públicos, esperando el momento adecuado para activar el favor.

En los chats con Norero, estimado aparecía constantemente pidiendo instrucciones, reportando avances, confirmando entregas. era el ejecutor logístico de una estructura que sin él habría sido apenas una idea de narco encerrado. Junto a estimado operaba un abogado llamado Cristian Romero. Romero era el cerebro legal de la operación, el que sabía qué juez tocar, qué papel firmar, qué argumento presentar.

 Era el ingeniero de la impunidad. Y Romero conocía a Lindao desde hacía tiempo. Sabía sus debilidades, sabía sus necesidades, sabía sobre todo su precio. La distancia geográfica entre San Borondón y la Concordia se mide en kilómetros. La distancia moral se mide en billetes. En la jerga interna de la organización había un nombre para los magistrados que vendían sus fallos.

 Los llamaban jueces suicidas. Y el motivo de ese apodo, créeme, era literal. Acá viene la parte que te va a explotar la cabeza, porque lo que tú crees que es justicia, lo que tú crees que es un tribunal, lo que tú crees que es un proceso legal, no era nada de eso. Era un mercado. Quédate porque ahora vas a ver el manual operativo completo de cómo se compra un país.

La estructura criminal de Leandro Norero entendió desde temprano una verdad incómoda del sistema judicial ecuatoriano. Los jueces de las grandes ciudades, los magistrados de Quito y Guayaquil estaban demasiado expuestos, demasiado vigilados, demasiado fiscalizados por la prensa y por los organismos de control.

Comprarlos era caro y sobre todo era riesgoso. Cualquier fallo extraño podía disparar las alarmas, pero los jueces de provincia, esos pequeños señores de las unidades multicompetentes en pueblos perdidos del país, eran otra historia. manejaban menos casos, sí, pero tenían las mismas facultades constitucionales.

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