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Alejandro Fernández: la Aprobación de su Padre que Nunca Llegó

Quisierame regalar un aplauso bien cariñoso para el más pequeño de mis potrillos, Alejandro Fernández. Hay un palenque lleno aquella noche de los primeros años 90. Las luces calientes, el olor a tierra mojada, los sombreros levantándose entre el público cuando suenan los primeros acordes. Sale al ruedo un muchacho delgado, de mirada nerviosa, con el traje de charro recién estrenado y una voz  que todavía tiembla un poco antes de soltarse.

La gente lo recibe con cariño. El hijo de Vicente es el potrillo. Y en algún punto del recinto, sentado entre la gente está el padre. Don Chente lo mira a cantar. Aplaude un par de veces, sonríe, pero no del todo. No con esa sonrisa completa, abierta, ranchera,  que regalaba a desconocidos cuando le ponían un micrófono delante.

Algo en su mirada se queda corto, algo en su gesto mide. Y Alejandro  allá arriba lo nota. Lo nota porque lleva años notándolo. Lo nota porque desde niño aprendió a buscar esa aprobación en el rostro del padre, como otros buscan una luz en la oscuridad. Y lo nota porque años después, ya hombre hecho, ya artista consagrado.

Lo confesaría sin tapujos en entrevistas que muchos prefirieron olvidar. que durante toda su vida cantó buscando esa mirada, que durante toda su vida quiso escuchar de la boca de su padre una frase que nunca llegó completa. Hoy vas a escuchar la historia de esa búsqueda, la historia del hijo que heredó el apellido más pesado de la música ranchera y tuvo que cargarlo sin poder soltarlo nunca.

Vas a entender el peso de nacer Fernández, las palabras que Don Chen te dijo y que Alejandro nunca olvidó. Los escándalos que el Padre no perdonó del todo y la última conversación en aquella cama de hospital donde el rey se fue apagando. Quédate porque esta historia no se cuenta en los documentales oficiales. Esta historia se cuenta entre líneas, en silencios, en miradas que el público no supo leer.

Alejandro nace en Ciudad de México el 24 de abril de 1971. Para entonces, Vicente ya empieza a sonar fuerte, ya hay grabaciones, ya hay primeros éxitos, pero Vicente todavía no es el rey, todavía no llegan los estadios, todavía no llega el mito. El niño Alejandro crece viendo a un padre que sale, que vuelve, que se va de gira, que llega cansado, que abraza fuerte cuando está y desaparece semanas enteras cuando no.

Crece escuchando la voz de su padre por la radio mientras desayuna. Crece sabiendo, sin que nadie se lo explique, que ese hombre que la televisión llamaba ídolo era el mismo que de vez en cuando se sentaba a comer con él en silencio. Esa sensación de tener al padre a medias marca a cualquier niño.

Marca todavía más cuando ese padre representa para millones el modelo del hombre completo, del macho mexicano sin grietas, del charro que canta de pie. y nunca se dobla. Doña Cuquita sostiene la casa. Es ella quien acompaña a los niños al colegio, quien los lleva al doctor, quien recuerda los cumpleaños mientras Vicente recorre Estados Unidos cantando para los paisanos que dejaron México atrás.

Alejandro crece con esa doble figura, una madre presente y un padre mítico. El niño aprendió a esperar. Aprendió a guardar las preguntas para cuando el padre estuviera de buen humor. Aprendió a leer su rostro al llegar para saber si esa noche se podía conversar o había que retirarse.

Esa lectura constante del estado de ánimo paterno, esa vigilancia silenciosa se le quedaría grabada como instinto. Hay otro elemento que conviene entender. Vicente Fernández no era solo un padre famoso, era un padre con una idea muy específica de lo que significaba ser hombre. Esa idea venía de su propio pasado,  de titán, de la pobreza, del padre alcohólico, de un México donde la masculinidad se medía en aguante,  en orgullo, en no llorar nunca delante de nadie.

Vicente había sobrevivido a eso, había convertido esa dureza en arma y sin darse cuenta del todo, esa misma dureza la fue trasladando a sus hijos como herencia obligatoria. a Alejandro, el menor, el más sensible, el que desde niño cantaba con una voz que hacía detenerse a las visitas, le tocó algo más complicado. Le tocó parecerse demasiado al padre y al mismo tiempo no parecerse en nada.

Porque cuando un padre reconoce que su hijo tiene su mismo don, se abre una puerta peligrosa, la puerta de la comparación. La puerta del eres mi continuación, pero no me superes. Vicente lo amaba. Eso no admite duda, pero su amor venía con una condición silenciosa que ningún niño debería tener que descifrar.

Alejandro tenía apenas 12 años cuando su padre lo subió por primera vez a un escenario. Fue en un palenque  en una de esas tantas presentaciones donde Vicente convertía la arena en templo. El padre lo invitó a cantar una canción. El niño se paró frente al micrófono, miró al público, miró al padre y soltó la voz.

Lo que pasó después fue silencio primero y aplauso atronador después. La gente entendió en segundos lo que estaba viendo. No era un niño jugando, era un heredero. Vicente sonrió aquella noche, lo abrazó, le dio una palmada, pero a la salida, según testimonios de gente cercana al entorno familiar, le dijo algo que Alejandro recordaría durante años.

Le dijo que cantar bien no era suficiente.  Le dijo que cantar bien lo hacía cualquiera. Le dijo que lo difícil era aguantarse de pie cuando el público se ponía duro. Cuando Alejandro tiene 20 años recién cumplidos, su padre lo presenta en un disco. La canción se llama  Necesito olvidarla. La voz del muchacho entra al mercado mexicano como una promesa.

La industria reacciona, los medios empiezan a hablar y Vicente le pone el apodo. El potrillo. Una palabra cariñosa, sí, pero también una palabra que define jerarquía. Porque un potrillo es la cría del caballo grande. Es el que viene después. es el que aprende viendo al padre correr antes. Vicente le regaló ese apodo con orgullo y con una verdad oculta.

Le estaba diciendo al país entero, “Este es mío. Este viene de mí.” Y sin querer también le estaba diciendo a Alejandro algo más difícil. No te confundas. El caballo grande sigue siendo yo. Los primeros años de carrera son intensos, discos seguidos, giras, palenques, apariciones en televisión.

Vicente lo lleva consigo, lo presenta, lo abre paso. La industria mexicana de los 90 tenía sus reglas. Si eras hijo de leyenda, las puertas se abrían, pero también la regla doble se aplicaba sin compasión. Cualquier error tuyo se medía contra la trayectoria intachable de tu padre. Cualquier acierto se atribuía al apellido. Las entrevistas siempre empezaban igual.

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