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A punto de morir, un general pidió ver al presidente y soltó la confesión que nadie quería escuchar: “Los héroes fueron castigados, y los culpables fuimos premiados”

II.

Petro asintió, intrigado.

—Lo escucho, general.

—En 1971 yo era capitán, tenía 39 años y comandaba una patrulla en las montañas del Tolima. Perseguíamos células guerrilleras en la región. Una noche recibimos información de inteligencia sobre un campamento rebelde. Nos ordenaron atacar al amanecer.

El general hizo una pausa. Su respiración se había vuelto más trabajosa. Una enfermera entró para revisar sus signos vitales, pero él la apartó con un gesto de la mano.

—Lo que nos dijeron fue que atacaríamos un campamento guerrillero. Pero cuando llegamos al amanecer y comenzó la operación, descubrimos algo terrible. No era un campamento guerrillero. Eran campesinos, familias, niños.

Petro sintió que el pecho se le apretaba. Conocía esas historias. Colombia estaba llena de ellas, pero había algo en la forma en que el general lo contaba que indicaba que esta era diferente.

—Algunos de mis hombres, cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando, dejaron de disparar y se negaron a continuar, pero otros siguieron las órdenes. Cuando todo terminó, había 47 muertos. 17 eran niños, 23 eran mujeres, solo siete eran hombres en edad militar y ni siquiera estábamos seguros de que fueran guerrilleros.

Las lágrimas ya corrían libremente por las mejillas del viejo general.

—Intenté detenerlo. Grité órdenes de alto al fuego, pero en el caos, en el pánico, en la confusión, algunos no me escucharon. Y para cuando recuperé el control total, ya era demasiado tarde.

Petro permaneció en silencio, dejando que el general continuara.

—Lo que ocurrió después fue todavía peor. El alto mando nos ordenó reportar el incidente como una victoria militar, contar a todos los muertos como guerrilleros abatidos en combate. Nos dijeron que, si decíamos la verdad, seríamos acusados de incompetencia, quizá incluso de traición. Que nuestras carreras terminarían, que nuestras familias sufrirían.

El general tosió violentamente. Petro le acercó un vaso de agua con popote. El anciano bebió con dificultad.

—Yo era joven, señor presidente. Tenía una esposa, dos hijos pequeños, y dependían de mi salario. Mi padre había sido soldado, mi abuelo también. Era lo único que conocía y tuve miedo, miedo de perderlo todo, miedo de ir a prisión. Así que hice algo imperdonable. Guardé silencio, firmé el informe falso y permití que esas 47 víctimas fueran registradas como guerrilleros muertos en combate.

»Pero había hombres bajo mi mando que no aceptaron el silencio. Cinco soldados, cinco hombres buenos que sabían que no podían vivir con una mentira. Se negaron a firmar el informe falso. Amenazaron con decir la verdad.

El general cerró los ojos. El dolor del recuerdo era claramente visible en su rostro arrugado.

—El alto mando los acusó de deserción, de cobardía frente al enemigo. Fueron sometidos a consejo de guerra en un juicio secreto. Los sentenciaron a 10 años en una prisión militar. Sus nombres fueron manchados. Sus familias los repudiaron por vergüenza. Cuando salieron de prisión, nadie les dio trabajo. Nadie los reconoció como veteranos. Murieron en la pobreza, rechazados por el sistema al que habían jurado servir.

Petro sintió cómo la rabia y la tristeza se mezclaban en su pecho.

—Y los demás, los que siguieron órdenes y guardaron silencio, fueron condecorados, ascendidos. Yo llegué a ser general, recibí medallas, pensiones generosas, respeto, todo, todo construido sobre una mentira, sobre 47 tumbas inocentes y cinco hombres buenos destruidos por hacer lo correcto.

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